El tiempo que se toma

El tiempo que se toma

@adriana_v ·6 de junio de 2026 · ★ 4.9 (8) · 89 lecturas · 11 min de lectura

La luz del atardecer se derramaba por la ventana del estudio, tibia y dorada, como miel espesa vertida sobre los muebles antiguos. Elena sentía el peso de la jornada en los hombros, pero también algo más: una punta de expectativa que no lograba nombrar. Tenía cuarenta y nueve años, y desde hacía semanas —desde que él había entrado por primera vez con ese sobre en la mano, sonriendo con esa mezcla de timidez y seguridad que solo los veinteañeros tienen—, algo se había desplazado dentro de ella, como un grano de arena que, tras rozar la superficie del ojo, termina por convertirse en perla.

El timbre sonó a las 19:43. Elena, que había estado observando el reloj en silencio mientras mezclaba un té de manzanilla y anís, se levantó sin prisa. Se había vestido con cuidado esa tarde: una blusa de seda color miel, abierta en el cuello pero no demasiado, un chal suelto sobre los brazos, y una falda larga de lino que le acariciaba las pantorrillas. No quería aparentar juventud, ni disimularla. Solo quería ser. Ser Elena. Cuarenta y nueve años, dos hijos ya adultos, divorciada desde hacía ocho, y con el cuerpo que le había dado la vida: caderas más anchas, senos que habían amamantado, una cintura que ya no era de adolescente pero que aún se curvaba con gracia, y una piel que, si bien tenía sus líneas de expresión, conservaba una firmeza que hablaba de cuidado y de naturalidad.

Abrió la puerta.

Luis estaba allí, con los hombros un poco más rectos de lo que solía, como si hubiera practicado la postura frente al espejo esa tarde. Veinticuatro años. Pelo oscuro, ligeramente desordenado, ojos castaños que no miraban con descaro, sino con curiosidad, con respeto, con una atención que Elena sintió como una caricia en la nuca.

—Llegué temprano —dijo él, y su voz sonó un poco más grave de lo que recordaba. No era una disculpa, era una confesión.

—Tú sabes que me encanta que los hombres lleguen temprano —respondió Elena, y sonrió, no con coqueteo, sino con complicidad. Se apartó un mechón de pelo que se había desprendido del moño.

Él entró. El silencio que siguió no fue incómodo, sino denso, cargado de algo que ambos sabían que iba a suceder, pero que aún no se atrevían a nombrar con palabras. Elena cerró la puerta, se volvió hacia él, y por primera vez lo miró con detenimiento: su cuello, finamente velludo, la curva de su mandíbula, las manos que se entrelazaban con tensión. No era un chico. Era un hombre. Joven. Con la energía de los veintitantos, pero ya con la estructura de quien sabe lo que quiere.

—¿Te gustaría sentarte? —preguntó ella, indicando el sofá frente al balcón, donde la luz del sol se había vuelto más pálida, casi rosa.

—Sí. Gracias.

Se sentaron, pero no juntos. Entre ellos, el espacio de un brazo. Elena apoyó las manos sobre las rodillas, los pulgares rozando el borde del chal. Él miró el té que ella había dejado sobre la mesa baja: dos tazas, una para cada uno.

—Es manzanilla y anís —dijo ella—. Me ayuda a relajarme después del trabajo.

—Me encanta el anís —respondió él, y tomó la taza que le ofreció. La sostuvo entre sus manos, calentándolas.— ¿Y qué haces cuando no te ayuda relajarte?

Elena levantó la mirada. No era una pregunta inocente. Era un puente tendido en la oscuridad.

—Depende —dijo, y su voz, suave pero firme, rozó el tono de un susurro sin llegar a serlo. —A veces escribo. Otra veces… camino. O simplemente dejo que el tiempo pase, sin intentar atraparlo.

—¿Y qué pasa cuando dejas que pase? —preguntó él, y por primera vez, su mirada se fijó en los ojos de ella, sin huir.

—Pasa esto —respondió Elena, y se levantó lentamente. Se quitó el chal, lo dobló con calma y lo dejó sobre el respaldo del sofá. Luego, dio un paso hacia él, y otro, hasta que su falda rozó la pernera de sus pantalones. —El tiempo no se detiene, Luis. Pero puede curvarse. Si sabes cómo hacerlo.

Él no se movió. Solo la miró, y en sus ojos Elena vio algo que no esperaba: no era admiración, ni deseo ciego, sino una especie de reconocimiento. Como si él también hubiera estado esperando ese momento desde siempre, aunque no sabía bien cuándo había empezado a esperarlo.

Elena se sentó ahora a su lado, pero no tan cerca como para tocarlo. Se inclinó ligeramente hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y dejó que su cabello se deslizara por un lado, descubriendo el contorno de su cuello. Sentía el calor de él, una presencia constante, cálida, que no invadía sino que esperaba.

—¿Has estado con mujeres mayores antes? —preguntó, sin mirarlo, como si la pregunta hubiera salido de su propia boca sin que ella la hubiera decidido conscientemente.

—Una vez —respondió él, y su voz se volvió un poco más ronca. —Tenía treinta y dos. Y me pareció… intensa. Pero no como esto.

—¿Y cómo es esto?

—No lo sé aún. Pero… siento que no quiero que termine pronto.

Elena giró la cabeza. Lo miró de lado, y esta vez sí sonrió, con los ojos, con la boca, con todo su rostro.

—Bueno —dijo, y se levantó otra vez, esta vez para tomar la taza vacía de él y depositarla sobre la mesa—. Entonces no terminemos.

Se acercó a la ventana, y él la siguió. Las luces de la ciudad comenzaban a encenderse, puntos dorados en la penumbra. Elena apoyó las manos en el vidrio frío, y él se detuvo tras ella, a menos de treinta centímetros. No la tocaba. Solo estaba allí, presente, como un ecosistema que se ha formado alrededor de un núcleo.

—¿Te gusta el tacto? —preguntó Elena, sin voltear.

—Sí —respondió él, sin vacilar.

—¿Cuándo fue la última vez que sentiste la piel de alguien, sin apuro?

Él no respondió de inmediato. Se limitó a exhalar, despacio, como si el aire fuera una cuerda que lo mantenía atado a ese instante.

—No recuerdo —dijo al final.

Elena giró entonces, lentamente, hasta quedarse frente a él. Entre ellos, el aire vibraba. Ella extendió la mano, no para tocarlo, sino para que él viera cómo temblaba un poco, solo al borde del control. Sus dedos rozaron el cuello de él, apenas, como una pluma que se posa sobre la piel.

—¿Sientes eso? —preguntó.

—Sí —susurró él.

—Es mi pulso. Y el tuyo. Rítmico. Casi igual. Aunque el mío ha latido más veces.

Él inspiró hondo. Su pecho se elevó, rozando el suyo. Elena sintió el calor, el latido acelerado bajo la camiseta, el leve temblor de sus manos al fin soltarse de la inercia y posarse, con timidez, sobre sus caderas.

—¿Puedo? —preguntó él, y la pregunta no era sobre el tacto, sino sobre la confianza.

Elena no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza y dejó que sus labios rozaran los de él. Fue breve. Una pregunta sin respuesta. Una semilla que aún no había germinado.

Pero él respondió. Con más lentitud esta vez, con más intención, como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo, una melodía que no conocía pero que anhelaba dominar. Su boca se abrió, y la suya le siguió, y entre los dos se construyó un lenguaje hecho de respiraciones, de dientes que no se tocan, de lenguas que se buscan sin apuro, como si el tiempo no fuera una amenaza, sino un aliado.

Elena sintió cómo el mundo se achicaba. Fuera del balcón, la ciudad seguía girando. Pero aquí, dentro, todo era lento. Absoluto. Ella apoyó las manos en sus hombros, sintió la solidez de los músculos bajo la tela, la curva de sus clavículas bajo los dedos. Él la atrajo más cerca, y por primera vez, su pene, blando pero firme, rozó su muslo a través de los dos tejidos.

Elena no se apartó. Solo soltó un suspiro que era más que aire, era rendición, era promesa.

—Ven —dijo, y tomó su mano.

Lo condujo por el pasillo, sin mirar atrás. La casa era antigua, de techos altos, con pisos de madera que crujían suavemente bajo sus pasos. Entraron al dormitorio. No era un espacio de teatralidad, sino de intimidad: una cama grande, sencilla, con una colcha de algodón crudo, y luces bajas que dejaban sombras suaves en las paredes.

Elena se detuvo frente a él, y esta vez fue ella quien lo desprendió. Con lentitud, desabotonó su camiseta, paso a paso, como si cada botón fuera una puerta que debía abrirse con respeto. Bajo ella, el pecho de Luis era plano, terso, con una suave línea de vello que descendía hacia el ombligo. Ella rozó ese vello con el dorso de la mano, y él cerró los ojos, como si el contacto fuera una descarga eléctrica.

—Eres hermoso —dijo ella, y no era una frase hecha. Era una verdad.

Luis abrió los ojos, y en ellos había algo que Elena no había visto antes: vulnerabilidad, y al mismo tiempo, una confianza que la conmovió hasta los huesos.

—¿Y tú? —preguntó él, la voz apenas un hilo.

Elena no respondió con palabras. Se quitó la blusa de seda, dejando al descubierto su sujetador de encaje color crema, con alzas sutiles que aún le daban forma a los senos que habían cambiado con el tiempo, pero que conservaban una plenitud que hablaba de vida. Se quitó el sujetador sin prisa, y dejó que sus pechos descansaran, libres, pesados, con las areolas más oscuras de lo que recordaba, pero más sensibles también.

—¿Te gustan? —preguntó, y por primera vez, una punta de duda asomó en su voz.

—Me encantan —respondió él, y se arrodilló frente a ella, sin romper el contacto visual. Sus manos subieron por sus muslos, rozando el borde de la falda de lino, y luego, con una suavidad que la hizo estremecer, deslizaron el tejido hacia abajo, dejándola sola con la ropa interior.

—¿Me permites…?

—Sí —susurró ella.

Él se quitó los pantalones y la ropa interior en un movimiento fluido, y Elena lo miró. Su pene, erguido ya, era hermoso: moreno en la base, más claro hacia la punta, con un glande húmedo y brillante. No era gigantesco, pero estaba perfectamente proporcionado, y la forma en que colgaba —un poco hacia un lado, como si tuviera una gravedad propia— era natural, íntima, humana.

Elena se sentó sobre el borde de la cama, y lo llamó con la mano. Él se acercó, y ella lo tomó por la cintura, tirando suavemente hasta que él se sentó frente a ella, entre sus piernas abiertas.

—¿Me tocas? —preguntó ella.

Él asintió, y colocó una mano sobre su muslo, luego subió, despacio, hasta rozar el borde de su vulva. La piel allí era suave, tersa, con los labios más prominentes de lo que solían ser en su juventud, pero más sensibles también. Elena soltó un gemido, bajo, gutural, que no intentó reprimir.

—No —dijo él, y sus dedos se cerraron en un puño—. Quiero saber primero cómo te gusta.

Elena sonrió. Tomó su mano, la guio hacia su pecho, y la colocó sobre su pezón.

—Empieza aquí —susurró.

Él la tocó con la palma, con los dedos, con la yema de los pulgares, y ella le indicó con movimientos sutiles cuándo apretar, cuándo soltar, cuándo girar. Él aprendía. Y ella lo dejaba aprender, no como una maestra, sino como una compañera que compartía su mapa del placer, porque sabía que él también tenía uno que ella deseaba descubrir.

Cuando él se inclinó para besar su pecho, cuando sus labios rozaron su pezón y lo sugió con una suavidad que la hizo arquear la espalda, Elena cerró los ojos y dejó que el mundo se desvaneciera. No era sexo. Era conversación. Era poesía escrita con el cuerpo. Era tiempo, devuelto a su esencia más lenta, más real.

Él se sentó de nuevo, y esta vez fue ella quien lo guio hacia dentro. Se sentó sobre él, con las piernas a los lados, y bajó lentamente, sintiendo su pene entrar, primero la punta, luego la base, y finalmente todo, hondo, completo, como si hubiera estado esperando su cuerpo durante años.

Gimió. Él también. Sus manos se cerraron sobre sus caderas, y él la sostuvo, no para moverla, sino para que ella tomara el ritmo.

Elena comenzó a subir y bajar, con movimientos suaves, con la cabeza ligeramente hacia atrás, el cuello estirado, los senos oscilando con cada movimiento. Su piel sudaba, su respiración se volvió entrecortada, y sus ojos, cerrados, no necesitaban ver nada más que el mundo que se construía entre

¿Te ha gustado? Valóralo

4.9 · 8 votos
Reportar
Compartir

También en Maduras