El Tiempo que Queda en las Manos

El Tiempo que Queda en las Manos

@valeria_storm ·6 de junio de 2026 · ★ 3.9 (12) · 66 lecturas · 10 min de lectura

La primera vez que la vi, me di cuenta de que estaba perdido.

No en el sentido de no saber a dónde ir —aunque sí, también—, sino de que el aire alrededor de ella parecía distorsionarse, como si el tiempo se ralentizara a su paso. Tenía cuarenta y nueve años. Yo, veinticuatro. Ella, una tormenta en tacones de aguja y chaqueta de lino color crema. Yo, un chaval con una mochila de lona gastada y las manos sudadas por el calor de junio en la Ciudad de México.

Estábamos en la biblioteca de la UNAM, en la Zona Cultural. Yo buscaba un libro de filosofía griega para una tesis que apenas empezaba. Ella, según me enteré después, estaba allí para entregar una copia del manuscrito de su nueva novela, una relectura íntima de *La República* desde la voz de Aspasia. No me lo dijo entonces. Solo me miró cuando me torcí el tobillo al bajar el primer peldaño de la escalera de mármol.

—¿Te duele? —preguntó, sin acercarse, sin alterar el paso. Solo detuvo su caminar, como si el universo le hubiera susurrado algo que necesitaba oír.

—Sí —respondí, y me di cuenta de que era la verdad más honesta que había dicho en semanas.

Ella asintió, como si yo hubiera respondido algo más profundo que un simple “sí”. Bajó los peldaños de dos en dos —sí, dos— y se detuvo frente a mí. Me miró los ojos, no los pies ni la rodilla. Sus ojos eran grises, sí, pero con un brillo ámbar que cambia según la luz. Me tendió la mano.

—Puedes apoyarte en mí. No soy una amenaza. Solo una mujer que ha aprendido a caminar con el cuerpo que tiene.

Tenía las uñas pintadas de un rojo oscuro, casi borgoña. La piel de su mano era firme, cálida, con una textura suave que decía cuidado, pero no fragilidad. Le tomé la mano y me levanté. El dolor era real, pero nada comparado con lo que sentí cuando su dedo índice rozó, sin querer, el borde de mi muslo mientras me ayudaba a ponerme de pie.

—¿Te duele mucho? —repitió, esta vez con un tono más bajo, más cercano.

—Menos que la vergüenza —dije, y ella rió. No una risa suelta, sino una risa que venía de algún lugar profundo, como si yo hubiera acertado a una clave que nadie más conocía.

—La vergüenza es un lujo de juventud —murmuró—. A mi edad, ya no nos preocupamos por lo que otros creen que sentimos. Solo por lo que sentimos.

Se llamaba Valeria. Solo eso. Sin apellido, al menos entonces. Me ofreció acompañarme a la enfermería del edificio de Filosofía y Letras. Le dije que no era necesario, que estaba bien. Ella me miró otra vez, con esa mirada que no pedía permiso, sino que lo asumía.

—Si me dices que no, lo respetaré. Pero si me dices que sí… podría ser el primer paso de algo que no volverá a ser igual.

No supe qué responder. Solo asentí.

Camino al pequeño consultorio, caminamos en silencio. No por incomodidad, sino por una calma compartida. Ella marchaba con una seguridad que no era agresiva, sino casi ancestral. Yo, por primera vez en mucho tiempo, sentí que mi cuerpo no era un problema, sino un instrumento. Un instrumento que, por alguna razón, ella parecía conocer mejor que yo mismo.

En la enfermería, la auxiliar le preguntó si era familiar mía.

—No —dijo ella, sin vacilar—. Soy su profecía.

La auxiliar parpadeó, y Valeria me sonrió, esta vez con una chispa que me hizo sentir veinte años más joven y cien más consciente.

Cuando salimos, ya con la rodilla vendada y una bolsa de hielo entre las manos, me preguntó:

—¿Tienes hambre?

—Sí —respondí, otra vez con la verdad más simple.

—Entonces, vamos a comer algo que no sea comida de biblioteca.

Fue así como terminamos en un pequeño lugar de tacos al pastor en una callejuela cerca del metro Hidalgo. No nos sentamos en la banca de fuera. Ella me llevó a un banco en un pequeño parquecito que había tras el local, bajo la sombra de un árbol de cempasúchil. El sol de la tarde, ya blando, se colaba entre las hojas y le dibujaba sombras doradas en las manos, en el cuello, en las mejillas.

—¿Por qué me ayudaste? —le pregunté mientras deshacía un taco con cuidado.

Ella no respondió de inmediato. Se limitó a mirarme, a mirar mis ojos, mi boca, mi cuello. Como si estuviera leyendo algo que yo no sabía que estaba escrito.

—Porque cuando te torciste el tobillo, no te quejaste. Solo te agarraste la rodilla y respiraste. Eso no es común en hombres de tu edad.

—¿Y eso qué dice de mí?

—Que tienes paciencia. Y que sabes escuchar al cuerpo. No todos lo hacen.

Me pasé la lengua por los labios. Sentí un calor que no venía del sol.

—¿Cuántos años tienes, Valeria?

Ella me miró con una sonrisa leve, sin burla, sin condescendencia.

—Cuarenta y nueve.

Me quedé callado. No por sorpresa —ya lo sospechaba—, sino por el peso que esa cifra tenía en su voz. No era una edad que ocultara. Era una edad que llevaba como una corona, sin esfuerzo.

—Y tú —dijo—, tienes veinticuatro. Esa edad en la que aún crees que el tiempo es infinito. Pero ya no lo es.

—¿Por qué lo dices?

—Porque si fuera así, no estarías aquí, sentado conmigo, comiendo tacos con los ojos más abiertos que la boca.

Me reí, nervioso, pero aliviado. Ella también. Y entonces, sin que yo supiera cómo, su mano derecha, que estaba apoyada en el banco a unos centímetros de la mía, se movió. No hacia mí. Solo rozó la superficie del banco, y luego… rozó mi muslo. Una vez. Ligeramente. Como si estuviera comprobando la temperatura de un metal.

—Estás tenso —dijo.

—Sí —admití.

—¿Por qué?

—Porque tú estás aquí. Porque me miras como si me supieras. Porque no me estás pidiendo nada… y aún así me siento como si ya me hubieras ganado.

Ella inclinó la cabeza, como si valorara mis palabras. Luego, con lentitud, giró su mano y puso la palma hacia arriba, sobre el banco, cerca de mi pierna. No me la ofreció. Solo la dejó ahí, como una pregunta abierta.

—Entonces, dime —dijo—. ¿Qué quieres que te pida?

No hablé. Me limité a mirar su mano. La piel era cálida, con venas delicadas que se dibujaban bajo la superficie. Las uñas, rojas, como promesas no dichas. Me recordaron la primera vez que las vi.

—Quiero —empecé, y me detuve—. Quiero saber si esto es real.

—Todo lo que sucede aquí es real. El sol. El calor. Tu respiración. Mi corazón. Y esto.

Su mano descendió. No de golpe. Con una lentitud que hacía daño. Su pulgar rozó el borde de mi muslo, justo arriba de la rodilla vendada. Una línea seca, seca y cálida, como un dedo que recorre una línea escrita en papel antiguo.

—¿Te importa si sigo?

No respondí. Solo incliné mi cuerpo un milímetro hacia ella.

Esa fue la respuesta que ella esperaba.

Su mano subió. Más. Hasta que su pulgar tocó el borde de mi pantalón, donde el tejido se estiraba sobre el muslo. No fue una caricia. Fue una exploración. Como si estuviera midiendo algo invisible.

—Tienes los músculos tensos —murmuró—. No por el tobillo. Por mí.

—Sí —susurré.

—Entonces, déjame ayudarte a relajarte.

Su mano se retiró. Solo un segundo. Y luego, con una lentitud que me hizo sentir que el tiempo se detenía, su dedo índice pasó por debajo del borde de mi camiseta, rozó la piel de mi estómago, una línea ascendente, suave, casi invisible… hasta que su pulgar y su índice se cerraron suavemente sobre el botón de mi jeans.

—¿Estás seguro? —preguntó, esta vez en voz baja, como si la pregunta no fuera para mí, sino para ella misma.

Yo asentí. No con la cabeza. Con el cuerpo. Con el movimiento de mi cadera, ligeramente hacia adelante.

Ella desabrochó el botón. Lento. Cada milímetro del metal deslizándose por su ojera. Luego, la lengüeta del cierre. El mismo movimiento. Lento. Como si estuviera abriendo una caja que sabía que contenía algo precioso.

—No me miraré a mí —dijo—. Me miraré a ti. A ver cómo reaccionas. A ver cuánto puedes aguantar antes de pedirme más.

Y entonces, su mano entró. No por completo. Solo la punta de sus dedos. A través del tejido interior de mi pantalón. Rozó la curva de mi pene, ya medio erecto, sin vergüenza, sin duda. Solo existencia.

—Estás tan caliente —susurró—. Como si ya me hubieras reconocido.

—Tú me reconociste primero.

Ella sonrió. No una sonrisa de victoria. De comprensión.

Su mano se retiró. Solo un instante. Y luego volvió, esta vez con más confianza. Su pulgar pasó por encima del tejido, trazando el contorno de mi glande. Su índice se deslizó hacia abajo, rozó el inicio de mis testículos, los apretó con una suavidad que me hizo cerrar los ojos.

—¿Te gusta que te toque así? —preguntó.

—Sí —dije, jadeando un poco.

—Entonces, dime cómo quieres que lo haga.

No supe responder. Solo le tomé la mano y la apreté contra mí. Fue suficiente.

Ella soltó un suspiro. No era un gemido. Era el sonido de alguien que había estado esperando esto mucho tiempo. Su mano se movió con más fuerza, con más seguridad. Deslizó sus dedos con lentitud, desde la base hasta la cabeza, con un movimiento de muñeca que hacía rozar su pulgar contra el orificio del prepucio.

—Estás tan bien —murmuró—. Tan limpio. Tan tuyo.

Sentí que algo se aflojaba en mí. No solo físicamente. Me sentí más liviano. Más libre. Como si ella hubiera desatado un nudo que no sabía que tenía.

—¿Cuánto tiempo podemos hacer esto? —pregunté.

—Hasta que tú quieras. O hasta que yo quiera. Pero hoy, yo ya decidí cuánto tiempo quieres que dure.

Y entonces, con un movimiento suave, su mano se retiró. Me dejó solo con la respiración agitada, con el pene aún medio descubierto, con el botón desabrochado y el cierre a medio bajar.

—¿Por qué te detienes? —le pregunté, y la voz me salió más baja, más grave.

—Porque hoy no es el día de dar todo. Hoy es el día de que sepas que esto es real. Que esto es tuyo. Que esto es mío. Y que el tiempo que nos queda en las manos, aunque sea solo un par de minutos bajo un árbol de cempasúchil, es todo lo que necesitamos.

Me incliné hacia adelante. No para besarla. Solo para acercarme. Lo suficiente como para sentir su aliento. Caliente. Olor a café y a algo más… a algo que no tenía nombre.

—¿Volveré a verte? —pregunté.

—Tú decides —dijo—. Pero si vuelves a la biblioteca la próxima semana, y me ves en la escalera, y me miras como me miraste hoy… tal vez, te diga cómo seguir.

Se levantó. Con lentitud. Como si cada movimiento fuera una ceremonia. Se ajustó la chaqueta de lino, se sacudió la falda. Me miró una última vez. Con esa mirada que decía más que mil palabras.

—Cuarenta y nueve años —dijo—. Veinticuatro. Y aún hay tiempo.

Se alejó, caminando con la misma seguridad de siempre. Con los tacones que hacíaneco en el suelo de concreto. Y yo, sentado en el banco, con el botón desabrochado y la respiración aún acelerada, sentí algo que no sentía desde hacía mucho: que el tiempo, en vez de pasar, se había detenido… y yo lo había tocado.

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