El secreto de la casa de campo
7 minEl secreto de la casa de campo
La luz del atardecer se colaba por las rendijas de las persianas de madera, dibujando rayas doradas sobre el suelo de madera del porche trasero. El olor a pinos y tierra mojada flotaba en el aire, mezclándose con el aroma a café recién hecho que emanaba de la cocina. Lucía abrió la puerta de mosquitero con un suave crujido, llevando una bandeja con dos tazas y un plato de galletas caseras. Su blusa blanca, ligeramente transparente por el sol del verano, se adhería a la curva de sus pechos, y el tejido de sus shorts ajustados marcaba la forma de sus muslos.
—¿Tomas león? —llamó, acercándose a la hamaca donde él estaba recostado, los ojos cerrados, los brazos cruzados tras la nuca. Tenía la piel morena y ligeramente bronceada, el vello del pecho oscuro y enredado entre las grietas de una sonrisa cansada tras días de trabajo en el rancho.
—Sí —murmuró él, abriendo los ojos. Verla así —cabello suelto, mejillas sonrojadas, labios entreabiertos como si estuviera a punto de decir algo importante— le hizo sentir un calor distinto, más profundo que el del sol.
Se sentó en la hamaca con cuidado, tomó una galleta, y le dedicó una sonrisa lenta, deliberada. —¿Y tu papá? —preguntó, sin dejar de mirarla, con la voz ronca por el calor y la espera.
—Se fue a la ciudad. Dijo que necesitaba gasolina y herramientas. Volverá mañana por la tarde —respondió Lucía, sentándose a su lado, cerca, demasiado cerca. El muslo de ella rozó el suyo, y ambos se tensaron un instante.
Era la tercera semana que Lucía —su medio hermana— estaba en la casa de campo. El verano anterior, tras el fallecimiento de su madre, Lucía había heredado la propiedad junto a él. Tomás, que vivía en la ciudad, había aceptado quedarse un par de días, pero los días se habían vuelto semanas. Y la distancia entre ellos, que antes era solo geográfica, ahora se hacía más densa, más cálida.
—Está bien —dijo Tomás, depositando la galleta en el plato. Sus dedos rozaron los de ella al hacerlo, y el gesto fue tan natural que pareció inevitable.— Me gusta que estés aquí. Aunque… —se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz— a veces me pregunto si papá lo sospecha.
Lucía no respondió de inmediato. Bajó la mirada, pero no para ocultar nada, sino para recoger valor. Luego, con una sonrisa tenue pero segura, levantó la cabeza y lo miró directo a los ojos.
—¿Y si lo supiera?
—¿Entonces qué? —preguntó Tomás, pasándose una mano por el pelo, nervioso de verdad esta vez. No por miedo, sino por deseo. Porque Lucía, desde que llegó, había cambiado. Se había soltado. Ya no era la hermana tímida que solía esconderse entre los libros en la sala, con las mejillas rojas cada vez que él la miraba. Ahora, Lucía lo miraba como si él fuera el único hombre que existía.
—Entonces —dijo ella, acercándose más, hasta que sus rodillas se tocaron—… quizás ya no importara.
El silencio que siguió fue denso, cargado de lo no dicho. Tomás sintió el latido en su garganta, rápido y seguro. Sabía que había cruzado el umbral hace días. Que cada vez que ella le servía café, cuando sus dedos se rozaban, o cuando él la veía tender la ropa en el tendedero, con el sol marcando la silueta de sus caderas, su cuerpo reaccionaba con una intensidad que ya no podía negar.
—¿Te acuerdas cuando éramos chicos? —preguntó Lucía, acariciando con el pulgar el borde de su taza—. Cada vez que te caías trepando el árbol, tú me decías: “Ven, Luci, sube conmigo. Te protejo”.
—Sí —respondió él, voz más baja ahora, casi un susurro—. Pero hoy no necesitas protección.
—No —admitió ella, inclinándose, hasta que sus labios apenas rozaban su oreja—. Hoy quiero que me protejas de otra cosa.
Tomás giró la cabeza, lento, y la vio: sus ojos oscuros, el labio inferior entre sus dientes, la respiración entrecortada. Sus pechos subían y bajaban con intensidad, y el algodón de su blusa se tensaba con cada inhalación. Él puso una mano sobre su muslo, firme, cálido. No con apuro, sino con intención.
—¿Qué cosa?
—Del tiempo que pasamos antes —dijo ella, tomándole la mano y llevándosela hasta su cintura—. Del tiempo que *no* pasamos.
Él la atrajo hacia él, suavemente, con la otra mano apoyándose en su espalda baja. Lucía se dejó llevar, y sus labios se encontraron. No fue un beso urgente ni desesperado. Fue un encuentro lento, sabroso, como probar un vino que llevas años guardando. Sentía el sabor a café y miel en su lengua, la suavidad de su piel, el calor que emanaba de su cuerpo como si fuera un horno pequeño y perfecto.
Tomás separó el rostro apenas un centímetro, respirando su nombre.
—Lucía…
—Shhh —musitó ella, pasándole los dedos por el cuello, bajando hasta el botón superior de su camisa—. No digas nada. Solo… déjame sentirte.
Con movimientos pausados, ella desabotonó la camisa, dejando al descubierto su pecho, su vello húmedo de sudor, su piel ligeramente áspera por el sol. Tomás no se apresuró. Se dejó hacer, sintiendo cada toque como una promesa. Lucía besó su pecho, con ternura, con hambre. Luego subió hasta su cuello, mordisqueando suavemente, hasta que él soltó un gemido ahogado.
—Quiero verte —dijo ella, separándose—. Quiero verte desnudo.
Él no dudó. Se levantó, deshizo el nudo de su shorts, lo bajó con calma, y se quedó allí, de pie, con el pene tieso, oscuro en la punta, colgando entre sus muslos. Lucía lo miró sin rubor, sin vergüenza, solo con deseo. Se levantó también, y con los dedos, le acarició el glande, el tronco, sintiendo su pulso acelerado bajo su piel.
—Estás tan grande… —susurró, besando la base—. Como cuando éramos chicos y soñábamos con ser algo más que hermanos.
—Entonces hoy somos más que eso —dijo él, tomando su rostro entre sus manos.
La levantó sin esfuerzo, y la sentó sobre la mesa de madera del porche. Lucía se abrió de piernas, y Tomás se posicionó entre ellas. Con una mano, separó sus labios íntimos, admirando su humedad, su color rosado, brillante bajo la luz del atardecer. Ella gimió, arqueando la espalda, y él se inclinó, besando su clítoris, lamiéndolo con cuidado, saboreándola.
—Mmm… sí… ahí —murmuró ella, aferrándose al borde de la mesa.
Tomás la devoró con boca y lengua, hasta que sintió cómo su cuerpo se tensaba, hasta que escuchó su gemido agudo, su nombre roto en el aire. Pero no se detuvo. Se levantó, tomó su pene en una mano, y con la otra sostuvo su mentón.
—Quiero estar dentro de ti —dijo—. Quiero sentirte todo lo que pueda.
Lucía asintió, abrió las piernas más, y lo miró con ojos llenos de confianza. Él se colocó frente a ella, rozó su glande contra su entrada húmeda, y empujó lentamente. Se metió poco a poco, sintiendo cada centímetro de su cuerpo, cada pulso de ella, el apretón de su vagina alrededor de su miembro. Lucía soltó un grito suave, sus ojos se cerraron, su boca se abrió.
—Toma… más… —pidió, arrastrando las palabras.
Tomás obedeció. Empujó con fuerza, hasta que sus pelvis se tocaron. Se quedó quieto un instante, sintiendo el calor, el aprieto, la intensidad de estar en su lugar correcto. Luego comenzó a moverse. No con furia, sino con una cadencia lenta, profunda, cada embestida arrancándole un gemido, una palabra, un nombre.
—Lucía… Lucía… Lucía…
Ella lo acompañaba con caderas, con uñas en su espalda, con besos en su cuello. El sol ya se había hundido casi del todo, y la luz era ahora dorada y cálida, bañándolos como si fuera un halo sagrado. El viento movía las cortinas, y el sonido de los insectos marcaba el ritmo del mundo que giraba a su alrededor.
—No pareces… —respiró ella, jadeante— …no pareces mi hermano ahora.
—No soy tu hermano ahora —respondió él, con un último empuje fuerte, profundo.
Y Lucía se deshizo en sus brazos,
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.