El Sabor del Tiempo

El Sabor del Tiempo

@marco_vidal ·6 de junio de 2026 · ★ 4.8 (40) · 65 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que la vio, Clara estaba sirviéndose un café en la cafetería del edificio donde vivía, a la vuelta del supermercado. Él, con sus veinticuatro años y el cuerpo aún en construcción —hombros estrechos pero firmes, muslos delgados pero tensos, piel bronceada por las jornadas de senderismo en los fines de semana—, la miró sin disimulo. Ella, con sus cuarenta y nueve, cabello negro trenzado en una coleta baja, cintura estrecha, caderas anchas y pechos que habían amamantado y que ahora, bajo la camiseta de algodón, colgaban con la gravedad sabia de quien ya ha sido tocado, besado, explorado, y que aún sabía lo que hacía con sus propios dedos.

Clara sintió el peso de su mirada, no como una invasión, sino como un reconocimiento. Él no la miraba como una madre, ni como una mujer ya pasada de moda, sino como una pieza de caza deseable, y eso la encendió desde lo más profundo, donde ya no quedaban dudas, solo certezas. Él se acercó.

—Perdón —dijo, con voz grave pero sin forzarla—, ¿te importa si uso la mesa de al lado? Se me cayó la batería del portátil y no tengo lugar donde cargarla.

—Claro que no —respondió Clara, sin mirarlo, pero sintiendo cómo su piel se ponía sensible, como si ya estuviera al alcance de sus manos.

Él se llamaba Luciano. Estudiaba historia del arte, vivía en el piso de arriba, y tenía las manos grandes, los nudillos marcados, los ojos verdes y una sonrisa que no siempre llegaba hasta ellos. Esa noche, en el ascensor, volvieron a encontrarse. Él presionó el botón del séptimo piso. Ella, del quinto.

—¿Tienes miedo a las alturas? —preguntó él, sin malicia, con curiosidad.

—No —dijo ella—. Me encanta ver cómo se ve la ciudad desde arriba. Es como tener el mundo a tus pies, pero sin bajar del lugar donde estás.

Él la miró entonces, de verdad. Vio las líneas de expresión en su frente, la curva de sus labios, la forma en que su cuello se inclinaba ligeramente hacia adelante, como si siempre estuviera escuchando algo que otros no alcanzaban a oír.

—¿Y si subiera contigo? —dijo Luciano, sin apartar la vista—. ¿Me dejarías ver la ciudad desde tu ventana?

Clara sonrió, lento, consciente. Sabía lo que estaba pasando. No era un error. No era una locura. Era elección.

—Sube —dijo—. Pero no te quedes en la puerta.

La puerta de su departamento se abrió con un clic suave. Clara se quitó los zapatos, dejó la bolsa en el suelo, y se giró hacia él, con las manos en las caderas, el pecho alzado, la respiración honda. Él la miró sin apuro, como si ya hubiera estado allí antes.

—Tienes una boca hermosa —dijo Luciano—. Me encantaría besarla.

Ella se acercó, paso a paso, hasta que sus pechos rozaron el pecho desnudo de él, que se había quitado la camiseta. No era musculoso como los chicos de su edad, pero tenía una fuerza real, una presencia que no exigía, solo estaba. Él la tomó de la cintura y la atrajo hacia sí. Su boca se encontró, no con frenesí, sino con deliberación. Clara abrió los labios y dejó que su lengua entrara, lenta, saboreando el sabor del café y algo más: sal, sudor, juventud. Él gimió contra su boca, un sonido gutural, sin vergüenza.

—Dime qué quieres —dijo Clara, rompiendo el beso, mirándolo a los ojos.

—Quiero verte —dijo él—. Quiero verte desnuda. Quiero verte moverte. Quiero sentir cómo tu cuerpo me dice lo que tu boca no puede explicar.

Clara se desabrochó el sujetador con un solo movimiento, tirando de la hebilla detrás de la espalda. Los pechos le cayeron suaves sobre el pecho, redondeados, firmes en la base, los pezones ya endurecidos por el calor del momento. Luciano los miró como quien mira por primera vez el mar después de haber leído todos los libros sobre él.

—Son hermosos —dijo, y se inclinó para morder uno con cuidado, sin morderla, solo presionando con los dientes y chupando suavemente.

Clara arqueó la espalda, soltó un suspiro largo, y lo empujó hacia la cama. Él se dejó caer, sin prisa, como si supiera que el tiempo no era su enemigo. Ella se quitó el pantalón y el bajo de la camiseta, quedando en ropa interior de algodón color crema, con la tanga anchita que usaba para dormir. Se sentó sobre sus muslos, con las manos en sus hombros, y lo miró mientras deslizaba los dedos por su cuello, sus pecos, el vientre plano.

—Quiero verte desbloqueado —dijo ella—. Quiero verte sin miedo.

Él se quitó los pantalones y la ropa interior juntos, y su pene saltó hacia fuera, flácido al principio, pero ya endureciéndose al sentir el calor de su cuerpo. Era más grande de lo que parecía: grueso, con el glande rojizo y húmedo, la veis con una ligera curvatura hacia arriba. Clara lo tomó con la mano, lo acarició con lentitud, desde la base hasta la cabeza, sintiendo cómo crecía entre sus dedos. Él jadeó, cerró los ojos, y su mano subió hasta su muslo, aferrándose al borde del colchón.

—¿Te gusta? —preguntó Clara.

—Sí —dijo él, con la voz rota—. Me gusta más de lo que esperaba. Me gusta que seas tú. Que sepas lo que haces.

Ella se inclinó y lo lamio con la lengua, desde abajo hasta arriba, pasando por el glande, saboreándolo, dejando que su saliva lo mojara. Él gimió, elevó las caderas, pero ella lo empujó suavemente hacia atrás.

—No —dijo—. Tú no muevo ahora. Yo muevo.

Se puso de rodillas sobre la cama, con las piernas abiertas a los lados de él, y se colocó frente a su pene. Con la mano derecha, lo sostuvo y con la izquierda, separó sus propios labios vulvares. Su vagina estaba húmeda, ya, los labios menores rojos y hinchados, el clítoris retraído pero sensible, listo. Se bajó lentamente, dejando que el pene entrara en su entrada, empujando con la base de su mano para guiarlo. Lo sintió entrar, trozo a trozo, suave al principio, luego más profundo, rozando su fondo, presionando contra su útero. Ella soltó un grito ahogado, los ojos cerrados, la boca entreabierta.

—Más —dijo Luciano—. Necesito más.

Ella comenzó a subir y bajar, con movimientos cortos al principio, luego más largos, más hondos. Sus pechos rebotaban con cada bajada, sus cabellos le rozaban las mejillas. Él le agarró las caderas y las sujetó firmemente, ayudándola, empujando hacia arriba cuando ella bajaba, encontrando el ángulo perfecto para rozar su punto G. Clara cerró los ojos y dejó que la sensación la arrastrara. Cada embestida lo sentía en el vientre, en el pecho, en la garganta, en la punta de los dedos. Su respiración se aceleró, su corazón latía con fuerza, y cuando sintió que se venía, cuando el clítoris se contrajo y su vagina se apretó alrededor del pene de él, no gritó, sino que dejó escapar un largo susurro, una nota musical, una confesión.

Él la sostuvo por la cintura, la elevó un poco, y la volvió a bajar, más rápido, más hondo, hasta que su propia bomba estalló. Soltó un gruñido gutural, su pene palpitó dentro de ella, los corrimientos salieron calientes y espesos, llenando su interior, manando por su costado. Clara lo sintió, lo sintió todo, y se dejó caer sobre él, con la cabeza en su pecho, escuchando su corazón latir.

—Cuarenta y nueve —dijo ella, con la voz temblorosa—. Y tú, veinticuatro.

—Y tú —dijo él, acariciándole el cabello—. Me has desbloqueado.

—No —dijo Clara, y lo besó, lentamente, con la lengua—. Solo he despertado algo que ya estaba ahí.

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