El sabor del tiempo
La lluvia golpeaba suavemente las ventanas del departamento en el décimo piso, un ritmo lento que parecía sincronizarse con la respiración de los dos en la cocina. Elena apretaba los dedos alrededor de la taza de té, los ojos fijos en la superficie oscura del líquido, mientras Mateo, de pie frente al fregadero, dejaba que el vapor del agua caliente se enroscara alrededor de sus muñecas. No hablaban. Había aprendido a amar ese silencio compartido, no como ausencia, sino como un lenguaje propio, denso y cargado de significados no dichos.
Se conocían desde los veintidós años. Diez años después, el cuerpo del uno seguía siendo un mapa que descubrían juntos, cada curva, cada cicatriz, cada pliegue que antes se ocultaba con prisa ahora se exploraba con intención. Esa noche, el silencio no era solo cómodo: era anticipatorio. Elena sintió el cambio antes de verlo —una pausa, una leve tensión en los hombros de Mateo, el modo en que su mano izquierda rozó el borde del fregadero como si buscara un punto de apoyo.
—¿Te acuerdas de ese verano en Oaxaca? —preguntó él, sin voltear.
Elena asintió, pero no respondió enseguida. Recordaba la cocina pequeña, el polvo rojo en los pies descalzos, la forma en que él le había besado la nuca mientras cortaba mango con un cuchillo de hoja ancha. El jugo dulce resbalando por sus nudillos. La forma en que ella había mordido su pulso y luego su labio inferior, compartiendo la misma fruta.
—Sí —dijo al fin—. Pero aquella vez lo hiciste con prisa. Creí que ibas a dejar caer el cuchillo.
—No lo hice —respondió Mateo, volviéndose lentamente. La luz del extractor iluminaba su espalda, el suave arco de sus vértebras bajo la tela fina de la camiseta. —Esta vez no tengo prisa.
Elena bajó la taza. Caminó hacia él sin prisa también, con los pies descalzos sobre el piso de loseta fría. Detrás de ella, la lluvia seguía susurrando contra el cristal. Alcanzó su cintura por detrás, deslizó los dedos bajo la tela, sintió el calor que irradiaba su piel, el latido que ahora marcaba el mismo ritmo que el goteo del grifo.
—¿Te acuerdas? —repitió, acercando su boca a su oreja—. Aquella vez no probaste el mango antes de dármelo.
Mateo giró suavemente, sin romper el contacto, y tomó su mano. La giró, palma arriba, y con el pulgar trazó un círculo lento, húmedo, en el centro de su muñeca. El agua que aún quedaba en su piel se evaporó en el calor compartido.
—Te lo dije —murmuró—. Esta vez no tengo prisa.
Elena sonrió. No con los labios, sino con los ojos. Y entonces lo besó. No fue un beso urgente, ni uno lleno de exigencia. Fue un beso que sabía a té de jazmín, a salitre residual en los labios, a tiempo que se ha ganado el derecho de demorarse. Mateo respondió con la misma calma, pero con una profundidad que solo diez años de confianza pueden construir: su mano subió por su cuello, acarició la base de su cráneo, y la atrajo contra su pecho, donde el corazón sonaba fuerte pero estable, como un motor que ha aprendido a latir en sintonía.
Se separaron apenas, lo suficiente para mirarse. Sin palabras. Solo respiración entrecortada, piel que rechinaba en el primer roce de la ropa, ojos que ya habían cruzado más allá de lo visible.
—Ven —dijo Mateo, y tomó su mano.
No fue a la cama. Fue al sofá, al rincón más oscuro, donde la luz de la ciudad no llegaba del todo. Se sentaron juntos, frente a frente, rodillas rozándose, manos entrelazadas. Elena desabrochó la camiseta de Mateo con lentitud deliberada, cada botón un acto de devoción. Él le quitó el cabello de la cara, pasó los dedos por sus cejas, por las líneas finas que el tiempo había dibujado alrededor de sus ojos —y que él seguía encontrando hermosas.
Cuando por fin se despojaron de la ropa, no fue con gestos teatrales, sino con naturalidad, como quitarse un abrigo después de una caminata. La piel de Elena brillaba bajo la penumbra, y Mateo, con la palma abierta, rozó su clavícula, luego el hueco entre sus pechos, bajó lentamente hasta el ombligo, y siguió hasta la curva de su cadera.
—Me encanta cómo estás ahora —susurró—. Más suave. Más real.
Elena no respondió. Solo inclinó la cabeza y puso su frente contra su hombro, sintiendo la粗粗 respiración que ya no intentaba ocultar. Él la abrazó, la levantó con cuidado, y la sentó sobre la mesa baja, justo donde la madera aún retenía el calor del día.
No hubo urgencia. Solo manos que saborean, besos que se deshacen y se rehacen, palabras que nacen y se desvanecen en el aire. Cuando por fin se unieron, fue con una lentitud que parecía eterna, como si el cuerpo de cada uno supiera exactamente dónde encontrar al otro, incluso después de años.
La lluvia cesó. Las luces de la ciudad comenzaron a brillar más fuerte. Pero en la oscuridad del sofá, entre sus brazos, no había tiempo que correr. Solo el sabor del tiempo, dulce y profundo, como el mango maduro que no se comió esa noche, pero que aún guardaba en la memoria.
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