El sabor del café recién hecho

El sabor del café recién hecho

@fernanda_luz ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (30) · 13 lecturas · 9 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente las ventanas de la casa pequeña en el barrio La Floresta, esa clase de lluvia tibia de junio que no molesta, sino que invita a encerrarse con una manta y dejar que el mundo se desdibuje afuera. En la cocina, con las luces cálidas encendidas y el olor a café recién hecho pegándose al aire, Fernanda movía las caderas al ritmo de una canción que salía apenas entrecortada de su celular, puesta a volumen bajo. Llevaba un vestido sencillo de algodón, color miel, con la espalda descubierta y las tiras finas que se le enroscaban entre los hombros. Sus cabellos rizados, suelto ese día, le rozaban la cintura mientras se inclinaba para sacar las tazas del gabinete.

La puerta sonó, dos toques breves, seguros.

—¡Ya voy! —dijo ella, sin apuro, sonriendo ya.

Abrió sin esperar más. En el umbral estaba Andrés, alto, moreno, con la piel suave de quien no se expone mucho al sol, pero sí al calor de su propio fuego interior. Llevaba una camisa húmeda por la lluvia, los pantalones un poco arrugados, y en los ojos —oscuros, profundos— una chispa de algo que Fernanda ya conocía bien: ganas.

—Llegué temprano —dijo él, con esa voz grave que parecía salir de una guitarra antigua.

—Sí, ya me lo dijiste hace dos horas —sonrió ella—, pero me gustó que insistieras.

Andrés entró, dejó su mochila cerca de la puerta y, sin despedirse de la lluvia, se acercó a ella. No la abrazó al instante. Solo la miró, con calma, como si estuviera leyendo una página que ya conocía pero quería volver a saborear.

—Huele rico —murmuró.

—Café de Huila. Tostado en casa.

—Entonces me lo vas a dar, ¿no?

Fernanda le tendió la taza. Él la tomó con ambas manos, calentándosela un momento antes de probarla. La espuma se le pegó al bigote.

—Está como para hacerse un nudo en la garganta de tanto rico.

Ella se rió, bajando la mirada.

—¿Te pongo algo más?

—Sí —dijo él—. Me pones tus manos.

Fernanda no respondió con palabras. Solo se acercó más, dejando que sus cuerpos se rozaran sin apuro, sin urgencia, como si el tiempo no fuera más que un relato que podían reescribir a su antojo. Sus dedos encontraron los botones de su camisa, uno a uno, soltándolos con lentitud. No era una carrera. Era un ritual.

—¿Te acuerdas la primera vez que vine a tu casa? —preguntó él, mientras su piel quedaba al descubierto poco a poco—. Estaba nervioso como si fuera a tocar una estatua. Temía que me dijeras que me iba.

—Te dije que te quedaras. Y te quedaste.

—Me quedé. Y me quedo.

Ella lo besó entonces, con suavidad, apenas una presión de labios sobre labios, pero con algo que se hacía cada vez más fuerte: confianza. Una confianza que no nacía de la costumbre, sino de la certeza. De saber que lo que tenían no era un capricho, sino una elección repetida, cada día.

—¿Me dejas entrar más? —susurró él contra su boca, sin apartarse del todo.

Fernanda solo le pasó las manos por el pecho, sintiendo el latido acelerado bajo su piel.

—Si entras, no te voy a echar.

Él sonrió, le alzó la barbilla, y esta vez fue él quien profundizó el beso, con cuidado, como si cada centímetro fuera a dibujarle en la memoria. La lengua de él rozó la suya, lenta, saborea, como si estuviera probando el café con leche que ambos sabían que les gustaba: ni muy dulce, ni muy fuerte. Solo… perfecto.

Andrés bajó las manos hasta su cintura, deslizándolas por debajo del vestido, acariciando el contorno de sus nalgas, apretándolas con suavidad. Fernanda gimió apenas, un sonido que no salió de la garganta, sino de alguna parte más profunda, más íntima.

—Estás tan linda así —dijo él, mientras la empujaba contra la encimera—. Con ese vestido que no es más que una excusa para que yo quiera quitártelo.

Ella arqueó la espalda, dejando que sus pechos se presionaran contra su pecho.

—Entonces quitármelo de una vez.

Andrés lo hizo. Con una sola mano, tiró de las tiras del hombro, dejando que el algodón se deslizara por sus brazos y cayera hasta sus caderas. No lo sacó del todo. Solo lo dejó colgando, como un velo que prometía ser quitado después.

—¿Ves? —dijo él, besándole el cuello—. Ya te lo dije. Tú no me pides permiso. Tú me lo das.

—Es que no necesito pedirlo. Ya me lo das tú.

Él rió, bajo, con el voseo que le quedaba bien, ese tono paisa que le ponía un caramelo de dulzura a cada palabra.

—Hijo, tú me lo haces sentir como si fuera el hombre más dueño del mundo.

Fernanda le pasó las manos por el pelo, acariciándole la nuca.

—Porque lo eres.

Andrés se inclinó y chupó uno de sus pezones, suave, como si temiera que se rompiera. Ella soltó un suspiro que parecía un grito reprimido, pero que no lo era. Era solo su cuerpo, entregándose.

—¿Te gusta? —preguntó él, sin levantar la cabeza.

—Me gusta que lo preguntes. Me gusta que no lo asumas.

—Entonces te lo digo de nuevo.

Y volvió a chuparla, más fuerte, más hondo, con la lengua haciendo círculos, y Fernanda ya no aguantó. Se le apretaron las piernas, buscando apoyo, buscando más.

—Andrés… —dijo, entre dientes.

—Dime.

—Quiero que me mames.

Él se levantó, mirándola a los ojos, con una sonrisa que solo se le daba cuando ella le decía algo así.

—¿Cómo?

—Mámale. Que te lo diga bien.

—Mamar.

—Sí. Mamar.

Él la tomó de la cintura y la levantó sin esfuerzo, dejándola sentada sobre la encimera, con las piernas abiertas a sus lados. Fernanda se agarró del borde, sintiendo el frío del mármol bajo las nalgas, pero no le importó. Estaba caliente. Todo en ella estaba caliente.

—¿Quieres que te lo haga despacio? —preguntó él, acercándose entre sus muslos.

—Sí. Pero que no se termine nunca.

Él le separó los labios con los dedos, lentamente, como si descubriera un mapa que ya conocía, pero quería volver a trazarlo. Su aliento rozó su clítoris.

—Estás mojada, hija.

—Y tú con el pito tieso.

—Tú me haces así.

—Entonces mámale.

Andrés no esperó más. Bajó la cabeza y la tomó entera, con suavidad, pero con fuerza. Su boca era cálida, húmeda, y el movimiento era lento, casi mecánico, pero con una precisión que solo el tiempo puede dar. Fernanda se agarró del pelo de él, no para obligarlo, sino para sentirlo, para saber que era real.

—Sí… así… —murmuraba—. Mámame como si fuera lo único que te queda.

Él le respondió con un grito ahogado, con la lengua rozando su clítoris con fuerza, sin soltarla, sin pausas. Fernanda se arqueó, perdida en la sensación, sintiendo cómo se deshacía, cómo se desbordaba, cómo se dejaba llevar sin miedo.

—Andrés… —dijo esta vez con voz temblorosa—. Me voy.

Él la sostuvo más fuerte y la besó con todo lo que tenía.

Y cuando ella llegó, fue como un trueno callado: todo su cuerpo se estremeció, sus piernas se temblaban, y sus ojos se cerraron como si estuviera rezando.

—Hija… —dijo él, sin soltarla—. Te quiero tanto.

Fernanda abrió los ojos y lo miró.

—Yo también.

—¿Qué más quieres?

Ella se bajó de la encimera, tomó su taza de café y se la acercó a los labios.

—Quiero que me mires como cuando te lo mamas.

Él la tomó de la nuca y la besó de nuevo, más profundo, con la lengua, con su boca, con todo lo que tenía.

—Te miro. Siempre te miro.

Fernanda se apartó un poco, sonriendo.

—Entonces… ¿me haces el amor?

—Sí.

—¿Aquí?

—¿Te molesta la cocina?

—No. Me encanta.

—Entonces sí.

Andrés se quitó la camisa mojada, dejando al descubierto su pecho ancho, sus brazos fuertes, su vientre plano. Se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera. Fernanda lo miró, sentada ahora sobre una silla, con las piernas cruzadas, con el vestido aún en las caderas, con los pechos al aire, con la mirada clavada en él.

—¿Te gustan mis mamas? —preguntó ella, con ese tono de risa que no era burla, sino confianza.

—Me gustan más las que te salen cuando me mamas.

Ella se rió, bajando los ojos.

—Viejo.

—Hijo, tú me haces viejo. Pero me haces sentir joven.

Él se acercó, se puso entre sus piernas, le separó los muslos con las rodillas, y le acarició el interior de los muslos, subiendo poco a poco, hasta que rozó su entrañable.

—¿Te acuerdas la primera vez que te hice eso? —preguntó él, pasándole la punta del pito por los labios.

—Sí. Me hiciste sentir que era la única mujer del mundo.

—Y lo eres.

Él entró en ella, lento, con cuidado, como si estuviera dejando una semilla en su tierra. Fernanda exhaló un suspiro largo, sintiendo su tamaño, su calor, su forma.

—Estás tan hundida… —murmuró él—. Me tienes loco.

—Entonces mállame.

Él empezó a moverse, con la cadencia que ya conocía, con el ritmo que habían construido juntos. No era rápido, no era lento. Era justo.

Fernanda se agarró de sus hombros, sentía sus músculos tensos, su piel sudada, su respiración pesada.

—¿Te gusta así?

—Sí.

—¿Y así?

Ella gimió, con los ojos cerrados.

—Sí.

—¿Y así?

—¡Sí! —gritó—. ¡Dime que me quieres!

—¡Te quiero, hija! ¡Te quiero tanto!

Y entonces, él se detuvo, la tomó de la barbilla y la miró a los ojos.

—¿Me crees?

—Sí.

—Entonces ven conmigo.

Él la besó, fuerte, con todo lo que tenía, y se volvió a mover, más fuerte, más hondo. Fernanda se dejó llevar, sintiendo cómo se volvía a deshacer, cómo su cuerpo respondía, cómo su mente se vaciaba y solo quedaba el calor, el sonido, el olor de él.

—¡Andrés! —gritó—. ¡Voy!

Él la apretó contra su pecho, clavando las uñas en su espalda, y se dejó llevar detrás de ella.

Se quedaron así, abrazados, sin decir nada, con el sonido de la lluvia en la ventana y el olor a café y a sexo que flotaba en la cocina.

—¿Volvemos a por el postre? —preguntó él, con una sonrisa.

—Si te sobra el pito, sí.

Él se rió, la besó en la frente.

—Hermana, tú me tienes domado.

—Sí, domado. Pero nunca encerrado.

—Nunca.

Y así, con las manos entrelazadas y el corazón quieto por un momento, volvieron a mirarse, como si fueran dos personas que se habían encontrado después de mucho tiempo, pero que ya sabían que no iban a soltarse nunca más.

Porque el mejor sabor no era el del café.

Era el de estar juntos, sin prisa, sin miedo, sin máscaras.

El sabor de la verdad, hecha cuerpo, hecha deseo, hecha vida.

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