El sabor del café recién hecho
7 minEl sabor del café recién hecho
La casa de la abuela quedaba en el fondo del barrio, entre naranjos y una viga de madera que colgaba con el tiempo. Fernanda, con su falda plisada de algodón y los pies descalzos, subió los peldaños que crujían como hojas secas. Llamó tres veces, con el puño pequeño, porque no quería hacer ruido y despertar al perro. La puerta se abrió con un chasquido suave, y allí estaba Valeria: su hermana mayor, con el pelo recogido en un nudo torcido, la blusa abierta hasta el tercer botón, y una sonrisa que parecía tener un secreto guardado entre los dientes.
—Llegaste pronto —dijo Valeria, bajando la voz como si estuvieran en la iglesia—. El café ya hirvió.
Fernanda entró, dejando una bolsa de plástico con pan casero y mantequilla. La cocina estaba tibieza, con el olor a café y a panadería recién horneado. El sol entraba por la ventana de la ventana del fondo, pintando rayas doradas sobre el piso de cemento. Valeria movía la cadera con esa naturalidad que solo tienen quienes se sienten seguras en su propia piel.
—¿Te sirvo? —preguntó, acercándose con la tetera.
—Sí, pero rico, que no me despierte a papá —respondió Fernanda, poniéndose de pie para alcanzar la taza.
Valeria no respondió de inmediato. Se inclinó, con la tetera en la mano, y dejó que el líquido oscuro llenara la taza hasta el borde. Cuando直rrectificó la postura, su cuerpo rozó el de Fernanda: la curva de la espalda de Valeria contra el hombro de Fernanda, el aroma de su jabón de coco y el calor que emanaba de su piel. Fernanda sintió un temblor leve en los dedos.
—Está rico —dijo Valeria, probando su propio café—. Como el que hacía la abuela.
Fernanda no contestó. Tenía los ojos fijos en la mano de Valeria, que jugueteaba con el borde de su blusa. La tela se había levantado un poco por el movimiento, dejando entrever la curva de su estómago, su ombligo hundido y un rastro de vello oscuro que bajaba hacia el borde de sus pantalones cortos.
—¿Te acuerdas cuando jugábamos aquí, en el comedor? —dijo Valeria, sentándose frente a Fernanda—. Tú decías que yo era tu reina y tú mi guardiana.
—Y tú me decías que me ibas a dar un beso que me dejaba sin aire —respondió Fernanda, sonrojándose.
Valeria se levantó, sin prisa, y dio la vuelta a la mesa. Se puso detrás de Fernanda, apoyó las manos en los hombros, y empezó a masajear con los pulgares. Los dedos le rozaron el cuello, luego la nuca, y descendieron hasta la línea de la espalda, bajo la camiseta.
—Todavía hueles a jabón de lavanda —susurró—. Como cuando éramos niñas.
Fernanda cerró los ojos. El calor de las manos de Valeria se metía bajo la tela, rozando la curva de sus riñones. Sentía el pecho apretado, como si el aire se hubiera vuelto espeso. Valeria se inclinó, y su aliento cálido le acarició la oreja.
—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos solas así? —preguntó, con la voz arrastrada—. Antes de que te fueras a estudiar.
Fernanda asintió, apenas. Recordaba la noche del verano pasado, cuando Valeria había llegado temprano de trabajo, con la falda desabrochada y los ojos cansados. Se habían sentado en el sofá, una contra la otra, sin hablar, solo mirándose. Y luego… Valeria le había tocado la mano, le había entrelazado los dedos, y le había pedido permiso con una mirada que no necesitaba palabras.
—Pide lo que quieras —dijo Valeria, ahora con la boca a un centímetro de su cuello—. Aquí no hay nadie. Solo tú y yo.
Fernanda giró la cabeza, y sus labios rozaron los de Valeria. Fue breve, como una promesa no cumplida. Pero suficiente para que Valeria soltara un suspiro hondo, y se pegara más a ella.
—Quiero sentirte —dijo Fernanda, en voz baja—. Quiero que me toques como cuando éramos chiquitas, pero… así.
Valeria sonrió, y por primera vez, Fernanda notó que sus ojos tenían brillo de humedad.
—Entonces no te muevas —le dijo, y le desabrochó la camiseta con lentitud, cada botón un latido más lento.
Bajo la luz del sol, Fernanda se levantó, deslizó la camiseta por los hombros, y se quedó con el sujetador de encaje blanco, el mismo que le había regalado Valeria el año anterior. Valeria se quitó la blusa sin prisa, dejando al descubierto el corset de encaje negro que usaba debajo, ajustado al pecho redondo y firme.
—Eres hermosa —dijo Valeria, pasando las manos por su cintura—. Más hermosa de lo que te imaginas.
Se acercaron al sofá, donde antes jugaban con muñecas. Valeria se sentó primero, con las piernas abiertas, y tiró suavemente de la mano de Fernanda hasta que esta se acomodó entre ellas. La mano de Valeria subió por su muslo, por debajo de la falda, hasta rozar la parte superior de la tanga de algodón.
—¿Estás mojada? —preguntó Valeria, con una sonrisa traviesa.
—Sí —confesó Fernanda—. Pero no por esto. Porque eres tú.
Valeria le besó la frente, luego la nariz, y finalmente la boca. Fue un beso lento, dulce, con sabor a café y a promesas. Luego, bajó la mano por su vientre, hasta el borde del tanga, y deslizó dos dedos dentro, con una presión suave.
—Estás caliente —dijo Valeria—. Como el café recién hecho.
Fernanda gimió, apenas. No quería hacer ruido, pero no podía evitarlo. Valeria siguió moviendo los dedos con lentitud, mientras le mordía el lóbulo de la oreja y le acariciaba el clítoris con el pulgar.
—Quiero verte así, deshecha —susurró—. Quiero verte venir con mis manos, con mi boca.
Fernanda se inclinó hacia adelante, agarró la mano de Valeria y la llevó a su pecho. Le rozó el pezón con la yema de los dedos, y sintió cómo Valeria jadeaba.
—Y ahora… —dijo Fernanda—. Quiero mamar.
Valeria se quitó el corset con un movimiento rápido. Se inclinó hacia adelante, puso una mano detrás de la nuca de Fernanda, y guio su rostro hacia su pecho. Fernanda tomó uno de los pechos entre sus labios, lo succionó con suavidad, moviendo la lengua en círculos alrededor del pezón. Valeria soltó un gemido ahogado, y le apartó el pelo de la frente con la mano temblorosa.
—Eres mía —dijo Valeria—. Siempre has sido mía.
Fernanda subió la falda, se quitó el tanga, y se sentó sobre las piernas de Valeria. Se alineó con ella, con el borde de su entrepierna rozando el clítoris hinchado de Valeria. Se inclinó, besó su cuello, y le mordió suavemente la piel.
—Estoy lista —dijo Fernanda.
Valeria le abrió las piernas con la mano, y la empujó hacia adentro con un movimiento lento, pausado, como si cada centímetro fuera un recuerdo. Fernanda cerró los ojos, sintió el calor, el apretón, el peso de Valeria dentro de ella. Se movió con cuidado, con la boca pegada al cuello de su hermana, mordisqueando, lamiendo, respirando su olor.
—Más fuerte —pidió Valeria—. Quiero sentir que me perteneces.
Fernanda subió y bajó, con las uñas clavadas en los muslos de Valeria, con el pecho contra el de su hermana, con los labios rozando los suyos. Valeria le tomó la cara, la besó con fuerza, y le susurró al oído:
—Ven, Fernanda. Ven para mí.
Y Fernanda vino, con un gemido bajo, con los ojos cerrados, con el sabor a café en la lengua y el nombre de su hermana en los labios. Valeria la siguió unos segundos después, temblando, con la frente apoyada en su hombro.
Se quedaron abrazadas, sin hablar, con el sol ya bajando y el café frío sobre la mesa. Valeria le acarició el cabello, y le besó la frente.
—Hoy no fui tu reina —dijo—. Fui tu hermana.
—Y yo fui tu guardiana —respondió Fernanda—. Pero también tu mujer.
Y así, con las manos entrelazadas y el corazón latiendo al mismo ritmo
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