El Sabor del Café con Riel
10 minEl Sabor del Café con Riel
La primera vez que lo vi, estaba sirviéndole café a mi hermana menor —una chiquilla de veinticinco que aún no entiende que el mundo no gira en torno a sus ganas de dormir con quien le parezca bonito— y el tipo entró por la puerta de cristal esmerilado con esa postura de quien sabe que tiene lo que se merece. No era alto, pero tenía hombros anchos, espalda de hombre que lleva pesos sobre el alma y no se queja. Se quitó la chaqueta de lino gris y la colgó en el respaldo de la silla con un movimiento lento, deliberado, como si estuviera quitando una coraza.
Me llamó la atención que no usaba reloj. Que no miraba el teléfono. Que se sentó con las manos sobre la mesa, palmas hacia abajo, como si ya estuviera escuchando algo que yo aún no decía.
—Un café, por favor —dijo, voz ronca como el grano de arena que se mete entre los dientes cuando te ríes demasiado fuerte.
Mi hermana le sirvió. Yo, con el delantal aún puesto y la taza de por medio, lo observé beber. No con gula, ni con prisa. Lo hacía con atención, como si cada sorbo fuera un acercamiento a algo que ya conocía. Y sí, era guapo, claro que lo era, pero lo que me clavó la mirada fue la forma en que masticaba la palabra después de hablar, como si la dejara reposar en la lengua antes de tragarla.
—¿Te gusta el café fuerte? —le pregunté, y mi voz salió más grave de lo que pretendía.
Levantó los ojos. Azules. No de cielo. De hielo derretido. De algo que ya ha visto mucho y aún así se queda.
—Me gusta lo que me sirves —dijo—. Siempre y cuando no tenga miedo a lo que va a hacer después.
Mi hermana se rió. Yo no. Porque en esa frase había algo más que picardía: había un desafío. Una invitación disfrazada de desafío.
—Me llamo Valeria —dije—. Y este es *El Riel*, el café que mi papá fundó en 1987.
—Miguel —dijo. Y se levantó, dejando una moneda de cien pesos sobre la taza vacía—. Volveré.
Y se fue.
No volvió al día siguiente. Ni al otro. Pero a los tres días, a las 5:17 de la tarde, exacto, apareció de nuevo. Esta vez sin chaqueta. Con una camisa blanca que le quedaba bien, no demasiado ajustada, ni floja. Como si la ropa le hubiera nacido encima.
—Un café, por favor —dijo—. Y esta vez, si me sirves algo que me guste, te invito a una copa.
—¿Una copa? —repliqué, con la tetera humeante en la mano—. ¿A las cinco y diecisiete de la tarde?
—A las cinco y diecisiete de la tarde, cuando el sol ya no quema y el mundo se detiene un segundo —dijo—. Para que podamos hablar de lo que nos gusta sin que nadie nos juzgue.
Le serví el café. Lo miré beber. Esta vez no masticó la palabra. Solo asintió, lento.
—Está bien. Pero no es suficiente.
—¿No? —pregunté.
—No. Hoy me dices cuántos años tienes. Mañana me dices qué es lo que más te gusta de tu cuerpo. Y después… —pausa—. Después me dejas imaginar cómo sería besarte.
No me ruboricé. No soy de esas mujeres que se sonrojan con un cumplido. Pero sentí un calor en la nuca, una tensión en la base de la columna, como si algo empezara a despertar en mí que llevaba años durmiendo.
—Tengo cuarenta y dos —dije—. Y lo que más me gusta de mi cuerpo… —pausa—. Es lo que pasa cuando me tocan aquí —y toqué la base de mi cuello, justo donde late la vena—. Se me pone dura la piel. Se me acelera el pulso. Se me detiene el tiempo.
Miguel no sonrió. Solo asintió otra vez, más despacio.
—Entonces hoy te invito a una copa —dijo—. Mañana me dejas tocarte ahí.
Y así fue. Esa noche, en el bar de la esquina, con luces tenues y jazz de fondo, me contó que era arquitecto, que había diseñado el nuevo museo de arte contemporáneo, que le gustaba construir espacios donde la luz entrara por las grietas y se hiciera sentir.
—¿Y tú? —me preguntó—. ¿Qué construyes?
—Cafés. Puntos de encuentro. Lugares donde el tiempo se vuelve lento y el cuerpo, más presente.
—Entonces tú también eres arquitecta —dijo—. Solo que de emociones.
Bebió un trago de su vino tinto, y con el vaso en la mano, me pidió:
—Hazme el favor de sentarte más cerca.
No me lo ordenó. Me lo pidió. Como si supiera que yo era la única que decidía.
Me acerqué. Lo suficiente para sentir el calor de su pecho, para notar que su respiración no era tan pausada como él quería hacer creer.
—¿Te gusta el ron? —le pregunté.
—Depende. ¿Tienes uno que me haga sentir que ya no soy el hombre que entró aquí hace una hora?
—Sí —dije—. Pero tiene un precio.
—Dímelo.
—Que me cuentes algo que nadie más sepa.
Me miró fijamente. No con desconfianza, sino con curiosidad. Como si estuviera midiendo si valía la pena confiarme algo.
—Una vez —dijo—, estuve en un lugar donde no había luz. Siete días. Sin reloj. Sin teléfono. Sin nada. Solo yo, la oscuridad y un colchón en el suelo.
—¿Por qué?
—Porque me di cuenta de que cada vez que alguien me tocaba, yo me cerraba. No por miedo. Por costumbre. Porque creí que el cuerpo se acostumbra a ser dueño de sí mismo. Pero no es así. El cuerpo se acostumbra a ser controlado. Y yo quería saber si todavía podía dejarme ir.
—¿Lo lograste?
—No lo sé —dijo—. Pero hoy, al verte servir el café, sentí algo que no sentía desde entonces. Una tensión. Como si mi piel recordara cómo moverse sin pedir permiso.
Me acerqué más. Tan cerca que pude sentir el aliento en la mejilla.
—¿Y si te dijera que hoy, al verte entrar, sentí que mi cuerpo también recordaba cómo moverse?
—Entonces —dijo—, me dejarías llevarte a mi casa.
No respondí enseguida. Tomé un trago de mi vino. Lo dejé sobre la mesa. Y con la punta del dedo, dibujé una línea en su muñeca, justo donde late la vena.
—Sí —dije.
Fue una casa moderna, de concreto aparente y grandes ventanales. Pero lo que me llamó la atención no fue el diseño. Fue el olor. Café. Café fresco. Y algo más: madera de cedro, humedad de lluvia reciente, y un ligero perfume de sal.
—Lo hice esta mañana —dijo—. No sabía que vendrías, pero lo hice. Como cada día.
Me tomó de la mano y me guió hasta la cocina. Allí, sobre la encimera, una cafetera italiana humeaba suavemente. No era *El Riel*, pero me pareció igual de perfecta.
—¿Quieres un café? —me preguntó.
—No. Quiero que me desagarrues.
Y lo dije con la misma naturalidad con la que le dije su nombre. Porque en ese momento, en su casa, con su café humeando y su mirada clavada en la mía, ya no había dudas.
Me acercó a la encimera. No con fuerza. Con urgencia. Me puso las manos en la cintura y me jaló hacia él, hasta que sentí el calor de su cuerpo en mi vientre. Me incliné un poco hacia atrás y lo miré a los ojos.
—¿Tienes ganas de mí? —me preguntó.
—Tengo ganas de que me toques donde ya me duele.
—¿Dónde?
—Aquí —y puse su mano sobre mi cuello—. Y aquí —y la moví hacia abajo, hasta donde empieza el pecho—. Y aquí —y la llevé hasta la base de la espalda—. Y aquí —y la puse sobre su verga, ya dura contra mí—. Todo a la vez.
No me besó. Me lamía el cuello, con la lengua, lento, como si estuviera probando un sabor nuevo. Y cada vez que lo hacía, sentía cómo mi cuerpo se abría, como si cada poro se desbloqueara.
Me quitó la blusa. No con prisa. Con dedicación. Como si cada botón fuera un secreto que tenía que descifrar. Y cuando me quedé con el sujetador negro, de encaje, me miró como si fuera algo sagrado.
—Tus tetas están perfectas —dijo—. Pero lo que me tiene loco es cómo se ponen rígidas cuando te toco aquí —y pasó el pulgar por mi pezón—. Como si tuvieran vida propia.
Me incliné hacia adelante y puse su mano sobre mi culo. Apretado. Firme. Como una naranja madura.
—Y esto —dije—. Esto es lo que te va a hacer perder la cabeza cuando lo sientas dentro de ti.
Me besó entonces. Por primera vez. Y no fue dulce. Fue húmedo, profundo, con lengua y dientes y saliva. Como si nos estuviéramos comiendo.
Me levantó de la encimera y me llevó al cuarto. No a la cama. Al piso. Al suelo de madera. Me sentó sobre mis rodillas y me quitó los pantalones. Me dejó solo con la falda subida hasta las caderas y el calzón húmedo.
—¿Te gusta que te mire así? —me preguntó.
—Sí —dije—. Pero quiero que me toques sin verme.
Me dió la vuelta. Me puso de rodillas. Me jaló el calzón hacia un lado y con la punta de los dedos, me abrió. Me metió un dedo. Lento. Tan lento que sentí cada milímetro.
—Estás húmeda —dijo—. Pero no por mí. Porque ya me has estado esperando.
—Sí —dije—. Porque ya te he estado esperando.
Me metió un segundo dedo. Y luego un tercero. Y mientras me abría, me lamía el culo, con la lengua, lento, como si estuviera probando un sabor nuevo.
—¿Quieres que te meta la verga? —me preguntó.
—Sí —dije—. Pero no aquí. Quiero que me la metas en la boca primero.
Me volvió a dar la vuelta. Me puso una mano en la nuca y me jaló hacia él. Me puso su verga en la boca. No me dió tiempo a abrir. Me la metió hasta la base. Y yo la agarré con las manos, con la lengua, con la garganta, como si fuera un pan recién horneado.
Se retorcía. Respiraba más fuerte. Y cuando sentí que estaba a punto de correrse, me sacó de golpe y me puso en cuclillas frente a él.
—Ahora —dijo—. Quiero que me jales de los huevos y me metas la lengua en la polla.
Lo hice. Y cuando lo hice, sentí cómo su cuerpo se estremecía. Cómo su respiración se volvía entrecortada. Cómo sus manos me agarraban del pelo, no con fuerza, sino con urgencia.
—Valeria —dijo—. Estoy a punto.
—No te corras —dije—. Quiero sentir tu verga dentro de mí.
Me levantó, me puso sobre la cama, y se posicionó entre mis piernas. Me abrió las rodillas con las manos y me metió la verga. Lento. Tan lento que sentí cada milímetro. Me dió tiempo a acostumbrarme. A sentir su tamaño, su calor, su textura.
—Estás apretada —dijo—. Como si me estuvieras mordiendo.
—Sí —dije—. Porque no quiero que te sueltes.
Me empezó a correr. Lento. Lento. Lento. Y cada vez que se metía, me daba un beso en el cuello. Y cada vez que salía, me lamía la oreja.
—¿Te gusta? —me preguntó.
—Sí —dije—. Pero quiero que me corras dentro.
—¿Estás segura?
—Sí —dije—. Porque ya no tengo miedo.
Y cuando se corrió, sentí cómo su cuerpo se tensaba. Cómo su respiración se volvía entrecortada. Cómo su polla palpitaba dentro de mí, como si fuera un corazón.
Me abrazó después. Me acurrucó contra su pecho. Y me acarició el cabello.
—¿Por qué hoy? —me preguntó.
—Porque hoy no tuve miedo —dije—. Porque hoy me dejé ir.
—¿Y mañana?
—Mañana te invito yo a una copa. Y te digo algo que nadie más sepa. Y después… —pausa—. Después me dejas tocarte ahí.
Y así fue. Porque en ese cuarto, con el café frío en la cocina y el sol ya saliendo por la ventana, supe que no era un encuentro casual. Era una Elección. Y yo, Valeria Storm, no me equivoco nunca cuando el cuerpo me habla.
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