El Sabor del Agua en la Piel

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 4.0 (23) · 90 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas de la casa de Barrio Norte, un estruendo seco que ahogaba el silencio de las nueve de la noche. Lucía ya no esperaba que llegara, pero él llegó igual: mojado, con el pelo pegado a la frente, la camisa transparente y el pecho subiendo y bajando con el esfuerzo del camino.

—¿Viste cómo me dejaste sola? —dijo ella, sin moverse del sofá, los pies descalzos bajo el cuerpo, los ojos fijos en su cuerpo empapado.

—Me atormentaste con el mensaje de “no te muevas” —respondió él, acercándose, el aire frío de afuera pegado a su piel—. Pero vos sabés que nunca respeto eso.

Ella sonrió, lenta, y le tendió la mano. Él se sentó a su lado, aún con las botas puestas, y ella se puso de cuclillas frente a él, sin soltar su mano. Con los dedos, desabrochó uno por uno los botones de la camisa, dejando al descubierto el pecho, los pezones endurecidos por el frío y la expectativa.

—Decime qué querés —susurró ella, inclinándose para morderle suavemente el lóbulo de la oreja—. ¿Querés que te quite la ropa? ¿Querés que te haga cosas hasta que te olvides de tu nombre?

Él no respondió con palabras. Solo la tiró suavemente hacia atrás sobre el sofá, se subió encima, y le separó las piernas con una rodilla. Ella gimió antes de que él le besara el cuello, la garganta, la curva de la clavícula, hasta llegar a los pechos. Le chupó un pezón, lo lamía con lentitud, lo mordía con cuidado, y ella arqueó la espalda, empujando su pecho hacia su boca.

—Dame más —murmuró, agarrándole el pelo con fuerza—. Quiero sentir tu lengua en la concha.

Él se levantó un poco, le subió la remera, le sacó el sostén con un gesto rápido y se inclinó sobre su torso. Con la nariz, le rozó el estómago, y con los dedos, le abrió los labios de la vulva. La encontró mojada, caliente, con el clítoris ya hinchado y brillante.

—Mirá cómo te gusta —dijo él, frotando el dedo índice en círculos sobre su clítoris—. Ya está pidiendo más.

Ella gemía, jadeaba, y con la otra mano se metió dos dedos en la vagina, moviéndolos con ritmo, buscando la pared del fondo. Él le agregó el segundo dedo, y luego el tercero, hundiéndolos hasta la muñeca mientras su pulgar seguía trabajando el clítoris. Ella gritó, se estremeció, y el líquido le corrió por los muslos.

—Ahora —dijo ella, empujando su propia mano para que él sacara los dedos y se pusiera frente a su cara—. Quiero sentir tu pija en la boca.

Él no dudó. Se desabrochó el pantalón, sacó el pene ya duro, grueso, con la punta húmeda y roja. Ella lo tomó con ambas manos, lo frotó contra sus labios, lo lamió de abajo hacia arriba, y lo metió en la boca con un movimiento seguro. Él se inclinó hacia atrás, agarrándose del respaldo del sofá, y dejó que ella lo chupara, con profundidad, con ritmo, hasta que no pudo más y la sacó.

—Tenés que entrar —dijo ella, tirando de su mano para que se acomodara entre sus piernas—. Ya no aguanto.

Él se puso encima, alineó su verga con su entrada, y la empujó adentro con un movimiento lento, firme. Ella soltó un grito ahogado, sintiendo su grosor, su calor, la tensión de su cuerpo al sentirlo llenándola por completo.

—Sí —murmuró él, con la frente pegada a la suya—. Concha mía… vos sabés cómo me haces falta.

Empezó a moverse, con estocadas profundas, cada una arrancándole un gemido a ella, cada vez más agudo, más desesperado. Ella le agarró las nalgas, lo jalaba hacia sí, buscando que la golpeara más fuerte, que le rompiera el cuerpo con el calor de su pene.

—¡Garchame, imbécil! ¡Quiero sentir que me usás! —gritó ella, con la voz rota por el deseo.

Él la agarró por la cintura, la levantó un poco y la bajó con fuerza sobre su verga, una y otra vez, hasta que ella se vino, gritando su nombre, el cuerpo temblando, la concha apretando su pene como un puño húmedo y cálido. Él la siguió al instante, embistiéndola una última vez, y soltando dentro de ella, espesamente, con un grito gutural.

La lluvia seguía cayendo afuera, pero dentro, solo quedaba el eco de sus respiraciones, el sabor salado de la piel, y el peso de su cuerpo sobre ella, aún dentro, aún conectados, aún juntos.

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