El sabor de la sangre que nos une
8 minEl sabor de la sangre que nos une
Yo nunca pensé que un abrazo pudiera convertirse en una traición. Ni siquiera cuando lo sentí —cuando sus brazos me rodearon después de la lluvia, cuando su pecho se pegó al mío como si el mundo se hubiera derrumbado y solo quedáramos nosotros dos, sudorosos, temblorosos, vivos—, nunca creí que ese abrazo fuera el principio de algo que me comería por dentro y me reconstruiría por fuera.
Era viernes. La casa de mi papá, en El Poblado, olía a café recién hecho, a madera vieja y a su colonia de siempre: Vetiver & Sandalwood. Él no usaba perfume fuerte, nunca lo hizo. Solo ese, suave, como un recuerdo que no quieres olvidar. Yo llegué con la ropa mojada del aguacero que cayó sin avisar. Me quité la camisa, dejé el pantalón en el suelo del baño, y me envolví en la toalla grande que él siempre deja colgada detrás de la puerta. La misma que usaba cuando era niña, cuando él me bañaba después de los baños en la piscina. Esa toalla ya no me cabía. Pero la usaba igual.
Salí con la toalla enrollada en la cintura, los pies descalzos sobre el mármol frío. Él estaba en la cocina, con la camisa blanca abierta hasta el ombligo, los pantalones de lino sueltos, los pies descalzos también. No me miró de inmediato. Solo se volvió cuando me escuchó respirar.
—¿Te helaste?
—No, papá. Solo me mojé.
Se acercó. Sin decir nada. Me tomó la barbilla con la yema del pulgar, como cuando tenía diez años y me besaba la frente antes de dormir. Pero esta vez, sus ojos no estaban llenos de cariño paternal. Estaban llenos de otra cosa. De algo que no había estado allí antes. Algo que me hizo temblar de dentro hacia afuera.
—Tienes los pechos mojados —dijo, y su voz no era la de mi papá. Era más grave, más lenta, como si cada palabra la estuviera masticando antes de soltarla.
Bajé la mirada. La toalla se había deslizado un poco. El pezón derecho, frío y duro, se marcaba bajo la tela. No me cubrí. No me moví.
—Sí —respondí, y mi voz sonó como si la hubiera sacado de un pozo.
Me tomó la mano. Me llevó hasta el sofá. No me soltó. Me sentó entre sus piernas, con la espalda pegada a su pecho. Su brazo derecho se deslizó por mi cintura, hasta mi abdomen. Su mano, grande, callosa de años de trabajar el campo y ahora de firmar contratos, se posó sobre mi vientre. Y allí se quedó. Caliente. Pesada. Viva.
—¿Te acuerdas cuando te enseñé a hacer arepas? —preguntó, y su aliento me rozaba el cuello.
—Sí.
—Tú decías que la masa tenía que estar como la piel de una mujer.
—Y tú me decías que no había mujer que tuviera la masa tan suave como la mía.
Se rió. Bajo. Profundo. Una risa que no era de alegría, sino de reconocimiento.
—Eso era porque tú eras la única que sabía hacerlas bien.
Su mano subió. Lentamente. Como si cada centímetro fuera un territorio que no quería invadir, sino explorar. Llegó a mi pecho. No apretó. Solo acarició. Con la palma, con los dedos, con una ternura que dolía más que un golpe. Me estremecí. No por miedo. Por algo más antiguo. Más profundo. Como si mi cuerpo recordara algo que mi mente había enterrado.
—Estás mojada —susurró.
No respondí. No pude. Estaba paralizada. No por el miedo. Por la certeza.
Y entonces, con la otra mano, me deslizó la toalla por las caderas. La dejó caer al suelo. Sin mirarla. Sin romper el contacto. Su boca se acercó a mi oreja.
—¿Te acuerdas cuando me pediste que te besara la nuca, ese día que te dijeron que no pasaste el examen?
—Sí.
—Y yo lo hice. Y tú te quedaste quieta. Como si supieras que era más que un beso.
—Sí.
—Y hoy, ¿también sabes que esto es más que un abrazo?
Asentí. Con la cabeza. Con el cuerpo. Con el corazón.
Su boca se deslizó por mi cuello, hasta mi clavícula. Luego, con los labios, bajó hasta mi pecho. No se apresuró. No se precipitó. Como si cada latido mío fuera una nota de una canción que él conocía desde antes de nacer. Cuando su lengua rozó mi pezón, grité. No por sorpresa. Por reconocimiento. Porque era exactamente como lo recordaba: la misma presión, el mismo sabor, la misma manera de morder sin morder. Como si lo hubiera hecho mil veces antes.
—Papá… —susurré.
—No digas eso ahora —respondió, y su voz era un río bajo la tierra—. Di mi nombre.
—Jorge.
—Sí. Jorge.
Y entonces me volvió. Con cuidado. Con respeto. Con una ternura que me hizo llorar. Me puso sobre sus piernas, sentada, con las rodillas abiertas. Me miró a los ojos. Sus ojos, que siempre me habían visto crecer, ahora me veían como una mujer. Como su mujer. Como la mujer que llevaba su sangre, su nombre, su alma.
Me besó. No como un padre. No como un hombre. Como un hombre que ama a una mujer que nació de su cuerpo. Como un hombre que ha amado a esa mujer desde antes de que ella supiera que existía.
Su lengua entró en mi boca. Lenta. Profunda. Como si estuviera bebiendo de mí. Me mordió el labio inferior. No con fuerza. Con necesidad. Y yo lo devolví. Lo mordí también. Y él sonrió. Esa sonrisa que solo me daba cuando era niña y ganaba en el fútbol.
Se levantó. Me tomó de la mano. Me llevó al dormitorio. No encendió la luz. Solo la lamparita de noche, la que siempre ha estado ahí, con su luz amarilla como mi infancia. Me acostó sobre la cama. Se quitó la camisa. Me mostró su pecho. El mismo pecho que me abrazó cuando tenía fiebre. El mismo pecho que me contó historias de guerreros y ríos.
Bajó despacio. Con los labios. Con la lengua. Con los dientes. Recorrió mi abdomen, mis caderas, mis muslos. Me separó las piernas con las manos. No con fuerza. Con reverencia. Y entonces, cuando su boca se posó sobre mí, no grité. No me moví. Solo me rendí.
Su lengua era un río que conocía cada curva, cada pliegue, cada secreto. Me lamía como si fuera la primera vez. Como si no hubiera visto mi cuerpo antes. Como si no supiera que yo lo había tocado en la oscuridad, en la soledad, en los sueños donde él era siempre mi padre… y siempre mi amante.
Me mamar. No con prisa. Con paciencia. Con un ritmo que me hacía subir y bajar como una ola. Me mamar hasta que mis piernas se cerraron sobre su cabeza. Hasta que mis uñas se hundieron en su cabello. Hasta que mi cuerpo se deshizo en un gemido que no era mío, sino de la sangre que nos une.
Cuando se levantó, tenía mi humedad en los labios. Se los lamió. Lento. Como si fuera el mejor manjar del mundo. Y luego, me miró.
—¿Quieres que te meta el pito?
Asentí. Con la cabeza. Con el alma.
Se quitó los pantalones. Su pene apareció, grueso, erecto, con la vena marcada como una línea de sangre. No lo tocó. Solo lo sostuvo, como si fuera un objeto sagrado. Se acercó. Se posó sobre mí. Me miró a los ojos.
—Dime que quieres.
—Quiero.
—Dime que es mío.
—Es tuyo.
—Dime que no hay nada malo en esto.
—No hay nada malo.
Y entonces entró. Lentamente. Como si estuviera entrando en un templo. Como si cada centímetro fuera un juramento. Me llenó. Me abrió. Me rompió. Y me reconstruyó.
No grité. No lloré. Solo lo miré. Y él me miró. Y en ese silencio, en ese mirarse, en ese sentirse, entendí que nunca había sido un pecado. Que nunca había sido un error. Que era lo que siempre había estado esperando.
Se movió. Con calma. Con profundidad. Con un ritmo que no era de sexo, sino de memoria. Cada empuje era un recuerdo. Cada gemido, una confesión. Cada vez que se detenía para mirarme, yo le sonreía. Porque él era mi padre. Y yo era su hija. Y eso no nos hacía menos. Nos hacía más.
Me tocó los pechos. Me apretó los pezones. Me chupó el cuello. Me mordió la oreja. Y cuando sentí que me venía, no grité. Solo susurré:
—Jorge… te amo.
Él se detuvo. Se quedó dentro de mí. Con los ojos llenos de lágrimas. Y me besó. Con los labios. Con el alma. Con la boca que me enseñó a decir “papá” por primera vez.
—Yo también te amo, mija —susurró—. Siempre te he amado.
Y entonces, con un último empuje, se derramó dentro de mí. Lento. Profundo. Como si estuviera sembrando algo que nunca se marchitaría.
Cuando se retiró, se acostó a mi lado. Me abrazó. Me puso la cabeza sobre su pecho. Y allí, en la oscuridad, con el sudor seco en nuestra piel, con el olor de nuestra unión en el aire, me susurró:
—Mañana haremos arepas.
Y yo le respondí:
—Sí, papá.
—No. —me corrigió, y su voz era un abrazo—. Di mi nombre.
—Jorge.
—Sí. Jorge.
Y así, entre el olor del café y el sabor de la sangre que nos une, me dormí en sus brazos, sabiendo que ya no era su hija.
Era su mujer.
Y él, mi hombre.
Y eso, en esta casa, en esta ciudad, en este país, no era pecado.
Era destino.
¿Qué tanto te calentó?
El poder es el mejor afrodisíaco. Lujo, control y juegos donde yo pongo las reglas. Pasen, si se atreven.