El Sabor de la Sal y el Cacao

El Sabor de la Sal y el Cacao

@tomas_leon ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

Me lo encontré en la cocina de mi casa, con las manos manchadas de harina y una sonrisa que me hizo palpitación rápida. Él no vivía allí, pero era mi compañera de trabajo en el taller de cerámica, y cada vez que entraba al taller sentía un calor distinto en la ingle. Me llamaba Mateo, era de Colombia, moreno oscuro, musculosos, con un tatuaje de una serpiente enrollada en el antebrazo izquierdo. Yo, blanco, de piel clara y cabello castaño descolorido por el sol. Él decía que me veía como “el tipo de hombre que se gana con una sonrisa y una cerveza fría”, pero yo sabía que algo más pasaba cuando me miraba, cuando sus ojos se fijaban en mis manos, en mi cuello, en la curva de mi espalda mientras me inclinaba para alinear una pieza en el torno.

Esa tarde, mientras lavaba las herramientas, se acercó detrás de mí. Sentí su aliento en mi nuca, caliente, húmedo. “Tienes sal en el cuello”, dijo, voz grave como el trueno lejano. No me giré. Él me tocó la nuca con un dedo, lento, y se lo llevó a la boca. Lo vi tragar. “Sabe bien”, susurró. Entonces yo me giré, lo miré fijo, y le dije: “¿Quieres probar otra cosa?”.

No respondió con palabras. Me tomó de la nuca, me atrajo hacia él y me besó. No fue un beso tierno. Fue húmedo, profundo, con lengua que me arrancaba un gemido que no sabía que tenía. Su barba me raspaba la mandíbula, su pecho era una pared de calor contra mi pecho. Me apretó contra él y sentí su pene duro, grueso, presionándome en el bajo vientre. Me separé un poco, lo miré a los ojos y le dije: “Quiero verte desnudo. Ahora”.

Lo guiamos al cuarto de huéspedes —nunca dormía ahí— y lo dejé solo un segundo para cerrar la puerta. Cuando volví, él ya se había quitado la camiseta y los pantalones. Estaba en pelotas, erguido, con el pene colgando pesado y oscuro, la cabeza ancha, húmeda ya de preseminal. Me acerqué, lo toqué con la mano derecha, y sentí cómo vibraba al contacto. Lo miré a los ojos mientras lo frotaba desde la base hasta la punta, con lentitud. “Tienes una polla hermosa”, le dije. Él soltó un gruñido y me agarró la cintura.

Me desabotonó los pantalones, me los bajó junto con la ropa interior, y me agarró las nalgas con ambas manos, me las apretó, me las masajeó. Luego se arrodilló. No me pidió permiso, no necesitaba hacerlo. Me abrió las piernas con las rodillas y se metió la lengua dentro de la boca del recto. Me estremecí. Me agarré del marco de la cama. “Sí… sí…”, susurré. Y luego, sin pausa, me lo metió dos veces, con la lengua, profundamente, mientras con una mano me acariciaba el pene, con ritmo, con firmeza.

Se levantó, me dio la vuelta, me puso la frente contra la pared y me abrió las nalgas con las manos. Me lubricó el ano con su propia saliva, la misma que usó para lamerme, y me metió un dedo. Luego dos. Me estiraba, me relajaba, lo miraba por encima del hombro y le decía: “Más”. Cuando estuvo listo, se posicionó detrás, me agarró las caderas con fuerza y me entró de golpe. Me llenó. Me partió en dos. Sentí su pene gigante, grueso, empujando hasta el fondo, rozando mi próstata. Grité. Él se quedó quieto, pegado a mí, con su aliento en mi cuello. “Tú me quieres así, ¿verdad?”, me preguntó. Le dije que sí con la cabeza, que sí, que quería sentirlo todo.

Empezó a moverse. Lento al principio, para que me acostumbrara, pero pronto fue un embestir constante, brutal. Yo me daba cuenta de que no duraría mucho, pero no me importaba. Él me agarró el pene de nuevo y me lo apretó con la mano mientras me correría. Me corrió dentro, profundo, con un grito que salió de las entrañas, y yo le seguí, con la cara pegada a la pared, las piernas temblando, el culo apretado contra su vientre sudado. Me corrimos juntos, él dentro de mí, sus dedos clavados en mis muslos.

Cuando todo terminó, se derritió sobre mí, con el pene aún dentro, y me besó la nuca. “Eres mío”, me dijo. Le dije que no, que no era de nadie. Pero sabíamos que no era cierto.

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