El sabor de la espera
7 minEl sabor de la espera
El sol se metía despacio por la ventana del cuarto, dejando una estela dorada sobre el colchón deshecho, las sábanas blancas enrolladas alrededor de los pies de la cama, como si hubiera habido antes una batalla dulce y silenciosa. En la cama, con la espalda descansando contra el pecho de su hombre, Laura movía lentamente los dedos sobre su pecho, trazando círculos pequeños en la piel que ya conocía hasta el último poro.
—¿Todavía no te cansaste de mirarme? —le preguntó él, voz ronca, como si cada palabra saliera arrastrada por una lengua dormida.
—Yo no te miro —respondió ella, sin dejar de hacerlo—. Te *siento*. Como el café cuando aún no está listo, pero ya huele a casa.
Daniel se giró un poco, poniendo su mano sobre la de ella, entrelazando los dedos. Lo hacía siempre así: como si la vida fuera un río y ella fuera la piedra que lo detiene, lo hace girar, lo hace callar un segundo antes de seguir. Él era alto, de hombros anchos, piel oscura con la sudoración seca que aún pegaba camisetas y sábanas. Ella, más pequeña, con caderas que parecían hechas para encajar con sus manos, con su cuerpo, con su tiempo.
—Hoy no es como los otros días —dijo él, pasando la uña por la muñeca de ella, un gesto que siempre la hacía estremecer.
—No —asintió Laura—. Hoy te estás quedando más rato. Hoy no hay prisa por volver al mundo.
Él sonrió, lento, de lado, como si le gustara guardar esa sonrisa solo para ella. La miró a los ojos, y por un instante, pareció que el tiempo se detuvo. El aire se volvió más espeso, cargado de algo que ya sabían pero que siempre volvía a sorprenderlos: la certeza de que aún se deseaban, no por costumbre, sino por elección diaria.
—¿Te acuerdas de cuando vivíamos en esa habitación del centro, con ese colchón que se hundía por la mitad y el vecino del lado que tocaba la guitarra toda la noche?
—Claro que me acuerdo —rio ella, bajando un poco la voz—. Y tú, que apenas teatabas el pito, te levantabas a las tres de la madrugada y me decías: “Mami, que si ya me la comes o qué”.
—Era verdad —admitió él, acercándose—. Te comía como si fuera el primer café del día. Y el último.
Laura se giró de golpe, poniéndose sobre él, con las rodillas a los lados de su cintura. Lo miró fijo, sin apartar la mirada, y con una mano le agarró la barbilla, obligándolo a mirarla.
—Hoy no voy a comerte —dijo, voz baja, dulce, como miel derretida—. Hoy voy a saborearte.
Daniel exhaló, lento, como si ya supiera lo que venía. No dijo nada. Solo asintió, y con la mano que aún tenía libre le acarició el muslo, subiendo despacio, hasta que rozó el borde delshort que aún llevaba puesto.
—Despacio, papi —dijo ella, besándole la frente—. Que el tiempo hoy es de los que se dejan convencer.
Se quitó elshort con una sola mano, tirando de la tela con calma, dejando al descubierto su cuerpo, ese cuerpo que ya no era de juventud ni de apuro, sino de confianza. Pecho firmes, vientre plano con una suave curva en el ombligo, muslos que se estrechaban hasta desaparecer en la curva de sus caderas, todo cubierto por una piel que brillaba con el calor del cuarto y el de su cuerpo.
—Mira cómo te miro —le susurró Daniel, ya con el pito tieso, palpitando contra su vientre.
Laura no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en su pecho, y con la lengua rozó la punta de su pezón, una y otra vez, hasta que él soltó un quejido ahogado.
—Ahí no —murmuró él—. Ahí me matas.
Ella se rió, su risa baja, sensual, de esas que solo se usan en la cama, en la oscuridad, en la intimidad. Bajó un poco más, besando su pecho, el estómago, el ombligo… y cuando llegó al borde de su pantalón, le hizo señas con los ojos para que lo bajara.
—Tú me lo quitas, papi —dijo—. Que ya me tienes loca.
Daniel no se hizo rogar. Con un movimiento suave, bajó el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas, dejando al descubierto su pito, grueso, bien formado, con la punta húmeda y brillante. Ella lo miró como quien mira una obra de arte que ya conoce de memoria pero que cada vez parece más hermoso.
—Qué chimba de pito tienes —dijo, y le dio un beso en la punta, lento, saboreando el sabor de él, esa mezcla de sal y calma.
Daniel respiró hondo, cerró los ojos, y esta vez no contuvo el gemido. Le acarició el pelo, suave, mientras ella le mataba con la boca. Primero lo lamía todo: la cabeza, el glande, el prepucio, y luego, con una succión suave, lo metía poco a poco, hasta el fondo, hasta que sus dedos se hundieron en su cuelllo, sin fuerza, solo para saborear la profundidad.
—Mami… —murmuró él—. Que ya me vas a hacer explotar.
—No —respondió ella, sacándolo con un chupetón—. Hoy no explotas. Hoy lo hacemos lento, como el río que no se apura.
Se levantó, poniéndose de rodillas frente a él, y con las manos le abrió las piernas, dejándolo completamente expuesto. Bajó la cabeza, lentamente, y rozó su clítoris con la punta de la lengua. Daniel jadeó, arqueó la espalda, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que el deseo no era un impulso, sino un acto de amor.
—Me lo comes, ¿no? —le preguntó, voz rota.
—Sí —respondió ella—. Como siempre. Como si fuera lo único que me falta.
Y así lo hizo. Lo lamía con delicadeza, rozando su entrada, presionando su clítoris con el pulgar, moviendo los dedos dentro de ella, lento, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y Laura no tardó mucho. En menos de cinco minutos, su cuerpo se estremeció, sus musculos se tensaron, y un gemido agudo salió de su garganta, seguido de otro, y otro, hasta que su cuerpo se desplomó sobre el pecho de él, sudorosa, temblando.
—Estoy llena —susurró—. Como siempre que estás cerca.
Daniel la abrazó, la apretó contra su pecho, y sin decir nada, la volvió a girar, poniéndola sobre su espalda. Se levantó, tomó el condón de la mesita de noche, se lo puso con cuidado, y se posicionó entre sus piernas.
—¿Me dejas entrar? —le preguntó, voz grave.
—Ya estás dentro —respondió ella, mirándolo con esas pupilas que nunca se apagan.
Y así entró. Lento, con calma, hasta el fondo, hasta que sus cuerpos se tocaron, hasta que el calor de él se mezcló con el de ella. Laura puso las manos en sus glúteos, lo atrajo hacia sí, y Daniel empezó a moverse, con una cadencia que solo ellos conocían: fuerte, pero no brusco; lento, pero sin pausa.
—Mami… —dijo él, cada vez más cerca—. Que ya no aguanto.
—Entonces no aguantes —respondió ella—. Que hoy no hay castigos. Hoy solo hay cuerpo y aliento y sudor.
Daniel se inclinó, besándole el cuello, mordiéndole suavemente el hombro, y con una mano le acarició el clítoris, presionando con el pulgar, justo donde lo necesitaba. Laura se cerró alrededor de él, apretó los dientes, y con un último empuje, se vino otra vez, esta vez con un grito que se perdió en el silencio del cuarto.
Daniel no tardó mucho. Se desbordó dentro de ella, con una fuerza que lo sorprendió hasta a él, con un gemido que sonó como una oración, como una promesa.
Se quedaron quietos un rato, con él dentro de ella, con sus corazones latiendo a la misma velocidad, con el sudor pegando sus cuerpos. Entonces, él se retiró despacio, se acostó a su lado, y la tomó en sus brazos.
—Hoy me sentí nuevo —dijo él.
—Yo también —respondió ella, besándole el pecho.
—Entonces mañana lo hacemos otra vez —dijo él.
—Claro que sí —respondió ella—. Pero la próxima vez, te mato primero.
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