El sábado que mi vecina madura me cogió en el ascensor
7 minEl sábado que mi vecina madura me cogió en el ascensor
La primera vez que vi a Valeria en persona —no solo en su balcón de fourth floor con ese vestido de seda color vino que dejaba entrever una cintura fina y piernas que no envejecían—, pensaba que era solo una vecina más: elegante, silenciosa, con esa mirada que parecía saber más de lo que decía. Tenía cuarenta y nueve años, me diría después, cuando me pidió subir a su departamento a ayudarla a bajar una caja de libros viejos del sótano. Yo, Lucas, veinticuatro, estudiante de arquitectura, trabajaba medio tiempo en el edificio como supervisor de mantenimiento temporal. Me había asignado esa tarea: “Revisar el ascensor y limpiar el motor del generador en el sótano”. Pero cuando sonó su timbre, con una sonrisa que le curvaba las comisuras de los labios como si ya supiera lo que iba a pasar, olvidé casi todo lo que debía hacer.
—Gracias por venir, Lucas —dijo, abriendo la puerta con una mano en la cadera, la otra sosteniendo una copa de vino tinto medio vacía—. Me encanta que los hombres jóvenes se acuerden de las vecinas mayores.
No era coquetería, era un hecho. Valeria tenía esa presencia que no pedía permiso: pelo negro suelto hasta los hombros, piel clara con pecas dispersas como salpicaduras de sol, y pechos firmes que el vestido —ahora uno negro, de tirantes finos y escote en V profundo— dejaba entrever sin esfuerzo. Me hizo entrar sin esperar respuesta. El aroma a vainilla y jazmín me envolvió antes incluso de cruzar el umbral.
—Siéntate, si quieres —ofreció, indicándome un sofá de cuero marrón—. Te preparo un café. O algo más fuerte.
—Está bien, yo le ayudo con los libros —dije, pero mis ojos ya no estaban en los libros. Estaban en sus muslos, en la forma en que se sentó frente a mí cruzando una pierna sobre la otra, dejando al descubierto un trozo de muslo ligeramente velloso y sedoso.
—Ya los bajé yo —respondió, con una sonrisa que me hizo tragar seco—. Solo quería verte. No te asustes, no soy esa vecina loca que se mete con los jóvenes.
—No me asustas —mentí, y el calor en mis orejas lo confirmó.
Se levantó, caminó hasta la cocina con la copa en mano, y volvió con dos tazas. Me ofreció una con leche y dos cucharadas de azúcar, como a mí me gusta. Me miró beber, y en sus ojos no había juicio, solo curiosidad, como si yo fuera un libro nuevo que aún no sabía leer.
—¿Cuánto tiempo llevas en la ciudad? —preguntó, recostándose ahora en el respaldo del sofá, con una pierna estirada, la otra flexionada, los dedos de los pies calzados con una sandalia de cuña que se le desprendía ligeramente.
—Casi dos años. Vine de Guadalajara.
—¿Y qué haces cuando no estás revisando motores o ayudando a vecinas viejas?
—Estudio. Tengo una tesis pendiente. Y… —titubee— a veces salgo con amigos. Pero no mucho.
—Claro. Los veinteañeros siempre tienen prisa —dijo, acercándose lentamente hasta el borde del sofá—. Pero yo no tengo prisa, Lucas. A mis años, he aprendido que lo mejor se prepara con calma.
Se inclinó hacia mí, con las manos apoyadas en el respaldo, y su pecho quedó a pocos centímetros de mi rostro. Sentí su aliento, cálido, con un ligero olor a vino y menta. No me aparté. No quise.
—¿Y si te dijera que me gustas? —susurró.
Supe que era una trampa, pero no una peligrosa. Una trampa hecha de seda, perfume y sabiduría. Me levanté. No con nerviosismo, sino con decisión. Me acerqué hasta ella, hasta su altura, y puse mis manos sobre las suyas, que ahora descansaban sobre mis hombros.
—Entonces, ¿por qué no me muestras lo que se hace a los cuarenta y nueve años?
Ella rió, una risa baja, gutural, que me hizo erizar la piel. Y entonces, sin previo aviso, me tiró suavemente hacia atrás, sobre el sofá, y se sentó encima de mí, con las rodillas a los lados de mi cadera, las manos en mi pecho, los ojos brillantes.
—Primero —dijo, bajando la cabeza hasta mi cuello—, aprende a respirar. Yo no corro.
Sus labios rozaron mi cuello, una y otra vez, como si estuviera acariciando con besos pequeños. Sentí cómo su pecho, firme y cálido, presionaba contra mi torso, cómo su ombligo rozaba mi ombligo, cómo el calor entre sus piernas comenzaba a latir contra mi erección, ya evidente bajo el pantalón.
—¿Te gusta esto? —preguntó, moviéndose un poco más, con lentitud, hasta que su entrepierna rozó mi entrepierna.
—Sí —susurré.
—Entonces dime cómo te gustaría que te tocara.
No respondí con palabras. Le tomé la cara entre las manos, le incliné el rostro hacia atrás, y besé sus labios. Fue un beso tímido al principio, pero ella lo abrió con una sonrisa, y entonces mi lengua entró, y su boca se volvió calor, humedad, sabor a vino y promesa.
Fue entonces cuando me soltó, se levantó, y me extendió la mano.
—Vamos al ascensor.
—¿Ahora?
—Ahora. Es el único lugar donde nadie nos verá. Y donde nadie nos escuchará.
Subimos al segundo piso, donde quedaban los ascensores vacíos, apagados para mantenimiento. Ella se acercó al que estaba en desuso, lo abrió con una llave que sacó del bolso —una llave que, confesó después, había encontrado entre las pertenencias del anterior propietario— y me tiró adentro.
—Tú primero.
Y cuando entré, ella cerró la puerta con un clic suave, y me empujó contra la pared. Me besó de nuevo, ahora con más fuerza, y mientras me desabotonaba la camisa, sus dedos recorrieron mi pecho, mis abdominales, bajaron hasta mi cintura, y desabrocharon mi cinturón sin prisa.
—Ya lo sé —dijo—. Ya te he visto en el gimnasio. Me gusta cómo te mueves. Me gusta cómo respiras.
Me deslicó el pantalón y la ropa interior hacia abajo, y entonces me agarró la verga con ambas manos, firme, segura, como si la hubiera tenido entre sus manos toda la vida. Me miró mientras la sostuvo, con esa sonrisa que me decía que ya sabía lo que iba a pasar.
—Eres bonito —dijo—. Joven. Rígido. Y mío por estos cinco minutos.
Me puso de rodillas frente a ella, y mientras me deslizaba el vestido hacia abajo, descubrió sus muslos, su vientre plano, su pubis suave y bien cuidado, y su vagina, rosada, húmeda ya, con los labios ligeramente abiertos, como si me esperara.
—Bésala —ordenó.
Lo hice. Y cuando sentí su sabor, dulce y salado, su mano en mi nuca me obligó a profundizar. Me lo dio todo: su lengua, su cuerpo, su respiración entrecortada. Y cuando sentí que no podía más, me levanté, la tomé de la cintura, y la subí sobre mi pene, que ya estaba listo para entrar.
Me abrazó por el cuello mientras me hundía dentro de ella, paso a paso, hasta que sus caderas tocaron las mías. Sentí su calor, su estrechez, la forma en que su cuerpo se cerraba a mi alrededor, como si me hubiera estado guardando para mí.
—Así —murmuró—. Ahora muevete.
Y lo hice. Con lentitud, con fuerza, con la certeza de que cada movimiento era un regalo que ella me permitía darle. Sus gemidos eran bajos, guturales, de mujer que sabe lo que quiere y no tiene vergüenza de pedirlo. Me apretó los glúteos, me pidió más, me pidió que la cogiera como le gustaba, que la llenara de mi calor.
Cuando se corrió, su cuerpo se arqueó hacia atrás, sus ojos se cerraron, y su boca formó un pequeño “ah” que yo sentí en mi pecho. Yo la seguí empujando, hasta que, unos segundos después, sentí cómo mi verga palpitaba dentro de ella, y mi semen la llenó, cálido y abundante.
Se desplomó sobre mí, sudorosa, sonriente.
—Gracias —dijo, besándome el cuello.
—No me des las gracias —repliqué—. Te lo dije antes: no eres mi vecina mayor. Eres mi mujer de este sábado.
Ella rio, se levantó, y me ayudó a recoger mis cosas. Antes de que abriera la puerta del ascensor, me miró a los ojos y me dijo, con esa voz que ya no olvidaré:
—El próximo sábado, Lucas… te espero en el balcón. Y esta vez no te voy a pedir ayuda con los libros.
Y con eso,
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