El Regreso del Barco al Puerto
7 minEl Regreso del Barco al Puerto
La brisa del mar, salada y tibia, entraba por la ventana entreabierta del departamento en Copiapó, donde las paredes tenían el color de la arena quemada y los muebles, de madera oscura, parecían haberse quedado dormidos tras una larga travesía. En la cama, bajo una sábana apenas cubierta, yacía Lucía, de pie sobre el suelo de madera, con los pies hundidos en el calor de la tarde. Tenía el pelo recogido en un nudo desordenado, algunas hebras pegadas a la nuca por el sudor. Su camiseta blanca, ya arrugada y medio desabrochada, dejaba ver el borde superior del sostén, la curva suave de sus pechos, y el inicio del vientre plano, marcado por el músculo tenso de una mujer que se mantiene en forma, pero no por vanidad: por necesidad, por costumbre, por el ritmo de la vida sola antes de que él volviera.
El timbre sonó a las 19:47. No un timbre cualquiera, sino ese sonido agudo, metálico, que se clava en los nervios. Lucía no corrió, pero su cuerpo respondió antes que su mente: las manos se movieron, se deshizo el nudo, soltó el pelo, se puso de pie derecha, con la espalda bien alineada, como si fuera a subir a bordo. Apagó la luz del living, dejó la sala en penumbra, y se sentó en el sofá, con las piernas cruzadas, los brazos relajados, como si no tuviera nada que ocultar. Pero su piel latía, acelerada, y el aire se volvió más denso, cargado de olor a salitre y a esperanza.
La puerta se abrió. Él entró con una mochila de tela militar, desgastada, el rostro bronceado por semanas de sol ecuatorial, las manos ásperas, las uñas cortas, los ojos más oscuros que antes, como si el mar les hubiera arrancado la luz. Su ropa era la misma de siempre: pantalón corto de lino, camiseta gris, sandalias. Nada de uniforme. Nada de insignias. Solo un hombre que regresaba. Y en su mirada, nada de dudas. Solo el peso del tiempo perdido, y la certeza de que lo recuperaría.
—Lucía —dijo él, sin sonar como si la saludara, sino como si la reconociera por primera vez en mucho tiempo.
Ella no respondió con palabras. Se levantó, caminó hasta él, y con las manos que aún no sabían si temblaban, desabotonó la primera botona de su camiseta. Luego la segunda. La tercera. El pecho de él quedó al descubierto: pecho plano, musculoso, con una cicatriz fina en el lado derecho, de un corte antiguo que él jamás explicó. Su ombligo, hundido, casi imperceptible entre los músculos, parecía un nudo de seda. Y abajo, en la entrepierna, la camiseta se elevaba ligeramente, mostrando el inicio del pene, aún oculto por el algodón, pero ya marcado, firme, como una vela lista para desplegarse.
Lucía bajó las manos. Se arrodilló frente a él, sin pausa, sin mirarlo, con la seguridad de quien sabe exactamente qué hacer. Desabrochó el botón del pantalón. La cremallera bajó con un sonido suave, metálico, casi sensual. Tiró suavemente de la tela, y el pantalón cayó hasta sus tobillos. Él se quitó las sandalias y las sacó con un movimiento rápido, sin romper el contacto visual con ella.
Allí estaba. Su pene, descansando entre sus muslos, grueso, de color oscuro, ligeramente inclinado hacia arriba. La cabeza, redonda, húmeda por la humedad natural del cuerpo, brillaba bajo la luz tenue. Las venas subían como raíces, tensas, y el prepucio, suave, apenas la cubría, mostrando el orificio, húmedo ya por la anticipación.
Lucía se inclinó. Con la punta de la lengua, rozó el glande. Él exhaló, una exhalación profunda, que no era queja, sino reconocimiento. Ella volvió a hacerlo, esta vez más lento, y con la mano derecha, acarició suave el resto del pene, desde la base hasta la cabeza, con una presión firme, constante, sin prisa. Él cerró los ojos, inclinó la cabeza hacia atrás, y apoyó las manos en sus hombros, sin apretar, solo para sostenerse.
—Todavía me sabes —dijo él, voz ronca.
Ella no respondió. Abrió la boca, extendió la lengua, y lo envolvió hasta la mitad. El pene se estremeció dentro de su boca. Él emitió un sonido gutural, bajo, que vibró en su pecho. Ella comenzó a moverse: arriba, abajo, con una sucesión constante, lenta, pero determinada. El prepucio subía y bajaba, la cabeza desaparecía en su garganta, y luego emergía, llena de saliva, brillante, húmeda. Con cada bajada, sus dedos presionaban los testículos, los sentía pesados, tensos, llenos de esperma por venir.
Él se incorporó. La tomó de las muñecas, la levantó sin esfuerzo, como si pesara nada, y la llevó hacia la cama. La dejó sentada, con las piernas abiertas, y se puso de rodillas frente a ella. Con las manos, separó sus labios vulvares. La vulva de Lucía estaba hinchada, ya, por la espera, por la tensión. Los labios mayores, oscuros, se abrían como pétalos, y los menores, rojizos, brillaban con la humedad que había producido sin que ella lo notara. El clítoris, pequeño, erecto, sobresalía como una perla, sensible al aire.
Él no se apresuró. Inclinó su cabeza, y con la lengua, rozó el clítoris una, dos, tres veces. Lucía arqueó la espalda, soltó un grito ahogado, y sus manos se hundieron en su cabello. Él siguió, ahora con más fuerza: chupó el clítoris, lo apretó entre sus labios, lo lamía en círculos rápidos, luego lentos, luego de arriba abajo, y luego de abajo arriba. Con un dedo, introdujo la punta en su vagina, la empujó suavemente, y cuando ella se estremeció, metió dos. Ella jadeó, sus caderas se movieron, buscando más presión, más profundidad.
—Quiero dentro de ti —dijo él, rompiendo el silencio.
Lucía asintió, se inclinó hacia atrás, apoyó las manos en la cama, y separó más las piernas. Él se puso frente a ella, tomó su pene con la mano, lo apuntó a su vagina, y lo empujó. La cabeza rozó el clítoris, la vagina se contrajo, se encogió, pero él no se detuvo. Siguió empujando, lento, con una paciencia extrema, hasta que los testículos tocaron su pubis. El pene estaba completamente dentro de ella, hundido hasta la raíz, llenándola por completo. Ella sintió el calor, la dureza, la presión de su cuerpo contra el suyo.
—Mierda… —susurró él.
Ella respondió moviendo las caderas, subiendo, bajando, con un movimiento suave, pero decidido. Él tomó sus pechos, los apretó con las manos, con los pulgares rozando los pezones, ya duros. Ella jadeaba, cada respiración era corta, agitada, y su vagina, alrededor del pene, se contraía con cada movimiento, como si quisiera retenerlo, como si temiera que se fuera otra vez.
Él la giró, la puso de lado, y se colocó detrás de ella. Con una mano, le separó las nalgas, y con la otra, sujetó su cadera. Entró de nuevo, más profundo, más rápido, con estocadas cortas, violentas, que hacían que su cuerpo se sacudiera. Ella soltó un grito, agudo, y con la mano, se frotó el clítoris, con movimientos rápidos, frenéticos, mientras él la embestía, con fuerza, sin pausa, con el sonido del cuerpo contra cuerpo, de la piel sudada, del jadeo, del pene que se hundía y salía, húmedo, brillante.
—Voy a venir —dijo él, con voz rota.
Ella no respondió. Solo empujó sus caderas hacia atrás, lo recibió más adentro, y con la mano, se frotó más fuerte. Él se aceleró, sus estocadas se hicieron más cortas, más violentas, hasta que, con un gruñido gutural, se corrió dentro de ella, llenándola de semen espeso, caliente, que salió en chorros, uno tras otro. Ella sintió el calor, el peso, la densidad, y con un grito ahogado, se corrió también, sus músculos se contrajeron, su vagina se estrechó alrededor del pene flácido, y su cuerpo se desplomó sobre la cama, exhausta, feliz, llena.
Él se derramó sobre ella, con el pecho contra su espalda, y con una mano, la ab
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.