El peso del tiempo
7 minEl peso del tiempo
La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas del café cuando entraste, con esa chaqueta mojada y el cabello castaño pegado a la frente, como si el cielo te hubiera lavado para dejarte más puro. Yo ya estaba sentado en la esquina, frente a una taza de café que hacía rato había perdido el calor. No era casualidad que te hubiera buscado después de diez años. Era inevitable. El tiempo, a veces, no borra —acumula.
—Tomas —dijiste, con esa media sonrisa que siempre te decía que sabías más de lo que dejabas ver.
—Luz —respondí, sin levantar la vista del café. Porque si lo hacía, si te miraba a los ojos en ese instante, sabía que no podría contenerme.
Te sentaste frente a mí. El aire cambió. No era solo tu presencia —era tu olor: café tostado, lavanda y piel húmeda. Me costó respirar. Diez años de distancia no habían suavizado el recuerdo; lo habían afinado, como quien pulimenta una espada hasta que brilla con la agudeza del filo.
—¿Cómo sabías que estaría aquí? —preguntaste, envolviendo la taza entre las manos, como si también necesitaras calentar algo dentro de ti.
—Porque hoy es el aniversario.
No mentí. Era el aniversario del último día que habíamos estado juntos, en la casa de tu abuela, en la costa. Ese verano en que el mar nos había envuelto como una promesa de eternidad. Luego, las cosas se rompieron sin ruido: trabajo, miedos, silencios mal interpretados. No fue traición, ni desamor. Fue error humano, el más común y el más cruel.
—Entonces… —dijiste, y dejaste la frase colgando como una llave que no sabías si insertar en la cerradura.
—Entonces —repetí, y por fin te miré. Tus ojos tenían el mismo color, pero ahora tenían arrugas en las esquinas, como si la risa hubiera dejado huellas felices. Tu piel, más oscura en los pómulos, como si hubiera vivido más sol. Tu mano, más firme sobre la taza. Todo en ti decía: *He vivido*. Y eso me encendió.
—¿Quieres caminar? —preguntaste.
Asentí. No necesitamos abrigos. La lluvia se había vuelto una bruma tibia, y caminamos por las calles mojadas, sin rumbo, como aquellos domingos de juventud, cuando el mundo parecía hecho a medida de nuestros pasos.
—Me pregunto si alguna vez dejaste de escribir —dijiste.
—Tú sí lo hiciste. —Me detuve frente a ti, bajo un toldo roto que apenas nos daba cobijo. —Tus poemas, en esa revista digital. El de “El cuerpo de los días”, ese… Me dejó sin aire.
Tu respiración se aceleró. No mucho. Pero lo noté. Como un temblor en la base de la garganta, como una chispa que late antes del fuego.
—Tú siempre fuiste mi primer lector —dijiste, y tu mano, sin mirar, buscó la mía.
No la solté.
—Y mi último.
El tiempo se detuvo. O quizás volvió a correr con más fuerza. No sé. Lo único que sentí fue el calor de tu palma, la textura de tus dedos, la cicatriz casi invisible en el pulgar —una caída en la escalera de la biblioteca, cuando teníamos veintidós años. Todo volvió. No como recuerdo, sino como cuerpo. Como deseo.
—Hoy no puedo volver a casa temprano —dijiste, y tus ojos no se apartaron de los míos. —Mi hija está con su padre. Tengo el apartamento hasta las once.
No te pregunté. No hace falta. Ya sabíamos que era un sí. Ya sabíamos que diez años no habían apagado lo que ardió una vez.
Subimos en silencio. El ascensor se movió lento, como si también supiera que lo que suceda dentro de él debe tener su tiempo. Tu apartamento tenía olor a limón y papel viejo. Libros apilados en las esquinas. Una lámpara de pie con pantalla de tela, que proyectaba sombras suaves sobre la pared. Nada había cambiado, excepto la luz.
—Sientate —dije.
Te sentaste en el borde del sofá, con las manos apoyadas en las rodillas, como si esperara una orden. Pero no la había. Solo te miraba, y con cada segundo que pasaba, tu respiración se hacía más profunda, más consciente.
—¿Te acuerdas de cómo solíamos dormir? —preguntaste.
—Claro.
—Casi siempre, yo estaba de espaldas, y tú… —te detuviste, y tu mano izquierda subió lentamente hasta tu cuello, como si estuvieras quitando algo invisible. —Siempre me rozabas la nuca.
—Porque allí sentía tu latido —dije, y me levanté. Me acerqué. No con urgencia. Con certeza. —Como si fuera la única prueba de que estabas ahí, de que éramos reales.
Me senté a tu lado. Mis dedos buscaron tu nuca, y cuando los apoyé allí, sentí cómo tu cuerpo se inclinaba hacia mí, sin palabras, sin pedir permiso —porque el permiso ya estaba en cada latido.
Tu boca se abrió antes que la mía. No fue un beso, al principio. Fue un reconocimiento. Tu lengua rozó mi labio inferior, como para confirmar: *¿Estás aquí?* —y yo le respondí con un susurro: *Sí*. Entonces, cuando nuestras bocas se encontraron de verdad, fue como si el tiempo se hubiera olvidado de existir. Tu sabor —café, sal, luz del atardecer— me invadió. Tus manos, ahora, subieron por mi pecho, con la misma seguridad de siempre, como si supieran exactamente dónde detenerse: en el botón de mi camisa.
—Déjame —dijiste.
Desabroché la tuya primero. Cada botón era una promesa que se abría. Tu pecho, moreno, con vello suave, con esa cicatriz pequeña a la izquierda del esternón —un corte de vidrio cuando cocinamos juntos ese invierno en que nevó por primera vez en cinco años. Te besé allí. Sentí cómo tus dedos se hundieron en mi cabello.
—Tú siempre fuiste mi lugar seguro —murmuraste, con la frente apoyada en mi hombro.
—Entonces quédate.
Me quitaste la camisa con cuidado, como si fuera un objeto frágil, y cuando tu piel tocó la mía, todo se volvió más lento, más profundo. No había prisa. Había tiempo. Tú me guiaste hacia la habitación, y cuando me sentaste en la cama, no me dejaste mirarte. Me quitaste los pantalones, los calcetines, como si cada pieza fuera un acto de devoción. Luego, con tus manos, con tu boca, con tu lenguaje silencioso, me recordaste cómo era ser amado sin palabras, solo con cuerpo y con intención.
Te miré mientras te desvestías por completo. Tu cuerpo era un mapa que ya conocía, pero ahora tenía nuevas curvas, nuevas marcas. Tu erección, firme y perfecta, apuntaba hacia mí como una flecha. Te sentaste sobre mí, con las rodillas a los lados de mi cadera, y te inclinaste hasta que tu pecho rozó el mío. Te tomé los testículos entre las palmas, con suavidad, y sentí cómo jadeabas.
—Hoy no quiero correr —susurraste.
—Yo tampoco.
Tu mano bajó, lentamente, hasta envolverme. Me acariciaste con la base de la muñeca, con la palma, con los pulgares, como si estuvieras esculpiendo. Me miraste a los ojos mientras te movías, y cada vez que te acercabas, tu olor se intensificaba —lavanda, sal, yo.
—Dime qué sientes —pediste.
—Tú —respondí, y mi voz se quebró—. Sólo tú. Nada más.
Me besaste de nuevo, hondo, mientras te deslizabas hacia abajo, y cuando tu boca tocó mi cuerpo, no fue un gesto —fue un juramento. Tu lengua trazó líneas desde mi ombligo hasta la base de mi pene, y luego, con lentitud absoluta, me envolvió en tu boca, sin apuro, sin presión. Sentí tus dedos en mis muslos, apretándolos, como si también tú te aferraras a algo real. Me miraste mientras te dejaba ir, y cuando al fin te miraste en el espejo del cabecero, te besaste los labios con mi mano, y me sonreíste.
—Esto es lo que he recordado —dije, con la voz rota—. No el tiempo. El peso.
—El peso —repetiste, y te inclinaste sobre mí otra vez.
No fue rápido. No fue locura. Fue fuego controlado, fuego que sabe que debe durar. Te moviste sobre mí con una cadencia antigua, y yo te seguí, con las manos en tu cintura, con la frente contra tu hombro, con los ojos cerrados, como si pudiera guardar cada segundo en mi piel. Tus suspiros, tus gemidos —no altos, pero intensos, como si cada sonido fuera una confesión—. Cuando te sentaste, con las piernas abiertas sobre mis muslos, y te tomaste de mis manos, me di cuenta de que no era solo sexo. Era ritual. Era regreso. Era perdón.
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