El peso de su respiración
4 minEl peso de su respiración
Elena sentía el calor de la mirada de Santiago sobre su espalda mientras se vestía frente al espejo del baño. No se giró al principio, solo ajustó la cinta de su camisón negro, una prenda corta que le dejaba al descubierto la curva suave de sus caderas y la base de su espalda baja, donde el cuerpo ya empezaba a marcar los primeros pliegues del cansancio —y también la suavidad que había ganado con los años. Santiago estaba sentado en el borde de la cama, las piernas separadas, las manos descansando sobre los muslos, los codos ligeramente doblados. No decía nada. Solo observaba.
Elena se giró entonces, con lentitud, y lo miró a los ojos. Él no bajó la vista. No necesitaba hacerlo: ya había visto todo, ya había memorizado la curva de sus pechos, la forma en que sus pezones se endurecían al primer roce del aire frío, la línea oscura que descendía desde el ombligo hacia el vello pubiano, ya recortado con cuidado esa mañana.
—¿Te gusta verme? —preguntó Elena, la voz baja, sin acusación ni coquetería, solo una constatación.
Santiago asintió, sin moverse.
—Sí.
Elena se acercó, desabrochándose el camisón con un solo gesto. La tela se deslizó por sus brazos hasta caer al suelo. Sin apuro, se quedó de pie, desnuda, con las manos a los lados. Su pene, ya medio erecto desde el primer momento en que la vio, se tensó más bajo el tejido de sus pantalones.
—Vete a la cama —dijo ella, esta vez con un tono más firme—. De espaldas.
Él obedeció. Se recostó, los musculosos brazos a los lados, la cabeza apoyada en la almohada. Su respiración se hacía más profunda, más lenta, como si ya supiera lo que venía, como si estuviera preparando su cuerpo para recibirlo.
Elena se arrodilló entre sus piernas. Primero pasó las yemas de los dedos por el contorno de su pene a través de la tela de los boxers. Luego, con un movimiento suave pero seguro, bajó el elástico, dejando al descubierto su cuerpo entero. El pene de Santiago era grueso, la cabeza ya húmeda por el presemen, la piel ligeramente más oscura en el escroto, los testículos pesados y colgando.
Elena no lo tomó aún. Se limitó a inclinarse, rozar con la punta de la lengua el borde del glande, saborear su sabor salado. Santiago exhaló un gemido bajo, pero ella le puso una mano sobre el muslo y lo apretó con firmeza.
—No te muevas —dijo—. Solo respira.
Y así continuó: besos lentos en la base, lengua enrollada alrededor del cuerpo, mordiscos suaves pero firmes en el escroto, hasta que él ya no pudo contenerse. Sus caderas se alzaron, pero ella las empujó hacia abajo con la palma de la mano, sin fuerza bruta, pero con claridad.
Entonces, abrió su propia bata, la dejó caer, y se sentó sobre su pene, con cuidado, permitiéndole que deslizara la punta entre sus labios vaginales, ya húmedos y calientes. Se ajustó, lentamente, hasta que todo su cuerpo se hundió sobre el suyo.
Santiago cerró los ojos. Sintió el calor, la presión, la forma exacta de su vagina envolviéndolo, apretándolo, estirando sus paredes como si lo tragara con avidez contenida.
—Sí —murmuró, esta vez sí, sin contención—. Así…
Elena se movió. Subía hasta apenas dejar que la cabeza de su pene rozara su clítoris hinchado, descendía hasta sentirlo en lo más hondo, donde sus vientres se tocaron. Cada bajada era una contracción, cada subida un estiramiento, y entre cada movimiento, su respiración se entrelazaba con la de él, pesada, entrecortada.
—Dime qué sientes —pidió Elena, inclinándose hacia adelante, las uñas rozando su pecho.
—Te siento… apretándome. Tu vagina… me chupa. Me aprieta como si no quisiera soltarme —respondió él, con la voz rota.
Elena sonrió. Bajó de nuevo, esta vez con un giro, girando las caderas hasta sentir cómo su pene rozaba su punto G con cada empuje. Ella soltó un gemido alto, su cuerpo temblando, y Santiago, por fin, sin más advertencia, arqueó las caderas y la agarró por las caderas, hundiéndola sobre él con fuerza.
Fue entonces cuando se corrió.
El primer chorro de esperma golpeó su útero, caliente y espeso. El segundo, el tercero… cada eyección la hacía temblar, mientras ella también se corrió, su vagina palpitando alrededor del pene de Santiago, su clítoris presionado contra su pubis.
Se quedaron así, conectados, sudados, con el pecho subiendo y bajando al unísono, la respiración pesada, entrelazada, como si aún estuvieran unidos por algo más que el sexo.
Elena bajó suavemente, dejando que el pene de Santiago se deslizara fuera de su cuerpo con un sonido húmedo y suave. Se recostó a su lado, sin separarse, y le acarició el pecho con la palma.
—Otra vez —susurró.
Y él, sin palabras, la atrajo hacia él, con la mano que aún temblaba ligeramente, y besó su cuello, su hombro, su pecho, como si quisiera aprender de nuevo cómo era su piel, cómo era su olor, cómo era el
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.