El Pacto del Silencio
3 minEl Pacto del Silencio
La luz del atardecer se deslizaba por las rendijas de las persianas entreabiertas, dibujando bandas doradas sobre la cama deshecha. En el centro, Lucas, de pie, observaba a Clara recostada sobre el colchón, con las piernas ligeramente separadas, los pies descalzos apoyados en el colchón, los dedos torcidos en un gesto de expectativa. No era la primera vez que lo hacían así, pero sí la primera que lo hacían después de tres semanas de ausencia —un castigo autoimpuesto, un juego pactado por ambos.
—Te olvidaste de llamarme —dijo él, sin reproche, sin suavidad. Solo afirmación.
Clara giró la cabeza, el cabello oscuro ondulado sobre la almohada. No sonrió. Sabía que no era el momento. Su pecho subía y bajaba con lentitud, controlada. Tenía los pezones erguidos, oscuros bajo la luz tenue, y el ombligo marcado por un anillo pequeño que Lucas le había puesto hace dos años, en una noche como aquella.
—No me olvidé —respondió, voz baja, pausada—. Te esperaba.
Él dio un paso más, desabotonándose la camisa con lentitud, como si cada botón fuera un pacto roto que él mismo reescribía. La tela se deslizó por sus hombros, dejando al descubierto el torso marcado por una red sutil de cicatrices antiguas —las marcas de sus primeros juegos, cuando aún no sabían qué tanto podían confiar.
Lucas se sentó al borde de la cama, una pierna flexionada, la otra extendida. Con un dedo, trazó el contorno de la oreja de Clara, luego bajó por su cuello, deteniéndose en el borde del sostén, que apenas contenía la suavidad de sus pechos.
—¿Sabes qué hice esta semana? —preguntó.
—No —dijo ella, con los labios entreabiertos—. No lo sé.
—Te escribí cartas. Las quemé. Todas. Pero cada palabra se quedó en mi mente. Las repetí mientras te imaginaba esperando, callada.
Su mano se movió entonces, bajando más, rozando la tela de sus pantalones, apretando apenas con los nudillos. Clara exhaló, una respiración profunda, como si el aire fuera escaso.
—¿Quieres que te quites esto? —le preguntó él, mirándola a los ojos.
Ella asintió, una sola vez.
Con calma, Lucas desabrochó su cinturón, bajó la cremallera. No la apresuró. El pene que emergió estaba firme, ligeramente curvado, la punta húmeda, ya sensible al calor que no tardaría en subir. Clara lo miró sin rubor, con la misma intensidad con que él la observaba.
—Y ahora —dijo él, tomando suavemente su muñeca—, te quitarás la ropa. Toda. lentamente.
Ella obedeció. Con los dedos, desabrochó el sostén, dejando que sus pechos cayeran suaves, redondeados, con pezones que se erizaron bajo la luz. Se quitó los pantalones, los calcetines, el vestido ligero que llevaba puesto debajo. Quedó desnuda, sin vergüenza, sin temor, solo con la mirada fija en la suya.
—Boca abajo —ordenó Lucas.
Ella obedeció. Se tendió sobre el colchón, las manos bajo la cara, las nalgas elevadas. Lucas se puso detrás, le separó las piernas con las rodillas, y con una mano envolvió su muslo, la otra acarició su espalda baja, bajando hasta el inicio de su vulva, donde el vello era corto y suave.
—Hoy no voy a usarte —dijo, mientras sus dedos se deslizaban entre sus labios, encontrando ya húmeda la entrada, ya caliente la piel interna—. Hoy solo voy a recordarte quién eres.
Su dedo entró, lento. Clara arqueó la espalda, soltando un gemido ahogado. Otro lo siguió. Y luego una tercera falange. Lucas no la miraba. Solo escuchaba. Contaba los latidos de su corazón, los temblores de sus piernas, el modo en que su cuerpo se abría sin resistencia.
—Tú eres mía —dijo, besándole la nuca—. Cada pulso, cada respiración. Y cuando vuelvo, lo demuestro.
Ella giró la cabeza, sus ojos brillantes.
—Sí —susurró.
Lucas se inclinó, y esta vez fue él quien se dejó escuchar.
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Cuerdas, órdenes y la confianza de soltarse. Escribo dominación y sumisión consentidas, donde perder el control es ganarlo todo.