El masaje que se nos fue de las manos

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

El viernes en la casa de Camila y Andrés siempre empezaba con olor a café recién colado y terminaba, más tarde que temprano, enredado en sábanas desacomodadas. Ese día no fue la excepción, aunque todo empezó con la mejor intención del mundo: descansar.

Camila, con el pelo recogido en un moño desordenado y puesta en su bata de franela que ya llevaba dos lavados de más, se dejó caer en el sillón como si el día hubiera sido más largo de lo que en realidad fue. Andrés, por su lado, llegó del gimnasio con el pito aún caliente de adrenalina y sudor, oliendo a eucalipto y esfuerzo. Se quitó los zapatos en la puerta, como siempre, y dejó la mochila en el suelo, sin mucho orden.

—Ay, mi amor, traes el cuero pelado —dijo Camila, mirándolo de reojo mientras daba un sorbo a su tinto—. ¿Y ese olor a gimnasio? Parece que te bañaste en desodorante de macho.

Andrés sonrió, se quitó la camiseta y la lanzó al sofá.

—¿Y qué quieres? Yo no soy de esos que se quedan sentados todo el día. Tú, en cambio, llevas ahí desde las doce, viendo series como si fuera tu trabajo.

—Pues sí, y gracias por recordármelo —respondió ella, fingiendo ofensa—. Pero si no fuera porque alguien no me ayuda con los masajes, no estaría tan tensa.

Andrés se acercó, se sentó en el suelo frente a ella y le quitó una zapatilla con cuidado.

—¿Masaje? ¿Ahora quieres masaje? ¿Y por qué no me lo pediste antes, no más?

—Porque no quería que pensaras que te estaba pidiendo algo más… —dijo ella, bajando la voz—. Pero bueno, si no te animas, me doy un baño caliente y listo.

Andrés la miró, con esa sonrisa pícara que solo él sabe poner, como si ya supiera lo que venía.

—Ah, no, mi reina. Si tú me pides un masaje, yo te lo doy. Pero no me digas después que fue culpa mía si algo se nos sube.

Camila se estiró en el sofá, boca abajo, y se quitó la bata. Quedó en ropa interior: un brasier negro y una braguita de encaje que sabía que a él le volvía loco. Andrés se puso de pie, fue al baño, se lavó las manos y regresó con un frasco de aceite de almendras que compraron en una feria artesanal meses atrás y que, hasta ese momento, solo habían usado para masajes superficiales.

—Vamos a ver cómo te quedó el cuerpito después de tanto estar sentada —dijo él, echándose un poco de aceite en las manos y calentándolo entre las palmas.

Empezó por los hombros. Sus dedos fuertes, acostumbrados al peso de las pesas, se hundieron suavemente en la piel de Camila, que soltó un gemido bajo, casi inaudible, pero suficiente para que Andrés lo notara.

—¿Así? ¿Te gusta?

—Mmm… sí… un poco más abajo —pidió ella, con la voz entrecortada.

Él bajó lentamente, deslizando las manos por la espalda, deteniéndose justo encima de la cadera. El aceite brillaba bajo la luz tenue de la lámpara de mesa, y el silencio en la sala se volvió espeso, denso, como si el aire mismo estuviera conteniendo la respiración.

—¿Y ahora? —preguntó Andrés, bajando aún más, rozando el borde de la braguita.

—Sigue… no pares —dijo ella, separando un poco las piernas sin darse vuelta.

Él deslizó los dedos por debajo de la tela, apenas un roce en la nalga izquierda, y Camila se estremeció. Andrés sonrió, sabiendo que ya no era solo un masaje.

—Oye, tú… ¿segura que esto es solo para relajar?

—No me hables… sigue —respondió ella, con la voz más ronca.

Él obedeció. Le bajó la braguita lentamente, sin apuro, dejando que cada centímetro de piel fuera descubierto con cuidado. Luego, con las manos llenas de aceite, empezó a masajearle el culo, fuerte, pero no brusco. Cada caricia era una promesa. Cada roce, una invitación.

Camila se mordió el labio. Sentía el pito de Andrés, ya duro, rozándole la pierna cada vez que él se movía. No dijo nada. Solo se estiró un poco más, abrió más las piernas, como si estuviera ofreciéndose sin palabras.

—¿Y si te doy vuelta? —preguntó él, con la voz ronca.

—Hazlo… pero despacio —respondió ella.

Andrés la ayudó a darse vuelta, y cuando quedó boca arriba, con los pechos al aire y el pezón erguido, él se quedó mirándola un segundo, como si fuera la primera vez.

—Estás más rica que nunca —dijo, sin despegar la vista.

—Pues no te quedes viendo… —respondió ella, con una sonrisa traviesa.

Él se inclinó y le besó un pecho, primero con suavidad, luego con más hambre. Camila echó la cabeza atrás, dejándose llevar. Andrés bajó, le quitó el brasier con una sola mano y siguió besando, lamiendo, mordiendo suavemente. Llegó al ombligo, y luego, sin apuro, se deshizo de la braguita por completo.

Camila ya estaba mojada. Andrés lo notó al pasar los dedos por su entrepierna, y no pudo evitar soltar un “¡uy, qué rico!”, como si fuera una sorpresa, aunque los dos sabían que no lo era.

—¿Y ahora qué, mi amor? —preguntó ella, con los ojos brillantes.

—Ahora… —dijo él, acercándose—, voy a hacerte un masaje más completo.

Y sin más, se hincó entre sus piernas y empezó a lamerla. Lento al principio, luego con más ganas, como si llevara semanas esperando ese momento. Camila se aferró al sofá, se mordió el brazo para no gritar, pero no pudo evitar que se le escapara un “¡Ay, Dios, qué rico!”.

Él no paró. Sabía que a ella le gustaba así: sin prisa, con devoción. Le separó los labios con los dedos, encontró el clítoris y empezó a chupar, a succionar, a mamar como si fuera un dulce prohibido. Camila se retorcía, gemía, pedía más, y Andrés se lo daba todo.

—No pares… no pares… —repetía ella, con la voz entrecortada.

Hasta que llegó el orgasmo. Fuerte, largo, como una ola que no sabía cuándo iba a terminar. Camila gritó, se arqueó, y Andrés no dejó de lamer ni un segundo, hasta que ella lo apartó con suavidad, agotada.

—Ya… ya, mi amor… me mataste.

Él se sentó a su lado, sudoroso, con el pito tieso como una barra.

—¿Y ahora quién se queda sin nada? —preguntó, con una sonrisa pícara.

Camila lo miró, todavía con el cuerpo temblando, y se sentó. Se acercó a él, le bajó el pantalón del gym con una sola mano, y sin decir palabra, se lo metió en la boca.

—Ay, chimba… —dijo Andrés, echando la cabeza atrás—. Eso sí que es un masaje completo.

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