El juego del trago olvidado

@valentina_ruiz ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Había llovido toda la tarde, una lluvia mansa que no asustaba, solo acariciaba el cristal del balcón con gotas lentas, como si el mundo se hubiera puesto a respirar despacio. Estábamos en casa, sin prisa, sin invitados, sin planes. Solo nosotros dos, y el olor a café viejo aún flotando en la cocina. Sebastián, con esa camiseta gris que le queda como si hubiera nacido dentro, se estiró en el sofá como un gato satisfecho, los pies descalzos sobre la mesa de centro, los ojos clavados en la pantalla del televisor, aunque no sé si realmente veía lo que pasaba.

Yo, sentada en el suelo con la espalda contra su pierna, hojeaba una revista que ya no me interesaba. Me aburría un poco. No de mala manera, sino con ese aburrimiento suave que precede a algo. A veces, cuando todo está demasiado en su lugar, solo falta un desajuste para que todo cambie.

—Oye —dije, sin levantar la vista—, ¿te acuerdas de esa vez en el bar del puerto, cuando te desafié a beber el trago que yo eligiera?

Sebastián bajó el volumen del televisor con el mando, como si estuviera ajustando el volumen de la conversación.

—Claro que me acuerdo. Me hiciste tomar un cóctel con sabor a pasto cortado y limón podrido. Me dijiste que se llamaba “Sombra de Enebro”. Juraste que era exótico. Me sentí como un idiota.

—Pero lo tomaste.

—Porque me miraste como ahora —dijo, y giró la cabeza para mirarme—. Como si ya supieras que ibas a ganar.

No respondí. Solo sonreí. Dejé la revista en el suelo, me puse de pie y caminé hacia la cocina. Escuché cómo se incorporaba, cómo sus pies desnudos tocaban el piso con curiosidad.

—¿Qué haces?

—Preparo un trago —dije, abriendo el gabinete—. Como antes.

—¿Y si no quiero?

—Sí quieres —respondí, sin mirarlo—. Solo que aún no lo sabes.

Sacó dos vasos pequeños del estante. Se paró detrás de mí, tan cerca que sentí el calor de su pecho a través de la camisa. No me tocó, pero su presencia era una caricia anticipada.

—¿Cuál es la apuesta esta vez? —preguntó.

—Nada grave —dije, eligiendo el licor con cuidado—. Si lo bebes sin hacer una mueca, te cuento algo que nunca te he dicho. Algo verdadero.

—¿Y si hago una mueca?

—Entonces, me dejas elegir una prenda de tu ropa. Cualquiera. Y me la quedo. Hasta que me canse de ella.

Sebastián se rio, bajo, como si el sonido viniera del fondo de su pecho.

—¿Una prenda? ¿Eso es todo?

—No subestimes el poder de una camisa, Sebastián. O de un pantalón. O de… cualquier cosa que uses encima.

Me miró con esa media sonrisa que me desarma. El vaso en su mano, el mío llenándose despacio con un líquido ambarino, espeso, con un toque de miel y algo que no quise nombrar.

—¿Y si digo que no?

—Entonces —dije, bajando la voz—, tendré que asumir que tienes miedo. Y eso… me decepcionaría.

Levantó el vaso. Lo miró como si fuera una carta de desafío.

—Adelante, entonces. Pero si gano, quiero la verdad. Nada de medias tintas.

Asentí. Chocamos los vasos con un sonido leve, cristalino. Bebió de un trago. Cerró los ojos. Arrugó apenas la nariz. Nada más.

—No fue tan malo —dijo, con voz ronca.

—No hiciste mueca —reconocí—. Ganas.

Dejó el vaso en la encimera. Me miró fijo, esperando. Yo tomé aire. No era fácil. No por vergüenza, sino por el peso de lo que iba a decir.

—A veces —comencé—, cuando crees que duermo, me giro y te miro. Y pienso en cómo sería besarte sin que tú lo sepas. Como si fuera un robo. Un beso que no te das cuenta de que me diste.

Se quedó quieto.

—¿Y por qué no lo haces?

—Porque quiero que estés despierto cuando pase —dije—. Quiero que sientas cada segundo. Que no escapes ni un milímetro.

—Entonces —dijo, acercándose—, ¿qué esperas?

No respondí con palabras. Me puse de pie, lenta, y le tomé el rostro entre las manos. Lo besé. No como se besa a alguien que conoces de años, sino como si fuera la primera vez. Con hambre contenida, con urgencia disimulada. Él me respondió igual, como si hubiera estado esperando ese momento toda la noche.

Pero no fuimos más allá. No esa vez. Nos separamos con un suspiro compartido, y él sonrió.

—Mañana —dijo—, quiero otro desafío.

—Yo también —reconocí.

Al día siguiente, cuando volví del supermercado, encontré una nota en la nevera, escrita con su letra desgarbada: *“¿Jugamos otra vez? Esta vez, el que pierde se quita algo. Sin excusas. Sin piedad.”*

Sonreí. Dejé la bolsa en el suelo, saqué dos vasos pequeños del estante y los puse sobre la mesa. Luego, elegí el licor. Uno nuevo. Oscuro, casi misterioso.

A las siete en punto, oí la llave en la puerta. Entró con el abrigo mojado, el pelo revuelto, los ojos brillantes.

—¿Listo? —pregunté.

—Siempre —dijo.

Me miró mientras servía. Y yo supe, por cómo me miraba, que esta vez no habría segunda oportunidad. Que todo lo que pasara entre nosotros, sería lento, inevitable, como una tormenta que se anuncia con calma pero que termina por llevarse todo.

Pero no bebimos aún. No hicimos nada. Solo nos quedamos allí, frente a frente, con el aire cargado de lo que no se decía. Y fue suficiente. Porque a veces, el erotismo no está en lo que haces, sino en lo que dejas que el otro imagine.

Y yo, mientras lo miraba, ya me había desvestido mil veces en su mente.

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