El Juego del Café y el Amor

El Juego del Café y el Amor

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 4.3 (32) · 112 lecturas · 3 min de lectura

En la cocina de su casa en El Poblado, donde el sol entraba tibio por la ventana grande y el aroma del café recién hecho se mezclaba con el olor a lavanda del jabón de manos de Laura, Mateo la miró desde atrás mientras ella vertía el líquido oscuro en dos tazas. Ella no lo sintió acercarse hasta que sintió el calor de su pecho contra la espalda, y luego la mano de él deslizándose suavemente por su vientre, hasta posarse sobre la suya, que sostenía la tetera de cristal.

—Aguas, vieja —dijo él, con la voz rasposa de quien apenas se ha levantado—, que se te va a caer la taza.

Laura sonrió sin voltear, solo inclinó la cabeza para que su cabello le rozara la barbilla.

—¿Y si se me cae? Al final, el café se derrama, pero el calor se queda en la piel.

Él apretó un poco más la mano sobre su vientre y bajó la cabeza hasta su cuello. inhalaron el mismo perfume, el mismo sudor ligero que se llevó después de la caminata matutina por el Parque Lleras. Mateo no se apresuró. Sabía que Laura, con ese ritmo suyo de quién no corre tras nada, también sabía esperar. Él besó su cuello, no con urgencia, sino con el cariño de quien recuerda dónde le gusta que lo hagan.

—¿Te acuerdas del último viernes? —le murmuró al oído.

Ella asintió despacio, como si el recuerdo fuera un hilo que debía estirar con cuidado.

—Sí. Ese día usaste la camiseta vieja de mi hermano… y no me dejaste ponértela hasta las once y media.

—Y tú me la quitaste con los dientes —rio él, con un hilo de voz—. Como si fuera un pañuelo de seda.

Laura giró entonces, tomó su taza y se la acercó a los labios. Lo hizo despacio, para que él sintiera el calor, para que recordara cómo le gustaba verla beber así, con los ojos cerrados, como si el café fuera un ritual sagrado. Cuando bajó la taza, Mateo la besó. No en la boca al primer intento, sino en la esquina, como si fuera un detalle menor. Luego, con la lengua, trazó su camino hasta la suya, y ahí sí, con calma, entró.

Ella lo dejó hacer. Se dejó invadir con esa confianza que solo dan años de trato, de descubrimiento mutuo. Cuando sus manos se encontraron, una acarició su espalda baja, la otra le agarró la nuca. Él la empujó suavemente contra la encimera, y ella se dejó llevar. Las tazas seguían ahí, sobre el mostrador, humeantes, como testigos silenciosos.

—¿Te acuerdas que una vez dijiste que el sexo era como hacer arepas? —preguntó él mientras le desabrochaba la blusa.

—¿Sí? —respondió ella, entre dientes.

—Que hay que darle su tiempo, que no se apura, y que si se quema la masa, ya no sale buena. Pero si se cocina bien… —Mateo le pasó la mano por dentro de la falda, hasta rozar la tela de su calcetín— …se siente el calor en los dedos.

Ella soltó una risita ahogada y le metió la mano dentro del pantalón, con la palma abierta, como si fuera a coger un pito recién salido del horno. Él jadeó, por primera vez en ese encuentro. No fue gritar, no fue gemido. Fue un sonido corto, casi vergonzoso, pero auténtico.

—Viejo… —dijo ella—. Tú siempre me haces esto.

—¿Qué cosa?

—Me haces sentir que soy la primera vez, aunque ya sabemos los pasos.

Mateo la miró, con los ojos humedecidos, y le besó la frente, luego la nariz, luego los labios de nuevo, más lento, más hondo. Bajó la mano por su muslo, hasta el calcetín, y tiró suavemente del elástico. Laura levantó una pierna para ayudarlo, y él le deslizó la prenda hasta el tobillo. Luego, con la misma lentitud, le subió la falda hasta la cadera.

—Dime si quieres que pare —susurró él.

Ella le agarró la cara con ambas manos, lo acercó hasta que sus frentes se tocaron, y le respondió con una frase que sonó como una promesa:

—Si para ahora, no sale buena la arepa.

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