El Juego de la Llave Maestra
5 minEl Juego de la Llave Maestra
Vos tenés que saber que no arranqué esto como un acto de rebeldía, ni como un capricho de fin de semana. Empezó con una llave. Una llave vieja, de bronce oscuro, que encontré en el cajón del escritorio de mi vieja cuando la despeinaba para irse a dormir. No era de casa. No era de nadie que conociéramos. Y, sin embargo, me di cuenta de que se movía con suavidad en mi mano, como si ya hubiera estado esperando a que la tomara. Ella me miró, y no dijo nada. Solo me sonrió con esa sonrisa que tenés cuando algo se te escurre por la espalda y no querés que lo note nadie.
—¿La guardás o la tirás? —le pregunté.
—Guardála —dijo, y se volvió hacia la ventana, donde el sol se deshacía en ondas doradas sobre el río—. Alguien la perdió. Tal vez la esté buscando.
No era cierto. Lo sabíamos los dos.
La guardé en el bolsillo de atrás del pantalón, y esa noche, mientras ella dormía con los ojos cerrados y la respiración pausada, yo la tomé entre los dedos y la pasé por la curva de mi muñeca, imaginando otra piel, otro ritmo, otra forma de hacer temblar la piel. Fue la primera vez que pensé en ella con esa palabra: *llave*. Porque sabía que no era solo un objeto. Era una promesa. O un desafío.
Al día siguiente, cuando volví del trabajo, ella ya había preparado la cena. Vino tinto, pan recién horneado, queso curado, y dos vasos que brillaban bajo la luz de la lámpara de mesa. Se sentó frente a mí, con la blusa abierta dos botones de más, y me miró fijo, sin pestañear.
—¿Te acordás de cuando fuimos a la casa de campo, hace dos años? —me preguntó, con la cuchara suspendida a medio camino de la boca.
Claro que me acordaba. Habíamos ido porque decíamos que necesitábamos “aire puro”. Y lo fue. Pero lo que me quedó grabado no fue el campo, ni el río, ni el silencio. Fue la forma en que me miró cuando me quitó la camisa con los dientes, cuando me obligó a hacerme pequeño bajo su cuerpo, cuando me dijo, con la voz baja y templada como el brillo del cuchillo de la cocina: *"Aprendé a esperar. A veces, lo que más querés no se entrega: se gana."*
—Sí —dije—. Me acordé.
Ella me sonrió, y esta vez la sonrisa no era de recuerdo. Era de desafío.
—Bien.
No volvimos a hablar de la llave. Pero yo no la saqué del bolsillo. La sentía contra la piel, fría, viva. Como una promesa que no se había cumplido aún.
Esa noche, cuando ella se levantó de la cama, no me di cuenta al principio. Solo escuché el rozar de sus pies descalzos sobre el piso de madera, el susurro del camisón contra la piel. Me giré. La vi de pie junto a la puerta entreabierta, con la luz del pasillo marcándole el contorno del cuerpo: las curvas suaves de la cadera, la curvatura de la espalda baja, el modo en que su pelo, suelto, le acariciaba los hombros.
—Vení —dijo.
No era una orden. Era una invitación que sonaba como una sentencia.
Me senté. Me levanté. Caminé hasta ella. Y cuando estuvimos frente a frente, me tomó la mano derecha, la que tenía la llave, y la apretó contra su pecho.
—Sentí —me susurró al oído—. Sentí lo que hacés con ella cuando creés que no lo noto.
Me miré los ojos, y yo sentí que el aire se espesaba. No mentí. No mentí nunca.
—Lo noto —dije.
—Entonces —me preguntó, con la voz casi un susurro, pero con un peso que me hizo temblar los muslos—, ¿qué querés que haga con vos?
Le respondí con la verdad, la más cruda, la más desnuda: —Quiero que me la guardes vos. Que la guardés en algún lado donde yo no la pueda tocar. Donde yo no la pueda usar. Donde yo no pueda… elegir.
Ella no se movió. Solo me miró, y en sus ojos hubo un destello que no era solo deseo: era victoria.
—Bien —dijo de nuevo—. Vamos a jugar.
La seguí al cuarto de baño. No era un cuarto de baño cualquiera. Había limpiado todo: espejo, grifería, toallas. Pero no era por orden. Era por ritual. Ella se paró frente al espejo, se bajó la blusa por los hombros, y me pidió que la ayudara con el sostén. No lo desabroché. Solo lo jalé hacia abajo, con cuidado, hasta que los pechos quedaron al descubierto, redondos, firmes, con los pezones ya endurecidos por la espera.
—Mirá —me dijo, y me puso la mano sobre la nuca, obligándome a mirar el espejo—. Mirá cómo me mirás. Mirá cómo me tenés ganas.
Lo hice. Y lo que vi no fue solo deseo. Fue reverencia.
—Ahora —dijo, y me pidió que me arrodillara—, sacá la llave.
Lo hice. La saqué despacio, como si fuera un arma. Como si fuera un secreto.
Ella la tomó con la mano izquierda, y con la derecha me obligó a abrir la boca. La puse allí, entre mis labios, y me miró mientras yo la sentía fría, metálica, imponente.
—La guardé —me dijo—. Ahora tenés que ganártela.
No era un juego. Era un pacto. Y yo, con la llave entre los dientes, con la boca llena de metal y de promesas, juré por todo lo que había jurado antes: que le pertenecía. Que siempre le pertenecería.
Y entonces ella me levantó la cabeza, me besó, y me dijo, con la voz más suave que he escuchado en mi vida:
—Bienvenido al juego, mi pija. Ahora, hacé lo que te digo. No lo que querés.
Y yo, con la boca aún llena de la llave, con la mente hecha cenizas de deseo, solo pude asentir.
Porque cuando la llave te la da ella, no tenés otra opción que abrir.
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