El Jardín de las Cadenas de Seda

El Jardín de las Cadenas de Seda

@la_condesa ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 3 min de lectura

La primera vez que vi a Rafael, no lo vi de inmediato. Lo sentí antes: el ligero cambio en la temperatura del aire, como cuando una brisa recorre una habitación cerrada y alguien acaba de entrar sin anunciarlo. Yo estaba en el balcón del penthouse, con una copa de vino tinto medio vacía, vestida con una bata de seda negra que apenas cubría mis muslos y se abría con un nudo deslizante en la espalda. El viento jugaba con la tela, pero yo no me inmutaba. Sabía que el frío no me importaba tanto como la atención que esperaba.

—No esperaba visitas esta noche —dije, sin voltear.

Él no respondió de inmediato. En su lugar, escuché el sonido de sus pasos: firmes, pausados, como si cada uno fuera una decisión tomada con intención. Se detuvo a un metro, lo suficientemente cerca como para que percibiera su perfume: madera de cedro, pimienta negra y algo más, algo cálido y animal, que no venía de una botella.

—No vine como visitante —dijo, y por fin me giré.

Rafael era alto, de hombros anchos y piel oscura, pero no era la oscuridad lo que me fascinaba. Era su mirada. No era sumisa, ni agresiva. Era *calma*. Una calma que no se deja sacudir con facilidad, como el fondo de un lago profundo. Tenía las manos en los bolsillos, pero no por timidez: por elección. Como si supiera que cada gesto, por mínimo que fuera, tenía peso.

—¿Entonces por qué estás aquí? —pregunté, acercándome un paso, suficiente para que la seda se pegara a mis muslos cuando caminé.

—Porque escuché que le gustan las reglas. Y también que le gustan las que se rompen… con elegancia.

No sonreí. No era necesario. Me detuve frente a él, lo suficientemente cerca como para ver el brillo del vaho en su respiración, para notar cómo su pecho se elevaba, apenas perceptible, cuando me miró de arriba abajo, sin apuro, como si estuviera leyendo un poema que ya conocía y aún así le emocionara repetirlo.

—¿Y qué reglas crees que me gustan?

—Las que no se escriben —respondió, y por primera vez, extendió una mano. No hacia mí, sino hacia la bata, hacia el nudo que colgaba a un lado de mi espalda—. Pero que se deshacen con una sola palabra.

No me moví. No respiré. Dejé que sus dedos rozaran la tela, que la seda se deslizara bajo su pulgar, que su tacto fuera tan breve que podría haber sido un error… si no fuera por el modo en que mi piel lo recordó.

—¿Una sola palabra? —susurré.

—Sí —dijo, y ahora sí me miró a los ojos—. Pero primero quiero escuchar la tuya.

El viento volvió a mover la seda, y esta vez, no fue indiferente. Se abrió más, dejando al descubierto la curva de mi cintura, el inicio de la sombra que baja hacia el ombligo. Rafael no avanzó. No tocó. Solo esperó. Como quien espera a que la puerta se abra, no por fuerza, sino porque alguien decide abrir desde adentro.

—¿Y si no quiero hablar? —pregunté, y por fin, una sonrisa le rozó los labios. Pequeña, real. No de conquista. De entendimiento.

—Entonces —dijo—, la seda se romperá de todos modos. Solo que esta vez, será con más lento.

Supe, en ese instante, que no se trataba de piel. Ni de cuerpo. Se trataba de confianza: de que uno permitiera al otro ser el primero en quebrar el silencio. Y yo, que había estado tanto tiempo al mando, sentí por primera vez en meses el placer de soltar el control… sin perderlo.

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