El fin de semana en casa de mi hermana

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Nunca pensé que algo así me pasaría a mí, a mis cuarenta y siete, con dos hijos grandes y una vida tan ordenada. Pero la verdad es que desde que vi a Diego, el novio de mi sobrina, sentí algo que hacía años no sentía. No es que sea un pibe, no, tiene treinta y dos, pero tiene esa mezcla de madurez y descaro que me encendió de una forma que ni yo misma entendía. Y todo pasó ese fin de semana que mi hermana se fue a Mar del Plata con su marido y me dejó a mí cuidando la casa… y a él.

Diego se quedó porque tenía que estudiar para un examen importante, me dijo. Pero yo sabía que no estudiaba mucho. Lo veía todo el día en el jardín, con el torso desnudo, tomando sol, los músculos marcados, el vello oscuro bajando desde el ombligo. Yo, mientras, me movía por la casa con una ansiedad rara, como si el aire estuviera cargado. Y cada vez que pasaba cerca de él, sentía que el corazón me latía más fuerte.

El viernes por la noche, después de cenar, nos quedamos los dos solos en la cocina. Hablamos de todo: de mis hijos, de su carrera, de la vida. Y de golpe, sin que ninguno de los dos lo planeara, sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo temblar. “Vos sos muy hermosa, doña Adriana”, me dijo. Y yo, en vez de corregirlo, sentí que se me encendía la concha como cuando era chica.

No dijimos nada más. Pero al día siguiente, mientras yo me ponía crema en la espalda y no alcanzaba, él se acercó. “Dejame ayudarte”, dijo. Sus manos calientes sobre mi piel, subiendo despacio, masajeando con una lentitud que me hizo gemir bajito. No me moví. Dejé que sus dedos bajaran hasta el elástico del bikini. Y cuando sentí su pija creciendo contra mi espalda, supe que ya no había vuelta atrás.

“Mirá para otro lado”, le dije, pero sin convicción. Y él, en vez de alejarse, me dio vuelta despacio, me tomó de la cintura y me besó. Un beso lento, profundo, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y yo, que hacía años que no sentía una boca así, me abrí como una flor. Me agarró del culo con fuerza, me apretó contra él, y sentí su pija dura, larga, caliente, marcándome el vientre.

Entró conmigo al cuarto, sin apuro. Me sentó en la cama, se arrodilló frente a mí y me sacó el bikini. “Qué concha más linda tenés, doña Adriana”, me dijo, y antes de que pudiera responder, ya tenía su boca ahí, chupando, lamiendo, mordiendo suave. Grité. No pude evitarlo. Hacía tanto que no me tocaban así, con devoción, con hambre. Y él no paraba. Me abrió las piernas, me sujetó los muslos y se enterró como si fuera a morirse si no lo hacía.

Cuando se paró, se sacó el short y su pija saltó libre, gruesa, con una gota de líquido en la punta. Me miró. “¿Te gusta lo que ves?”, preguntó. Y yo, sin pudor, le dije: “Vení acá a que te chupe un poco, antes de que te meta”. Se acercó, se paró frente a mí, y yo lo tomé con la mano, lo llevé a mi boca y lo chupé como si fuera un caramelo que no quería que se terminara. Lo sentí temblar, gemir, y supe que no iba a aguantar mucho.

“Quiero cogerte”, dijo. “Pero vos mandás. Como vos quieras”. Y yo, que siempre fui tan cuidadosa, tan seria, le dije: “Dame por el culo. Pero con cuidado”. Y él, con una sonrisa que me derritió, fue por aceite, me hizo poner a cuatro, me besó la espalda, me mojó bien, y entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que lo tuve adentro completo.

Grité. No de dolor, sino de placer, de liberación. Me llenó como hacía años que no me llenaban. Y empezó a moverse, lento al principio, después más fuerte, más profundo. Yo le pedía más, que no parara, que me garchara como si fuera su puta. Y él, obediente, me agarró del pelo, me dobló, y me cayó encima, follando con ganas, con fuerza, como si no hubiera un mañana.

Cuando terminamos, sudados, jadeantes, me abrazó por atrás, me besó el cuello y me dijo: “Gracias, Adriana”. Y yo, con los ojos cerrados, pensé: *Esto no fue un error. Fue un regalo.*

También en: InfidelidadIncestoAnal

¿Te ha gustado? Valóralo

0.0 · 0 votos
Reportar
Compartir

También en Maduras