El Calorcito de la Casa Vieja
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La casa de campo de los Abrego, en las afueras de Medellín, olía a tierra mojada, café recién hecho y madera vieja. Fernanda —32 años, morena, cadera ancha, piel suave como papel de arroz— había vuelto después de siete años en Bogotá, huyendo del duelo por su mamá. Su hermano menor, Mateo —28, alto, músculos de albañil, ojos que aún guardaban la chispa de los 16— la esperaba con una botella de aguardiente y esa mirada que ya no era de hermano.
—¿Te acuerdas cómo se decía cuando hacía calor acá? —le preguntó Mateo mientras le servía un vaso—. “La casa se sudaba”.
Fernanda sonrió, se quitó la blusa mojada por la humedad y se pasó la mano por el vientre. El calor pegaba como cinta adhesiva.
—Sí, pero hoy huele a ti, hermano. A sudor y a algo más… Rico.
Mateo se acercó sin prisa. Le tomó la muñeca, la arrastró hasta la cama de madera de la habitación de los abuelos, donde aún quedaban los colchones viejos y los sábanas de algodón crudo.
—¿Tú crees que papá lo hubiera aprobado? —preguntó él, bajando el pantalón. Su pito ya se alzaba, grueso, tibio, con la punta húmeda.
—Mamá lo habría hecho con los ojos cerrados y un cigarro en la boca —respondió Fernanda, ya sentada en el borde de la cama, con el short de algodón desabrochado hasta las rodillas.
Se quitó el short, dejando al descubierto su culo redondo, terso, con la piel suave como crema. Mateo se arrodilló detrás de ella, le pasó las manos por las caderas, le hundió los pulgares en los glúteos y los separó con suavidad.
—Huele a miércoles. A ti.
—Sí, hermano… huele a lo que nos robamos.
Fernanda se echó hacia atrás, apoyándose en sus brazos, mientras Mateo se deslizaba entre sus piernas. Ella le abrió más las piernas, lo suficiente para que él se metiera el dedo índice en la vulva, rozando el clítoris ya endurecido, hinchado, sensible. Ella gimió, bajo, gutural.
—¿Quieres que te lo meta ya o prefieres que te lo mame primero?
—Mámelo, papi… que ya lo siento correr.
Mateo bajó la cara, le separó los labios con los dedos y metió la lengua, lenta, profunda, rozando el orificio, buscando el punto más duro, el nudo que ya palpitaba. Fernanda arqueó la espalda, agarró una sábana con fuerza, y cuando él le chupó el clítoris con la boca cerrada, como si lo sacara de un pan, ella soltó un quejido que sonó a lamento y risa a la vez.
—¡Ah, Dios mío…!
Se lo metió dentro de la boca, la lengua enrollada, chupando fuerte. Ella se le deshizo en la cara, sudorosa, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Mateo se levantó, se quitó la camisa, se pasó la mano por el pito ya duro como piedra, lubricado con su propia pre-cum.
—Vas a sentirme bien hondo, hermanita. Como cuando eras niña y yo te llevaba en la espalda… pero ahora no es la espalda.
La giró boca abajo, le levantó las caderas con las manos y se colocó entre sus piernas. Con la punta del pito rozó su entrada, ya húmeda, ya abierta como flor de abril.
—¿Estás lista?
—Sí, carajo… mete ese pito que ya lo siento ardiendo.
Mateo empujó, lento, cada centímetro, hasta que sus testículos tocaron su culo. Fernanda soltó un grito ahogado, las uñas clavadas en la sábana, los dientes apretados. Él se detuvo, se inclinó, le besó el cuello, le mordió la oreja.
—¿Te duele?
—Jodidamente rico.
Él comenzó a moverse, con un ritmo lento, profundo, como si estuviera tallando madera. Cada empujón le sacaba un gemido, una palabra entrecortada, un “sí, así”, un “más”, un “no pare”.
Fernanda se giró, lo agarró por los hombros, y lo bajó hasta ella. Se besarón como si se hubieran olvidado del sabor del otro. Ella le chupó la lengua, le mordió el labio, y cuando él volvió a empujar, ella se le subió con las piernas alrededor de la cintura.
—Ahora sí, Mateo… dámelo todo.
Él lo dio. Con fuerza. Con ganas. Con el peso de años callados.
Se corrieron juntos. Él, gritando su nombre como una plegaria. Ella, con los ojos abiertos, el cuerpo temblando, el culo apretado alrededor de su pito, mientras la cum le salía por las esquinas, pegajosa, tibia.
—Te amo, hermano —le susurró Fernanda, con la voz rota.
—Y yo te amo, Fernanda. Siempre.
Y en la casa vieja, con el calor pegando y el sol inclinándose, se quedaron abrazados, sudados, llenos de lo que no debían, pero que necesitaban.
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