El calor del tamarindo
7 minEl calor del tamarindo
La casa de la abuela estaba en llamas de sol. Junto al albero de los limones, donde el aire temblaba como hojalata al fuego, Tomás dejó caer las llaves del camión en la mesa de zinc. Le costaba respirar. No por el calor —aunque sí— sino por la figura que se recortaba en la puerta de la cocina: su prima Lucía, con una camiseta blanca empapada en sudor y el pelo recogido en un moño deshecho, con mechones pegados al cuello.
—¿Te tardaste? —dijo ella, sin moverse del marco. La voz le salía seca, como arena frotándose contra madera.
—Tráfico en la autopista, chafa —masculló él, pasándose la mano por la nuca, sintiendo el algodón húmedo de la camisa pegarse al pecho.
Lucía se apartó de la puerta, dejando pasar una ráfaga de olor a naranja madura y jabón de coco. Se acercó a la mesa, puso dos vasos vacíos y el jarro de agua con hielo. El cristal sonó como un chasquido seco.
—Toma. Estás como un camión queso.
Él bebió de un trago, dejando que el frío le recorriera la garganta, el pecho, hasta bajarle al vientre. Lo miró por encima del borde del vaso. Ella no apartó la vista. En sus ojos había algo que no era solo cansancio: una llama pequeña, controlada, como una fogata en el centro de un campo seco.
—¿La abuela salió? —preguntó él, intentando sonar casual, pero la voz le tembló un poco en la última sílaba.
—Sí. A la misa. Se tarda una hora, más el café con las vecinas. Tienes veinticinco minutos, si te da la gana.
Él dejó el vaso en la mesa. Se paró. Ella no retrocedió.
—¿Por qué me llamaste? —le preguntó, ya sin disimulo.
Lucía se lamió los labios, lento. Un gesto que él conocía desde los quince años, cuando jugaban a las escondidas entre los muebles viejos. Hoy no había juego. Solo la tensión, densa como el aire antes de la tormenta.
—Porque me duele el culo de tanto agacharme en la huerta, y porque hoy me sentí rara desde que me desperté. Como si me hubiera comido un tamarindo agrio y me quedara con el sabor en la lengua.
Él dio un paso hacia adelante. Ella no se movió. La distancia entre ellos se acortó hasta que sus respiraciones se mezclaron. Él notó el calor de su piel, la ligera humedad debajo de los brazos, la curva de su cintura bajo la camiseta.
—Y ¿por qué no me lo dijiste en persona ayer? —le preguntó él, con la voz baja, ronca.
—Porque me daba vergüenza. Porque me dije: “Lucía, no seas imbécil, que es tu primo y ya se sabe que no pasa nada”. Pero no pasó nada… porque tú nunca me miraste así.
—¿Y cómo me miras tú?
Ella levantó la mano. No lo tocó. Solo rozó su mejilla, con la palma caliente, con la yema de los dedos que aún llevaban el rastro del tiesto de las plantas.
—Así —susurró—. Como si quisiera meterle la mano por dentro de la camisa y sentirte latir.
Él la atrajo hacia él, sin brusquedad, pero sin dudar. Sus labios se encontraron como dos gotas de agua que se funden en una superficie caliente. No hubo titubeos. Solo boca contra boca, lengua contra lengua, dientes chocando sin miedo. Ella abrió los ojos un instante, lo miró con una mezcla de miedo y gozo, como si estuviera a punto de saltar de un acantilado y supiera que alguien la iba a atrapar.
—¿Estás seguro? —le preguntó entre besos.
—Jodidamente seguro —mintió él, porque no era mentira. Era verdad.
La llevó al cuarto de visitas. El ventilador del techo giraba lento, arrastrando el aire cargado del mediodía. La cama tenía sábanas viejas, blanqueadas por el sol y el tiempo, con el borde deshilachado. Ella se quitó la camiseta sin prisa, dejando al descubierto un sostén de encaje negro, manchado de sudor en las puntas. Él se acercó por detrás, puso las manos en sus caderas, sintió la suavidad de su piel, el ligero temblor de sus muslos.
—Tienes las nalgas bien redondas —le dijo al oído—. Como cuando éramos niños y nos reíamos de que dijeran que eras “la gorda de Lucía”. Nadie sabía que ya te estabas poniendo buena.
Ella rió, un poco nerviosa, un poco orgullosa.
—Y tú, que eras el flaco del barrio, ya te estás poniendo como un toro de rodeo.
Él le desabrochó el sosténer con un solo movimiento hábil, y los pechos le saltaron hacia adelante, suaves, firmes, con pezones hinchados y oscuros. La giró hacia él, la tomó por la cintura y la alzó suavemente sobre la cama. Ella no se resistió. Solo lo miró, con las manos detrás de la nuca, los codos separados, como una ofrenda.
—¿Te acuerdas cuando jugábamos a la casa en el corral? —le preguntó él, mientras le besaba el cuello, mordisqueando la piel—. Tú eras la mamá y yo el papá. Y te decías que sí con la cabeza cada vez que yo hacía algo.
—Sí —susurró ella, con la respiración cortada—. Me decía sí. Y ahora me digo sí otra vez.
Él le quitó los shorts, lentamente, dejando al descubierto la tela negra del calzoncillo. Se arrodilló frente a ella, sin quitarse la camisa. Le separó los muslos con las manos, y le besó el centro, con la boca abierta, con la lengua suave. Ella soltó un quejido que parecía un lamento y un grito al mismo tiempo. Se le encrespó la espalda, los dedos de los pies se arquearon.
—Tomás… por dios… no me jodas tanto.
—No te estoy jodiendo —le respondió él—. Te estoy recordando cómo te gustan las cosas.
La levantó de nuevo, la sentó en el borde de la cama, y se quitó la camisa, los pantalones, la ropa interior. Ella lo miró con los ojos entreabiertos, como si estuviera viendo una imagen que ya había soñado mil veces. Su verga, gruesa y recta, con la punta húmeda, le apuntaba al vientre.
—Dame la mano —le dijo él.
Ella se la dio. Él la llevó hasta su entrepierna, y la presionó contra su verga, frotándola suavemente contra su palma.
—Siente —le ordenó.
Ella cerró los ojos. Respiró hondo. Apretó los dedos alrededor de él, con cuidado al principio, luego con más fuerza, con más confianza. Él dejó caer la cabeza hacia atrás, dejó que el calor le subiera por la nuca.
—Sí —dijo ella—. Así.
—Más —le pidió él.
Ella se inclinó hacia adelante, lo tomó con ambas manos, y lo acercó a su boca. Lo besó en la punta, con los labios tiernos, con la lengua rozando el glande. Él sintió el calor de su aliento, la humedad de su boca, la presión suave. Le puso las manos en la cabeza, y la empujó hacia abajo, poco a poco, hasta que su verga se hundió en su garganta.
Lucía no tosío. Solo lo tragó todo, como si hubiera estado esperando ese momento desde que tuvo uso de razón.
Él la tiró de nuevo hacia la cama, la tomó por las caderas, y se metió dentro de ella con un solo empuje. Ella gritó, pero no de dolor. De sorpresa. De placer. Sus uñas se clavaron en sus hombros.
—Estás apretada, joder… —le murmuró él.
—Sí… sí… sí —repetía ella, con los ojos cerrados, la frente sudorosa—. Mátame de gusto.
Él empezó a moverse, lento al principio, como si no quisiera romper el hielo. Luego más fuerte, más rápido, con la cama crujiendo como un viejo mueble de madera bajo el peso de la pasión. Ella se aferraba a él, lo besaba en el cuello, en el pecho, en la boca, como si quisiera transferirle todo lo que sentía.
Cuando llegó el momento, cuando sintió que se iba a salir de la piel, ella lo miró a los ojos y le dijo, con una voz que le temblaba pero que era firme:
—Cógeme hasta que se me salga el corazón por la boca.
Él se hundió una última vez, hasta el fondo, y se corrió dentro de ella, con un gruñido que salió del fondo del pecho, como un rugido de triunfo. Ella lo sintió, lo agarró más fuerte, y lo siguió en la ola, con un grito que se perdió en la sábana, entre el olor a sal y a sudor y a t
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