El café y el sabor de su piel
3 minEl café y el sabor de su piel
Yo lo vi por primera vez en la cafetería del edificio, donde trabajaba medio tiempo mientras terminaba la maestría. Llamaba la atención no por volumen, sino por presencia: alto, piel oscura como el caoba pulido, ojos claros que parecían tener luz propia. Se llamaba Kofi, era de Ghana, y trabajaba como arquitecto en un estudio del tercer piso. No había nada accidental en cómo me miraba: siempre una sonrisa breve, una inclinación de cabeza, como si ya me hubiera reconocido en el aire.
Una tarde, mientras esperaba mi orden, me di cuenta de que él también estaba solo. El sol poniente entraba por las vidrieras, bañando sus manos grandes y sus cejas espesas de un dorado cálido. Me acerqué —no sabía por qué— y le pregunté si había probado el café de jengibre. Me miró como si fuera la primera vez que alguien le hablaba con naturalaleza en todo el día.
—Sí —dijo, con una voz baja, ronca como el trueno lejano—. Pero prefiero el de canela. ¿Quieres compartir uno?
Y así empezó: un intercambio de cafés, de miradas que se alargaban más de lo necesario, de conversaciones que empezaban en el clima y terminaban en filosofía, en música afrobeat, en recuerdos de infancia lejos del mar. Nada forzado. Todo fluía, como si ya hubiéramos estado esperando ese momento desde antes de conocernos.
Una noche, tras una reunión de vecinos en la terraza común, se quedó ayudando a recoger sillas mientras yo preparaba mate. Me ofreció una mano para bajar una caja pesada; cuando mis dedos rozaron los suyos, both nos congelamos un segundo. Él no apartó la vista. Ni yo.
—¿Puedo…? —preguntó, casi en un susurro.
Asentí. Solo con el mentón.
Subimos al apartamento del quinto piso —el suyo—. La puerta se cerró suavemente. No hubo beso de entrada, ni palabras de promesa. Solo el eco de nuestras respiraciones, entrelazadas ya. Se quitó la camisa y mostró un torso macizo pero sereno, tatuajes pequeños en la clavícula, marcas de sol en los hombros. Yo me deshice del cabello recogido y me quedé de pie, con el vestido suelto. Me miró como si cada parte de mí fuera un mapa que quería aprender de memoria.
—Tu piel —dijo, acercándose despacio—. Es más suave de lo que imaginaba.
Sus dedos trazaron el contorno de mi cuello, luego de mis clavículas, bajando lentamente hasta detenerse en la curva de mis pechos. Me temblaban las manos cuando le ayudé a desabrocharme. Cuando el vestido cayó al suelo, no hubo vergüenza, solo una entrega tranquila, como si estuviera devolviéndole algo que ya me pertenecía.
Me tomó en brazos y me llevó al sofá. Su boca encontró la mía con una dulzura que no esperaba: no era urgencia, era curiosidad. Como si nunca hubiera besado antes, como si cada segundo fuera nuevo. Me palmeó el pecho, su lengua rozó el mio, y entonces su mano descendió hasta mi entrepierna, donde ya estaba húmeda, ya quemándome por su sola presencia.
—¿Te gusta así? —preguntó, con el pulgar presionando mi clítoris a través de la tela.
No respondí con palabras. Solo arqueé la espalda, dejándome llevar. Se quitó los pantalones y se levantó de golpe, con una energía que lo hacía parecer joven, aunque sus ojos mostraban una antigüedad serena. Me pidió permiso, una y otra vez, como si nunca pudiera darse por sentado lo que compartíamos. Me entró con cuidado, despacio, y yo lo sentí llenándome entera, como si por fin hubiera encontrado el espacio que le había estado esperando dentro.
No fue rápido. Fue profundo. Cada golpe era un latido sincronizado, cada gemido una confesión. Cuando llegamos juntos, fue como si el mundo se hubiera detenido solo para permitirnos ese instante: su cuerpo temblando sobre mí, su boca pegada a mi cuello, su semilla caliente dentro de mí, como una promesa silenciosa.
Después, abrazados, escuchamos la lluvia empezar a golpear las ventanas. Él acarició mi cabello y me susurró: —Hoy no fui solo yo. Fui tú y yo juntos. Y yo, con la voz aún rota, le creí.
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Lo erótico también vive en la intimidad de quienes ya se conocen. Escribo la complicidad, el deseo cómodo y profundo de las parejas.