El Café de las Ocho
7 minEl Café de las Ocho
La lluvia fina de mediodía le humedecía los hombros a Mateo mientras caminaba bajo el toldo de lona del Café de las Ocho. Tenía veinticuatro años, piel morena clara, ojos verdes como hojas nuevas y una barba de tres días que le daba un aire de chico que aún no Decide. Se detuvo frente a la mesa del fondo, donde ya la esperaba.
—Llegaste temprano —dijo ella, sin levantar la vista del libro que hojeaba con una mano, mientras la otra sostenía una taza de café humeante.
—Sí, no me gusta esperar —respondió él, y se sentó sin mirarla directamente a los ojos. Pero no pudo evitar notar cómo la luz del día se filtraba por la ventana y le acariciaba el cuello, donde el cabello castaño, con hebras plateadas que brillaban como hilos de plata, estaba recogido en un nudo suelto.
Cecilia tenía cuarentinueve años, divorciada, dos hijos en la universidad, y una sonrisa que no era solo confianza: era poder. Llevaba una blusa blanca abierta hasta el pecho, sin sujetador, y Mateo notó cómo los pezones, oscuros y firmes, se marcaban contra el algodón. Su vientre, plano pero suave, se alzaba sobre los vaqueros ajustados, y sus piernas —largas, tersas, sin esa flacidez que a veces viene con los años— se cruzaban con naturalidad, como si el cuerpo de ella hubiera aprendido a moverse sin pedir permiso.
—¿Un café? —preguntó ella, alzando la taza.
—Sí. Negro. Como mi ánimo hoy —bromeó él, y por fin la miró a los ojos. Ella parpadeó despacio, como si saboreara la frase.
—¿Qué te pasa, Mateo? ¿Te tiraron flores en el trabajo y te las devolvieron?
—No. Me tiraron silencios. Y miradas. Porque vine antes que todos los demás a la reunión.
Ella sonrió, esta vez con los ojos. Se inclinó ligeramente hacia adelante y el escote se abrió más, dejando ver la curva de su pecho, la piel suave como seda vieja, con una pequeña cicatriz cerca del pezón izquierdo —una herida de parto, le había confesado la semana pasada, cuando él se atrevió a preguntar.
—A los cuarenta y nueve, Mateo, uno ya no espera a que lo vean. Uno se ve a sí mismo, se toca, se escucha. Y si alguien más se atreve a mirar… bienvenido sea.
Él tragó saliva. Se sintió joven, sí, pero también desnudo. No por su ropa, sino por el modo en que ella lo miraba: como si ya hubiera leído su historia, y le hubiera elegido el final.
—¿Tú también te miras? —preguntó, apenas más fuerte que un susurro.
Ella se levantó entonces, con lentitud deliberada, y caminó hasta la silla de al lado, donde dejó caer una bolsa de tela. Se volvió, se quitó la blusa, y la colocó sobre la mesa con cuidado, como si fuera un regalo.
—¿Te gustan mis pechos, Mateo?
—Me encantan —dijo él, sin titubear.
—Entonces quédate mirando. Pero no con la mirada de quien quiere poseer. Con la de quien quiere aprender.
Él la siguió con la vista mientras se levantaba la camiseta negra que llevaba debajo. No había lencería. Solo piel, curvas suaves, la línea de su ombligo, y la sombra oscura entre sus muslos, donde el vaquero se ajustaba con tensión. Se sentó de nuevo, esta vez con las piernas abiertas una palma, como si le estuviera ofreciendo un mapa.
—Háblame de lo que sientes cuando me miras —dijo, y tomó su taza de café, llevándosela a los labios con lentitud.
—Como si estuviera frente a un río profundo… y supiera que si me sumerjo, no saldré igual.
Ella soltó una risa baja, cálida, de mujer que sabe exactamente cuánto puede dar y cuánto puede retener.
—Entonces no te saltes el río, Mateo. Nágalos. Pero primero, date cuenta de que yo también sé nadar.
Se puso de pie otra vez, esta vez detrás de él, y le pasó las manos por los brazos, con los dedos templados, con una seguridad que lo hizo temblar. Él sintió su pecho contra su espalda, y el olor a café, a vainilla, a sudor salado —esa mezcla de vida y deseo que no se fabrica con perfume.
—¿Tienes miedo? —preguntó ella, sin aliento.
—No. Tengo ganas de aprender.
Ella le acarició el cuello con la punta de los dedos, luego bajó hasta su mandíbula, y lo obligó a girar la cabeza hasta mirarla. Sus ojos estaban oscuros, brillantes, húmedos.
—Entonces vamos al cuarto de atrás. Pero primero… quiero que me mames.
Él parpadeó. No por la palabra —que en Barranquilla, donde ambos habían crecido, no era tabú— sino por la forma en que ella lo dijo: como si fuera lo más natural del mundo, como si le estuviera pidiendo un café, no su boca.
—¿Aquí? —murmuró.
—¿Te importa que escuchen? —ella se acercó más, y su entrepierna rozó la nuca de él. Él sintió el calor, la humedad ya presente, lapromesa.
—No.
—Entonces no te detengas. Y no me digas que soy hermosa. Yo ya lo sé. Solo dime qué sientes cuando me tocas.
Él se puso de pie. Le quitó el pantalón a ella con cuidado, sin apuro, y bajó la cabeza. El olor a mujer madura, a sabroso, a vivo, lo embriagó. Sus labios encontraron el monte de Venus, húmedo, caliente, cubierto de vello suave pero denso. Con la lengua, separó los labios de su vagina y encontró el clítoris, ya hinchado, ya exigente.
—Así sí —susurró ella, y se agarró del borde de la mesa, con los nudillos blancos.
Mateo la lamió despacio, con suavidad, como si estuviera descubriendo un mapa que solo ella conocía. Luego, con más firmeza, introdujo un dedo, y luego otro. Ella jadeó, y sus caderas se movieron, no de placer, sino de agradecimiento.
—Siente cómo se abre para ti —dijo ella, entre dientes—. Como si nunca hubiera estado cerrada.
Él subió la cabeza. Ella se quitó los pantalones también, y lo empujó hacia la pared, detrás de la cocina. El azulejo estaba frío, pero su piel, ardiente. Él le bajó la bragas, y ella se puso de rodillas frente a él, desabrochándole el cinturón, bajándole la cremallera.
—Tú has estado esperando esto, ¿verdad? —murmuró ella, mientras lo tomaba en la mano, con firmeza, con conocimiento.
—Sí —dijo él, con la voz rota—. Pero no como esto.
Ella sonrió, y lo guió hacia su entrada. Él se introdujo en ella, lento, hasta el fondo. Ella gimió, no de placer, sino de reconocimiento.
—¿Sientes cómo me llenas? —preguntó, y se movió contra él, subiendo y bajando con lentitud.
—Siento que me estás enseñando a respirar —respondió él.
Ella le agarró la cara y lo besó. No con pasión desbordada, sino con ternura y hambre al mismo tiempo. Él sintió su lengua, su sabor, el modo en que su pecho se apretaba contra el suyo, como si quisiera que él la llevara adentro, para siempre.
Se movieron juntos, con ritmo antiguo, como si ya hubieran hecho esto cien veces. Ella se inclinó hacia atrás, y él la tomó por las caderas, clavándose en ella con fuerza. Ella jadeó, gritó su nombre, y él sintió cómo su vagina lo apretaba, como si lo quisiera retener, como si no lo quisiera soltar.
—No te vayas sin que yo te diga que te vayas —dijo ella, entre dientes.
—Yo no me voy —respondió él—. Solo vine a aprender.
—Entonces aprende esto: que el cuerpo de una mujer madura no se esconde. Se ofrece. Se muestra. Se goza.
Él sintió que se acercaba al límite, y ella lo giró, lo puso de espaldas contra la pared, y se sentó sobre él, con las piernas a los lados de su cabeza. Se movió con lentitud, con seguridad, con sabiduría. Él la miró, y vio cómo sus pechos se balanceaban, cómo su pezón se ponía más duro, cómo su cara se relajaba, como si ya no le importara que él la viera.
—Estás hermosa, Cecilia —dijo, y por primera vez, ella lo miró fijamente.
—Gracias —susurró—. Ahora ven, y dámelo todo.
Él se corrió dentro de ella, sin prisa, con una fuerza que lo sorprendió a él también. Ella lo sintió, y se dejó caer sobre su pecho, con la cara contra su cuello.
—Eres un buen alumno —dijo ella, sin aliento.
—Gracias a una buena
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Escribo lo que pasa cuando se apaga la luz y quedan solo la piel y las palabras. Me obsesionan los detalles: un roce, un suspiro, lo que nadie dice en voz alta.