El Café de la Esquina, a las 7:30 p.m
Esa tarde me senté en la banca de madera del Café de la Esquina, con el sol del mediodía ya rendido, cediendo paso a una penumbra suave y dorada. Llevaba puesto un vestido de algodón color café con lunares pequeños, ajustado en la cintura, que dejaba ver las curvas de mis caderas sin esfuerzo. Me gustaba cómo se me marcaba el cuerpo al sentarme: las piernas juntas, la espalda recta, pero no rígida —sólo consciente. Tenía cuarenta y siete años, y por primera vez en mucho tiempo, sentía que mi piel no me traicionaba, sino que me acompañaba.
Él entró a las 7:28 p.m., con una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, los rulos negros un poco desordenados, y esa sonrisa que parecía saber que yo lo estaba esperando. Se llamaba Raúl. Treinta y ocho años, arquitecto, divorciado dos veces, con dos hijos que vivían con su mamá en Cali. No era el tipo que busco normalmente —demasiado joven, demasiado claro, demasiado limpio—, pero había algo en la forma en que me miró cuando cruzamos la puerta, como si hubiéramos estado hablando en silencio toda la semana.
—¿Valeria? —preguntó, y me llamó por mi nombre como si ya nos conociéramos desde siempre.
—Sí —respondí, y me levanté sin prisa, dejando la bolsa de tela sobre la banca—. Veniste con retraso.
—Tres minutos —dijo, y se sentó frente a mí, cruzando una pierna, dejando ver la punta de su zapato negro, pulido como si fuera a una boda.
—¿Crees que tres minutos son pocos para una mujer que ya lleva ocho horas pensando en ti? —le pregunté, mirándolo a los ojos sin parpadear.
Él se rió, suave, sin exagerar, y pidió dos tinto con leche. Cuando el mesero se alejó, me acercó la mano y me rozó los nudillos con el pulgar.
—¿Por qué hoy? —me preguntó.
—Porque ayer te vi desde la ventana del edificio, con esa camiseta negra y los pantalones ajustados, subiendo las escaleras de emergencia, y me dije: *eso* es lo que he estado esperando. No es el cuerpo —le dije, y le toqué el antebrazo—, es la forma en que caminas como si tuvieras prisa por llegar a algo, pero nunca por huir.
Él me miró en silencio, y en ese silencio, sentí que algo se movió en mí. No fue un latido acelerado, ni un calor repentino. Fue como cuando enciendes una vela en una habitación oscura: primero no se nota, pero luego ilumina todo sin apuro.
—¿Te acuerdas de la primera vez que me viste? —le pregunté.
—Claro —dijo—. Estabas tomando un café con leche, con una libreta en la mesa, y escribías algo que te hacía reír sin sonido. Me gustó que no te importara que te miraran. Que te dejaras mirar.
—Ese día no sabía que ibas a venir —le dije—. Pero hoy sí.
Él asintió, y cuando el café llegó, no lo movió. Lo dejó sobre la mesa, entre nosotros, como un puente.
—¿Quieres ir a mi casa? —preguntó.
—Sí —respondí—. Pero con una condición.
—Dime.
—Me llevas en la moto. Y no llevas casco.
Él rió otra vez, esta vez más hondo, con una risa que me subió por las venas como el primer trago de aguardiente en verano.
—¿Y si me caigo?
—Si te caes, te mimo yo —dije—. Si no, te dejo así, con el pito tieso y la cara de quemado.
Él se levantó, me tendió la mano, y yo la tomé con la seguridad de quien ya sabe que no va a soltar.
Subí detrás de él, abrazándolo por la cintura, sintiendo su corazón en la espalda, latiendo fuerte, como si supiera que algo iba a cambiar. El viento me pasó por el pelo, y cuando llegamos, su casa estaba iluminada por luces cálidas, con plantas en los ventanales y un olor a madera vieja y jabón de palma.
—Tú primero —dijo, abriendo la puerta.
Entré, y él cerró detrás de mí, sin apagar la luz del pasillo. Me dejó en el centro de la sala, con las manos a los lados y la respiración calmada. Entonces, se acercó, me tomó de la barbilla y me besó. No fue un beso de desesperación, ni de apuro. Fue un beso de descubrimiento: la lengua entrando suave, los labios moviéndose con paciencia, como si estuviera leyendo un poema en voz baja.
Me separé un poco, y le dije:
—Quítate la camisa.
Él obedeció, y cuando la ropa cayó al suelo, vi su pecho, su abdomen marcado, pero no por el ejercicio. Por la vida. Por las risas, los gritos, los abrazos. Tenía una cicatriz pequeña, casi invisible, en el hombro izquierdo, y una marca oscura en el costado, de un quemadura de cigarro. Le toqué la marca.
—Fue en una fiesta en Cartagena —dijo—. Me dijeron que no lo hiciera, pero yo ya tenía el vaso en la mano.
—Y tú ya tenías ganas —le dije.
Él asintió, y me tomó de la cintura, tirándome contra su cuerpo. Sentí su pito, blando al principio, pero endureciéndose contra mi vientre, como si reconociera el lugar donde debía estar.
—¿Quieres que te saque el vestido? —me preguntó.
—Sí —dije—. Pero no con prisa. Quiero sentir cada movimiento.
Él me desabrochó los botones de atrás, uno por uno, con los dedos temblorosos, pero con cuidado, como si cada botón fuera una página de un libro que no quería romper. Cuando el vestido se deslizó por mis caderas y cayó al suelo, me giré frente a él, sin ropa interior, con los pechos libres y los pezones duros bajo la luz tenue.
—Mira —le dije, y tomé su mano, poniéndola sobre mi pecho—. Siente cómo late.
Él me besó el cuello, y luego la oreja, y luego la boca, mientras me levantaba en brazos y me llevaba al cuarto. La cama era de madera, con un colchón firme, y una sábana blanca que olía a limón y sol.
—Acuéstate —me ordenó, con una voz que no era la suya de antes.
Lo hice, con las manos sobre el pecho, los ojos cerrados, sintiendo el calor de su cuerpo acercarse. Me separó las piernas con las rodillas, y cuando me entró, lo hizo con lentitud, como si ya hubiera estado allí antes.
—Mujer… —murmuró—. Tú sabes lo que me hace falta.
Yo no respondí con palabras. Le pasé las uñas por la espalda, le mordí el hombro, y le dije, con voz baja:
—Mámame.
Él se inclinó, y cuando tomó un pezón entre sus labios, sentí un trueno en la pelvis. Me arqueé, gritando su nombre, y él me sostuvo con fuerza, mientras me chupaba como si fuera lo único que le quedaba en el mundo.
Después, se giró sobre la espalda, y me dijo:
—Sube.
Lo hice, sentándome sobre él, con sus manos en mis caderas, guiándome, empujándome hacia abajo, mientras yo me movía con lentitud, con intensidad, con todo lo que llevaba guardado desde que entró al café.
—Más fuerte —me pidió.
Y yo lo hice. Con las uñas clavadas en sus muslos, con los pechos balanceándose, con el sudor en el cuello y el aliento cortado.
Cuando vine, fue como si el cielo se abriera en medio de la habitación. Sentí que me deshacía, que me disolvía, que era solo energía y calor y luz. Él me sujetó por la cintura, me besó la frente, y me susurró:
—Te quiero, Valeria. Te quiero como no me he querido a mí mismo en años.
—Entonces quédate —le dije—. Aunque sea hasta que el sol salga.
Él me abrazó, y en la oscuridad, con su pecho pegado al mío, con su pito dentro de mí aún, con sus dedos acariciando mi espalda, sentí que algo en mí ya no volvió a ser igual.
Esa noche no hablamos de futuro. No hablamos de edades. Hablamos de lo que sentíamos cuando nos tocábamos, de lo que nos hacía bien, de lo que nos daba miedo y lo que nos daba paz.
Y cuando el sol se asomó por la ventana, yo seguía en sus brazos, con su olor en la piel, con su nombre en la lengua.
Y no me importó ser mayor. No me importó que fuera hombre. Sólo me importó saber que, por una vez, no había mentido cuando le dije:
—Estoy aquí.
¿Te ha gustado? Valóralo