El café de la esquina
3 minEl café de la esquina
Yo tenía veinticuatro años cuando la vi sentada en la mesa de la esquina del pequeño café, entre las sombras del ventanal que daba a la calle tranquila de la colonia Roma. Ella, con sus cuarenta y nueve primaveras bien llevadas, tenía una presencia que no pedía permiso. Vestía un vestido de seda color vino, ajustado pero no llamativo, con mangas largas y un escote sutil que dejaba entrever la curva de sus pechos, firmes, plenos, como si el tiempo hubiera decidido respetarla en eso. Su cabello, negro con hebras plateadas, lo tenía recogido con una pinza sencilla, aunque una mecha rebelde le acariciaba la nuca.
Estaba escribiendo. No con laptop ni tablet: con un cuaderno de hojas amarillentas y una pluma estilográfica negra. Eso me llamó la atención primero. A mi edad, pocos usan plumas. Yo, estudiante de literatura, me fijé en todo: las uñas bien cuidadas, la postura erguida, la forma en que levantaba la taza de café sin mirarla, como si supiera exactamente dónde estaba cada milímetro de su cuerpo.
Me senté en la mesa de al lado —porque sí, por pura torpeza— y le dije lo primero que se me ocurrió: —Disculpe, ¿este asiento está libre?
Ella alzó la mirada. No era una mirada de juicio, ni de fastidio. Era una mirada de quemar, lenta, como si me estuviera desvistiendo con los ojos, sin prisas, como quien hojea un buen libro.
—Siempre que alguien lo pida —respondió, con una voz grave, cálida, como el ron con canela que mi abuela solía preparar en invierno.
Me quedé un momento con la taza en la mano, sintiendo el calor del café a través de la porcelana y algo más, algo que se movía en mi vientre, suave, como una ola que se acerca a la orilla.
—¿Escribe una novela? —pregunté, acercando mi silla un poco más.
—Algo así —dijo, y cerró el cuaderno con una lentitud deliberada—. Pero no es tan romántica como parece.
—¿Y qué es lo que es?
Me sonrió. Entonces, por primera vez, vi sus dientes: blancos, perfectos, y un poco desalineados en el lado derecho. Eso la hacía más real. Más humana.
—Es sobre una mujer que conoce a un muchacho en un café y descubre que aún puede desear algo —o alguien— que no le pertenece.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue espeso, cargado. Como si el aire se hubiera vuelto más denso, más cálido. Yo sentí el pulso en las sienes. Ella, en cambio, parecía relajada, segura. Como si ya hubiera estado allí, en esa tensión, muchas veces antes.
—¿Y qué hace esa mujer cuando lo conoce? —pregunté, bajando la voz, casi como un susurro.
—La primera vez que se tocan, es por accidente. Una mano que busca una taza, un codo que roza su brazo. Y ella siente algo. No es pasión. Es… reconocimiento. Como si su cuerpo recordara algo que su mente había olvidado.
Me levanté. No por vergüenza, sino porque ya no aguantaba sentado. Me acerqué a su mesa, con la taza vacía en la mano.
—¿Le importa si me quedo un rato más?
Ella no respondió de inmediato. Me miró fijamente, y por un instante creí que veía el reflejo de mis ojos en los suyos. Luego, con una lentitud que hacía eco de su voz, alzó una mano y pasó el dorso de los dedos por la muñeca de la mía.
—Depende —dijo—. ¿Te gusta el café sin azúcar?
Asentí, sin soltar el aliento.
—Entonces sí —respondió, y dejó su mano en la mía, un segundo más de lo necesario.
En ese instante, sentí el calor de su piel, la textura suave de sus dedos, y algo más: la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, yo no era solo un chico de veinticuatro años. Era un hombre. Y ella, con sus cuarenta y nueve, sabía exactamente cómo hacerme sentirlo.
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.