El Agujero del Río Mocoa
7 minEl Agujero del Río Mocoa
La luz del atardecer se colaba por la ventana polvorienta del cuarto trasero de la casa de Mateo, pintada de verde viejo y olor a madera mojada. Afuera, el río Mocoa sonaba como un trueno lejano, pero dentro, el silencio era denso, cargado, casi eléctrico. Mateo, de treinta y tantos, moreno de piel curtida por el sol del Cauca, con músculos de hombre que ha cargado caña y pescado, estaba sentado en el borde de la cama, con las manos en las rodillas, los ojos fijos en la puerta. Esperaba. Y sabía que venía.
Entró Camilo. Alto, fornido, de hombros anchos y cintura estrecha, con un pantalón de mezclilla desabrochado hasta la mitad del pecho y una camiseta negra empapada de sudor. Su pene, ya medio alborotado tras el calor del camino, se marcaba fuerte bajo el tejido. Llevaba dos latas de cerveza en las manos, pero no las abrió. Se las tiró a Mateo sin decir palabra. Mateo las atrapó, las dejó en el suelo y se puso de pie. No hablaban mucho. No hacía falta. Todo lo que decían se lo decía el cuerpo.
—¿Te la vas a comer o qué? —dijo Mateo, con la voz baja, áspera, pero con ese tono de hombre que ya sabe que va a gozar.
Camilo no respondió. Solo se acercó, con ese paso pesado pero seguro de quien no tiene prisa pero tampoco dudas. Se detuvo frente a Mateo, lo miró a los ojos, y le metió la mano derecha debajo del cinturón, agarró su pito con tanta fuerza que Mateo soltó un gruñido. Camilo no lo haló. Solo lo sostuvo, apretándolo, sintiendo su calor, su peso, su palpitación.
—Estás duro como una roca —susurró.
—Porque ya te quiero meter hasta la madre —respondió Mateo, con la mirada fija en el piso, en la ingle de Camilo, donde el miembro yacía pesado, ya pegado al cuerpo, la punta húmeda.
Camilo soltó el pito, retrocedió un paso y se quitó la camiseta. Mateo lo siguió con los ojos, viendo los músculos del pecho, los brazos, el vello oscuro que bajaba en línea recta hasta el ombligo y luego… hasta el pubis, donde el culo se abría como una promesa. Camilo era de esos hombres cuyos glúteos no necesitaban descripción: firmes, redondos, con un hueco profundo entre medio, que se contraía apenas se movía.
—Dame la mano —dijo Camilo, y Mateo se la dio. Lo llevó hasta el baño, al espejo. Se puso frente al espejo, se agachó, separó sus propios huevos con una mano y abrió su ano con la otra. Se miró al espejo, y con la mirada le dijo: *ahí está. Tómalo*. Mateo se acercó. Puso la mano sobre el ano de Camilo. Lo sintió: tibio, apretado, vivo. Lo rozó con la punta de un dedo. Camilo jadeó, pero no se movió. Mateo lo frotó un poco, en círculos, y sintió cómo el músculo se ablandaba, se relajaba, como si lo reconociera.
—Vas a quererme después —dijo Mateo.
—Sí, pero primero vas a sufrir —respondió Camilo.
Mateo volvió al cuarto, se quitó los pantalones y los calzoncillos de golpe. Se quedó desnudo frente a la cama, el pito tieso, la cabeza roja, el prepucio ya subido, mostrando un glande húmedo. Se echó un poco de saliva en la mano y empezó a lamerse los dedos, uno a uno, con lentitud, con intensidad. Luego se pasó la mano por el culo de Camilo, que lo había seguido y estaba acostado boca abajo, las piernas separadas, el culo en alto, como un altar.
—Mamá me dijo que no jugara con fuego —dijo Camilo, entre risas, pero con la voz temblorosa.
—Este no es fuego, carajo. Esto es lava.
Mateo puso el dedo índice en el ano de Camilo. Lo empujó un poco. Camilo soltó un gemido, bajo, gutural, como un perro que gruñe cuando le gustan las caricias. Mateo lo empujó más, hasta la segunda falange. Camilo arqueó la espalda. Mateo lo giró un poco, buscando el punto que lo hacía gemir más fuerte, y lo encontró: la pared frontal, blanda, donde todo se calentaba. Camilo gritó, una vez, corto, agudo.
—¡Aaah! ¡Jala, pendejo!
Mateo añadió el segundo dedo. Lo abrió. Lo estiró. Lo giró. Camilo jadeaba ya sin control. Las nalgas se le contraían. El culo se le abría y cerraba como una boca hambrienta.
—¿Qué más quieres? —preguntó Mateo, con los dedos dentro, sintiendo el calor, el pulso.
—¡Métetelo entero! ¡Ya no me hagas llorar!
Mateo se levantó. Se tomó su pito con la mano. Lo alineó con el ano de Camilo. Lo rozó una vez. Dos veces. Luego lo empujó, con un movimiento suave, pero firme. El ano se abrió como una flor en explosión. Camilo gritó.
—¡Joder! ¡Está grande, che! ¡Está Grande!
Mateo no paró. Lo metió hasta la raíz. El cuerpo de Camilo se arqueó como un arco. Sus manos se aferraron a las sábanas. Mateo se detuvo. Sintió el aprieto, el calor, el pulso del culo de Camilo, como un corazón enminiatura, latiendo alrededor de su pito.
—¿Estás bien?
—¡Estoy bien, joder! ¡Métetela ya, por Dios! ¡Métetela de una vez!
Y Mateo lo hizo. Lo metió. Con fuerza. Con ganas. Con el cuerpo de un hombre que había esperado mucho tiempo. La cama crujía, el aire se volvía espeso, y los gritos de Camilo se mezclaban con los gruñidos de Mateo. Cada embestida era un golpe de tambor en el silencio del cuarto. Camilo movía las caderas, buscando más, más profundo, más duro. Mateo le agarró una nalgada, la apretó, la levantó, y le clavó el pito hasta el fondo.
—¡Ese culo es mío ahora! —gritó Mateo.
—¡Es tuyo, joder! ¡Mámelo, pendejo! ¡Mámelo hasta que te quedes sin aliento!
Mateo lo volteó de golpe. Camilo, boca arriba, con el pito aún dentro, con el culo aún lleno, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Mateo se inclinó, le mordió un pezón, le lamió el cuello, le clavó los dientes en el hombro. Camilo se estremeció. Mateo siguió metiéndolo, más rápido ahora, con un ritmo que no dejaba espacio para el pensamiento. Solo para el cuerpo. Solo para el pito, el culo, el sudor, el olor a hombre, a deseos viejos que por fin se cumplen.
Camilo se acercó a Mateo. Le metió la mano al bolsillo trasero de los pantalones que yacían en el suelo. Sacó un pequeño frasco de aceite. Lo abrió. Se echó un poco en la mano y empezó a frotársela en el culo. Mateo lo miró, con los ojos medio cerrados, con el pito aún dentro, palpitando.
—¿Qué demonios estás haciendo?
—Te lo voy a hacer fácil —dijo Camilo, y se inclinó, y empezó a meterle el dedo por atrás. Mateo soltó un gruñido. Camilo lo hizo con calma, con ternura, pero con fuerza. Metió un dedo. Dos. Tres. Mateo jadeó. Camilo se inclinó más, y puso su pito en el ano de Mateo. Lo rozó. Lo empujó. Mateo se abrió. Camilo lo metió. Lento. Profundo. Hasta la raíz. Ambos gritaron.
—¡Aaah! ¡Joder! ¡Joder!
Se quedaron quietos. Los dos con el pito dentro del otro. Los dos con el sudor corriendo por sus cuerpos. Los dos con el corazón a mil por hora. Luego, con lentitud, Camilo se empezó a mover. Mateo lo siguió. Se embestían. Se mordían. Se lamían. Se gritaban al oído palabras sucias, palabras que solo se dicen cuando ya no queda nada que perder.
El río Mocoa seguía sonando afuera. Pero dentro, no había ruido. Solo el sonido del cuerpo. Solo el sonido del culo. Solo el sonido del pito. Solo el sonido del deseo, puro, crudo, sin filtros.
Camilo se vino primero. Con un grito, con la cara扭ada, con las piernas temblando. Mateo lo sintió, lo apretó, lo clavó más fuerte. Y se vino él también. Se llenó del culo de Camilo. Se vino con fuerza, con ganas, con todo lo que llevaba guardado. Se vino
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