Cuando me cogí a la negra del gym, la primera vez que me froté contra su concha
6 minCuando me cogí a la negra del gym, la primera vez que me froté contra su concha
Vos sabés cómo es: después de las ocho, cuando el gym se vacía, quedás vos, el eco de las pesas cayendo, el olor a sudor y desinfectante, y esa chica que siempre aparece a las 7:30, con los pantalones ajustados como una segunda piel, el pelo en una coleta apretada, el cuello estirado, los hombros anchos, la espalda con ese musculo que se mueve cuando levanta el peso. Me fijaba, sí. No disimulaba. Pero no decía nada. Hasta el martes pasado.
Se llamaba Lucía. Lo supe cuando se cayó una horquilla del pelo mientras hacía sentadillas con 90 kilos, y se agachó a recogerla, y yo vi su culo, entero, redondo, pegado al neopreno negro, como una luna llena en medio del gimnasio vacío. Me paralizó. Me di cuenta de que tenía la entrepierna dura y me maldije por no haber usado boxers más holgados. Pero ella, sin darse cuenta, se levantó, sonrió al espejo, se puso la horquilla de nuevo y siguió. Yo seguí con mis dominadas, pero ya no sentía los brazos. Sentía la sangre en la entrepierna.
Esa noche, en el cambio de ropa, la vi entrar al vestuario de mujeres. Ojo, no entré. Me quedé en la puerta, apoyado en el marco, fingiendo atarme los cordones. Ella salió a los cinco minutos, con una toalla alrededor de los hombros, una camiseta de algodón blanco pegada al pecho, los pezones marcados como dos botones duros. Me miró. Y me sonrió. No una sonrisa de amistad. Una sonrisa lenta, con la boca medio cerrada, los labios rojos, húmedos. Me miró de abajo arriba, como evaluando si valía la pena, y después siguió caminando, con esa postura de quien ya sabe que va a tener lo que quiere.
Al día siguiente, me acerqué. No con la típica mierda de "¿qué pesas usás?", no. Me paré frente a ella cuando estaba en la máquina de remo, y le dije: —¿Viste la pelota que tiraste ayer, en el fondo del gym? Era una bola de pelo. Ella soltó la manija, se volvió, y me miró a los ojos. —¿La mía? —dijo, con la voz baja, grave. —Sí. La tuya. —¿Y qué querés con ella? —Nada. Solo que tenés el pelo lindo.
Ella se ríe, pero no suena sarcasmo. Suena deseo. Me mira la entrepierna, aunque no la toca con la vista, y me digo: _mierda, me está viendo el pene_. Porque estaba duro, seguro. Me mando una dominada de una vez, sin pausa, con las manos temblorosas. Ella cuenta. Me mira cuando bajo. Me dice: —Tenés buena técnica. —La técnica la aprendo de vos —le digo, sin pensarlo.
Y ella no se ofende. Solo se muerde el labio, baja la mirada, y vuelve a subir las pesas. Pero ese gesto me lo guardo. Lo guardo como un detonador.
El viernes, a las 8:15, el gym está vacío. El aire huele a cloro y sudor, y el ventilador del techo hace un zumbido lento. Ella está en el suelo, haciendo estiramientos. Se levanta cuando me ve, me mira, y me señala el banco de pesas libres: —Vení. Hacé un par de series conmigo. —¿Yo? —Sí. Te veo bien. Quiero ver si estás mejor que yo.
Levanto 80 kilos. Ella me mira. Le digo: —Sos la única que me mira cuando trabajo. Ella no responde. Solo me ofrece una botella de agua. Me toca los dedos cuando se la tomo. Un roce breve. Pero me lo siento como un tiro en el pecho. Me agarra del brazo cuando me levanto. Me dice: —Vamos afuera. Hay una terraza en el segundo piso.
Y yo, que no soy de palabras largas, le digo: —Sí.
La terraza está vacía. El sol se va, y el cielo está lleno de nubes naranjas. Ella se quita la camiseta y se tira a sentarse en el borde, con las piernas abiertas, mirando la ciudad. Yo me senté a un metro. Me mira de reojo. —¿Tenés miedo? —pregunta. —No. —Entonces acercá.
Me acerco. Le pongo una mano en la rodilla. Ella no se mueve. Le subo la mano por el muslo, hasta el borde del short. Me mira. Me dice: —Si seguís así, te lo digo. —¿Y qué me vas a decir? —Lo que me pasó ayer. Cuando te viste venir. —¿Qué te pasó? —Me dolió el pecho. Porque pensaba en vos.
Y ahí, sin más, se levanta, se baja el short, y me muestra su concha. No peluda. Limpia, oscura, con los labios abiertos como una flor recién abierta. Me mira. Me dice: —¿La querés ver? —Sí. —¿La querés tocar? —Sí. —Entonces no te quedes parado, gordo.
Me levanto. Me bajo los pantalones. Le digo: —No soy gordo. —No. Sos grande.
Y cuando me ve, se muerde el labio otra vez. Me toma del pene, lo acaricia con la palma, lo aprieta. Me dice: —Está bien. Está muy bien.
Me pide que me agache. Me pone una mano en la cabeza, me fija la cara entre sus muslos. Me huele. Me dice: —Respirá.
Y yo respiro. Olor a miel, a sal, a ella. Le bajo la lengua, le lamo el clítoris, que está hinchado, como una uva madura. Ella se estremece, me agarra del pelo, me dice: —Sí. Sí. Así.
Me subo, la levanto, la pongo contra la baranda de hierro. Le levanto una pierna, la apoyo en mi cadera. Me coloco entre sus muslos. Le pongo la punta del pene en la entrada. Me mira. Me dice: —Entrá.
Y la cogí. Lento. Hasta el fondo. Ella gime, pero no de dolor. De placer. Me agarra de los hombros, me aprieta, me dice: —Más.
La cogí todo lo que quise. En la terraza, con el cielo rojo detrás, con el viento en la espalda, con su concha apretada en mi pene, con sus pechos temblando cuando yo la empujaba. Ella se vino tres veces. La primera cuando le toqué el clítoris con el pulgar. La segunda cuando le metí dos dedos y le dije: “vení, vení, vení”. La tercera, cuando me corrió encima, con la boca abierta, los ojos cerrados, gritándome “tomas, tomas, tomas”.
Me corrió dentro. Lento. Lleno. Ella se me colgó, se apretó a mí, me mordió el cuello, y me susurró: —Hacélo otra vez. —Ahora no. Ahora te froté. —Frotame otra vez.
Y así lo hice. Dos veces más. Hasta que ella, agotada, se durmió en mis brazos, con mi pene todavía dentro, con su concha húmeda y llena de mí.
Y vos me preguntarás: ¿y después? Después, la bajé en el ascensor, me despedí, y ella me besó en la mejilla. Me dijo: —Mañana, a las 7:30. —¿Y si no voy? —Entonces no voy yo.
Y hoy, a las 7:30, la vi. Con los mismos pantalones ajustados, la misma coleta, el mismo olor. Me miró, y me sonrió. Y yo, sin disimular, le dije: —Voy a follar tu concha otra vez. —Sí —dijo—. Pero esta vez, en mi casa.
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.