Una noche que nunca supimos que iba a pasar
4 minUna noche que nunca supimos que iba a pasar
La lluvia golpeaba suave contra los vidrios del departamento de Florencia, como si el cielo también estuviera esperando. Mariano estaba en el sofá, con una pelota de fútbol en la tele apagada y el vaso medio vacío de yerba ya fría. Ella lo miraba desde la cocina, con la espalda descubierta por la camiseta de algodón que le quedaba chata, los hombros redondeados, los brazos finos y las uñas pintadas de un rojo oscuro que ya se estaba descascarando. No dijo nada. Solo se acercó despacio, se paró detrás de él, y puso las manos sobre sus hombros.
—¿Viste cómo cayó la pelota? —dijo ella, sin tocarlo todavía, como si temiera que el aire entre ellos se rompiera.
—No la vi entrar —respondió Mariano, y por primera vez en horas se giró para mirarla bien. Sus ojos encontraron los de Florencia, húmedos de sueño y deseo contenido, como una calle vacía después de la tormenta.
Ella se sentó a su lado, cruzó las piernas, y se pasó una mano por el cabello, deshaciendo el nudo que tenía en la nuca. El pelo le cayó en cascada sobre los hombros, oscuro, brillante, con reflejos de miel bajo la luz del mesador.
—Hacéme el favor de tocarme —dijo, bajito, sin mirarlo.
Mariano no dudó. Le tomó la mano, la pasó por su muslo, por la cintura, por la curva de la espalda baja. Ella suspiró, cerró los ojos, y se inclinó hacia adelante, hasta que su pecho rozó el de él. No era la primera vez que estaban así, pero había algo en la manera en que la lluvia tapaba el silencio, en que el reloj del horno marcaba las once y diecisiete, en que el silencio se sentía denso y pesado, como si el mundo se hubiera detenido solo para ellos dos.
—Vos me mirás como si no me hubieras visto en meses —dijo ella, cuando él le acarició el cuello con la yema de los dedos.
—Porque me faltás. Cada día un poco más.
Florencia sonrió, pero no fue una sonrisa alegre. Fue una sonrisa de quien sabe que algo está a punto de cambiar. Se levantó, le quitó la camiseta sin romper el contacto visual, y se puso de pie frente a él, con las manos apoyadas en sus rodillas. Mariano la miró sin prisa: las curvas suaves de su vientre, la línea oscura que bajaba desde el ombligo hasta el borde de sus calzas, los senos firmes, con pezones tiesos ya por el frío o por el deseo.
—Vení —dijo ella, y le tendió la mano.
No fue una invitación. Fue una orden suave, como cuando el viento te llama desde el balcón abierto. Él se levantó, la tomó de la mano, y la llevó al cuarto. En la penumbra, sin encender nada, la desvistió con lentitud: primero las calzas, luego el sujetador, y por último, con cuidado, la braguita que ya estaba húmeda. Ella no dijo nada. Solo lo miró, con los ojos medio cerrados, mientras él se quitaba la ropa, lento, como si cada prenda fuera un recuerdo que se dejaba caer al piso.
Cuando quedaron desnudos frente a frente, Florencia se acercó, le pasó la mano por el pecho, por el vientre, hasta agarrarlo con firmeza.
—Me tenés ganas, ¿no? —susurró.
—Te tengo toda la ganancia del mundo, pija —respondió él, y la besó.
No fue un beso apasionado al principio. Fue un beso de retorno, de quien volvió a casa después de una larga ausencia. Luego, con más hambre, más urgencia, más boca, más lengua. Ella lo empujó hacia la cama, se sentó encima de él, con las piernas abiertas, y bajó su cuerpo hasta que su concha rozó su pija.
—Quiero sentirla entrar —dijo, y se hundió sobre él con un movimiento suave, profundo, definitivo.
Mariano contuvo el aliento. Florencia cerró los ojos y empezó a subir y bajar, con ritmo lento, con las manos aferradas a sus hombros, con el cuello estirado y la boca entreabierta. Él la siguió, con las manos en sus caderas, con los dedos hundidos en su piel, con el pecho pegado al suyo.
—Sí, así, garcháme —dijo ella, sin vergüenza, con la voz rota por la emoción.
Él la cogió con fuerza, la llevó hasta el fondo, y cuando ella se vino, gritó su nombre como si fuera una oración. Mariano la siguió segundos después, llenándola de todo lo que no sabía que tenía guardado.
Después, los dos sudados, los dos sin aliento, Florencia se tendió a su lado y le acarició el rostro con la mano temblorosa.
—Nunca más dejes de mirarme así —dijo.
—Prometido —respondió él, y la besó de nuevo, esta vez con ternura.
La lluvia seguía cayendo. Pero esta vez, el silencio ya no era vacío. Era un silencio que sabía a ella, a su cuello, a su risa baja, a su concha abierta, a su culo sudado, a su voz que decía *más*.
¿Te ha gustado? Valóralo