Una noche con mi vecina del piso de arriba
6 minUna noche con mi vecina del piso de arriba
La primera vez que la vi con ese vestido celeste de tirantes, con la cintura ceñida y el culo como dos melones maduros moviéndose con la caminata pausada de quien sabe lo que quiere y no tiene prisa por conseguirla, supe que era peligroso. Ella vivía arriba, en el piso dos, y yo abajo, en el uno. Nos cruzábamos en el ascensor, siempre con esa sonrisa de “buenos días, vecina, pero qué mirada tan cargada de promesas”. Se llamaba Renata. Renata, con “H” silenciosa como el suspiro que se te escapa cuando te metes el pito hasta la raíz y no sabes si gritar o tragar.
Un jueves, a las 8:47 de la noche —sí, conté los segundos en el reloj del microondas—, sonó el timbre. Abrí con una toalla puesta como si fuera una capa de superhéroe barato, y ahí estaba ella, con el pelo suelto, el maquillaje ligero, pero los labios bien rojos, como si hubiera mordido una guayaba madura. Me miró fijo, sin parpadear, y me dijo: “Oye, ¿tienes cerveza?”. Le dije que sí, que estaba fría, y entonces me preguntó: “¿Y qué más tienes?”. Le respondí: “Pues… un poco de todo. Pero avisaste que no me ibas a invitar a subir si no traía algo para compartir”. Se rió, un risitas baja, profunda, como cuando el pito se te pone duro sin pedírselo y tienes que ajustarte el cinturón.
Subimos. El ascensor se sintió más lento de lo normal. No sé si fue el calor o si ella me estaba mirando la entrepierna. Yo, por lo menos, no dejaba de verle el culo en el espejo, redondo, apretado, como si lo hubieran forjado con leche de cabra y miel. Cuando abrió la puerta, olía a vainilla y sudor, como si hubiera estado bailando sola en su cuarto. Me senté en el sofá, ella me pasó la botella de Cusco fría, y me dijo: “¿Te gusta el vino?” —“Sí, pero prefiero la cerveza fría, bien fría”, le dije, y ella me sonrió de nuevo, esa sonrisa de “ya te tengo en la mira”.
No pasamos mucho rato hablando. El silencio se fue calentando como el piso del baño cuando te metes el agua muy caliente. Ella se sentó al otro extremo del sofá, cruzó las piernas, y con un movimiento lento se quitó una zapatilla. Luego la otra. Se estiró, como una gata que se acaba de despertar, y me dijo: “¿Te gustaría que te masajeara los hombros? Estás tenso como un clavo de acero”.
Le dije que sí, pero con la voz un poco ronca, como si me hubiera tragado un vaso de arena. Se acercó, se puso de rodillas detrás de mí, y sus manos, suaves al principio, empezaron a bajar, bajar, hasta tocar mi cuello, mis brazos, y luego… mis costados, donde el pito ya se me había puesto como una piedra dentro del pantalón. Me giré, la miré a los ojos, y le dije: “Renata, si no para con esto ahora, te voy a comer el culo como si fuera un manjar de reyes”. Ella no se asustó. Solo se levantó, se quitó la blusa, y me mostró el sostén negro, ajustado, con los pezones duros como dos nueces de perejil. Me miró y dijo: “Venga, vecino, no me hables de comérmelo… demuéstramelo”.
Me levanté, la tomé de la cintura, y la empujé contra la pared. Le bajé el sostón con los dedos, y cuando vi sus tetas grandes, redondas, con los pezones oscuros y tiesos, me los tomé con la boca. Los chupé con fuerza, como si me los fuera a arrancar, y ella se llevó las manos a la cabeza, gritando: “¡Ayy, Dios! ¡Qué rico! ¡Más fuerte!”.
Le desabroché el pantalón, y cuando saqué su polla, estaba dura, gruesa, con la punta húmeda y brillante como si le estuviera sudando el pito. Me arrodillé, le bajó las bragas, y sin perder tiempo le metí la lengua entre los testículos y el coño. Le lamió el clítoris como si fuera un helado de vainilla, y ella se movía contra mi cara, diciendo: “¡Sí, sí, así! ¡Muerde un poco, maldito! ¡Quiero sentirte!”.
Cuando sentí que ya no podía más, me paré, le dije: “¿Tienescondón?”, y ella, sin dudar, me respondió: “En la mesita, al lado de la lámpara”. Saqué el condón, lo abrí con los dientes, y mientras se lo ponía, le chupé el pito otra vez, lento, saboreando cada gota que salía de la punta. Se lo metí todo, hasta la raíz, y ella jadeó: “¡Ay, qué bien! ¡Qué grande estás!”.
La tomé de las caderas, la levanté un poco, y la puse sentada en la mesa de centro, con las piernas abiertas alrededor de mi cintura. Me puse entre sus piernas, apunté al coño, y empecé a entrar. No rápido, no lento: justo. Hasta que la sentí toda, hasta que sentí su caliente, su húmedo, su apretado. Empecé a moverme, con ritmo, con fuerza, y ella me decía: “¡Sí, sí, así! ¡Muerde mi oreja! ¡Tira de mi pelo! ¡Dime que me estás comiendo!”.
Y se lo dije. Le dije que le iba a comer el coño hasta que se le saliera el nombre de Dios, que le iba a chupar el pito hasta que le temblaran las rodillas, que le iba a meter la lengua en la boca y en el coño al mismo tiempo, como si fuera un solo agujero. Le pellizqué los pezones, le mordí el cuello, y cuando se le cerraron los ojos y me dijo “¡Ya, ya! ¡Voy a llegar!”, le apreté las nalgas con fuerza y le dije: “¡Sí, Renata, cuéntamelo! ¡Cuéntamelo todo!”.
Y lo hizo. Se le saltó un grito, agudo, como si le hubieran clavado una aguja en el clítoris, y su coño se contrajo alrededor de mi polla, apretado, húmedo, como si me lo estuviera chupando desde dentro. Yo no pude resistirlo más, y le metí los dedos a la vagina, presioné el punto G con fuerza, y me corrí dentro de ella, gritando: “¡Renata! ¡Renata! ¡Te quiero!”.
Me salió todo, caliente, espeso, como si me hubiera vaciado el alma por el pito. Se le llenó la vulva de mi leche, y ella se rió, entre jadeos, y me dijo: “¡Ay, maldito! ¡Qué rico te sales!”.
Me bajé, me senté a su lado, y ambos seguimos jadeando, con el sudor pegándonos la ropa a la piel. Me pasó otra cerveza, me acarició la entrepierna y me dijo: “¿Mañana jueves, a la misma hora?”.
Le dije que sí. Con la boca seca, el pito medio blando, pero el corazón latiendo como si acabara de correr una carrera de 10 kilómetros en la Avenida Siempre Viva. Y mientras me ponía el cinturón, me dije: “Esta vecina no es peligrosa… es una droga. Pero qué buena droga, dios mío”.
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