Un domingo de calor en casa
Había sido un domingo pesado, de esos en los que el aire parece espeso, como si la ciudad se hubiera quedado sin aliento. El sol pegaba fuerte tras las cortinas blancas, rayando el piso de madera con líneas doradas que se movían lentas, como si también ellas tuvieran pereza. Estábamos solos en casa, los dos, sin planes, sin prisa. Tú, recostada en el sofá con los pies descalzos sobre la mesa de centro, leyendo un libro que ya no recuerdo. Yo, sentado en el suelo, apoyado en la base del sillón, con una copa de vino tinto entre las manos, mirándote sin que tú lo supieras.
No dijimos nada por rato. Solo el sonido del ventilador, el crujido de las páginas al pasar, el silencio cómodo de quienes se conocen hasta en la quietud. Pero yo te miraba. No podía evitarlo. Llevaba días queriendo tocarte, no con urgencia, sino con ganas de saborearte, de deshacerte con calma. Tus piernas estaban abiertas apenas, una rendija entre ellas que me dejaba ver más de lo que debía. Y usabas ese vestido corto de algodón, el azul claro, el que se te sube sin que tú quieras, el que deja al descubierto la redondez de tus nalgas cuando te sientas.
—¿Y por qué me miras así, güerita? —te dije al fin, sin bajar la copa.
Levantaste la vista del libro, sonriendo apenas, con esa media sonrisa que me desarma.
—¿Así cómo?
—Como si no tuvieras ropa.
Te reíste, bajaste el libro y cruzaste las piernas, pero lento, como si supieras que lo hacías a propósito. Y entonces, sin decir nada, te recostaste más, abriste otra vez las piernas, como si fuera casual. Pero no lo era. Nada entre nosotros es casual cuando se trata de deseo.
Me acerqué gateando, como un animal que olfatea su presa. Apoyé una mano en tu rodilla, subí despacio, por la cara interna del muslo, donde la piel es más suave, más sensible. Tú cerraste los ojos. Yo seguí, hasta que mis dedos tocaron la orilla de tu ropa interior. Un hilo negro, apenas. No te lo quité. Solo pasé el dedo por el borde, rozando tu piel, sintiendo cómo se erizaba.
—No me toques ahí… —dijiste, sin convicción.
—¿Por qué no? —murmuré, ya con la nariz pegada a tu pierna, aspirando tu olor, ese aroma tuyo que me vuelve loco.
No respondiste. Solo abriste más las piernas. Eso fue todo lo que necesité. Bajé la cabeza y besé tu piel, justo donde el muslo se une con la ingle. Un beso suave, húmedo. Luego otro. Y otro. Hasta que, con los dientes, tomé el elástico de tu ropa interior y lo jalé a un lado. Quedó tu sexo al descubierto, mojado, brillante. No esperé. Pasé la lengua, lento, desde abajo hacia arriba, como quien prueba un manjar que conoce pero no olvida. Gemiste. Tus manos agarraron mi cabello, pero sin fuerza, como si solo quisieras sentir.
—Ay, cabrón… —susurraste.
Seguí. No tenía prisa. Sabía que te gustaba así, con calma, con lujuria contenida. Te lamí el clítoris con la punta de la lengua, apenas rozándolo, mientras un dedo entraba en ti, despacio, hasta el fondo. Moví el dedo, curvé la punta, y sentí cómo te encendías. Tus caderas empezaron a moverse, a buscar más. Pero yo no quería darte más todavía. Quería que me pidieras.
—¿Y ahora qué, güerita? —te dije, apartándome apenas.
Me miraste con ojos oscuros, húmedos, encendidos.
—¿Y ahora qué va a ser, imbécil? Chinga ya.
Sonreí. Me paré, me quité la playera, luego el pantalón. Mi verga ya estaba dura, doliendo casi. Me acerqué a ti, te tomé de las piernas y te jalé al borde del sillón. Te abrí más, sin ceremonia, y entré de un solo empujón. Fuerte. Profundo. Hasta el fondo.
—¡Ay! —gritaste, pero no de dolor. De placer. De sorpresa, tal vez.
Comencé a moverme. Lento al principio, luego más rápido, más fuerte. Tus nalgas rebotaban contra el sillón, tu espalda se arqueaba, tus tetas se movían libres bajo el vestido que ya no cubría nada. Te agarré de las caderas, te jalé hacia mí con cada empujón. Oía tus jadeos, tus “sí, así, cabrón”, tus “más, más”. Y yo, embistiéndote, sintiéndote apretada, caliente, mojada, como si tu cuerpo me dijera que nunca te habías ido, que siempre me esperaba.
—¿Te gusta? —te pregunté, sin dejar de moverme.
—Me encanta… —jadeaste—. Me encanta cómo me coges…
Eso me encendió más. Aceleré. Mis pelotas golpeaban tu culo, el sonido de nuestros cuerpos al chocar se mezclaba con el del ventilador, con tus gemidos. Me salí de repente, te tomé de las piernas y te puse boca abajo. Te subí el vestido hasta la cintura, dejé tu culo al aire, redondo, perfecto. Volví a entrar, esta vez por atrás, con fuerza, con posesión. Tú apoyaste la cara en el sillón, gemiste hondo, como si te doliera y te gustara al mismo tiempo.
—Así, así… —dijiste—. Chínchame…
Y yo te chingué. Sin piedad. Con amor, pero sin piedad. Hasta que sentí que no podía más. Salí de ti, te di vuelta, me paré frente a ti, con la verga palpitando, mojada de ti. Te tomé la cabeza y te la acerqué. Abriste la boca y me la tragaste entera. Me chupaste como si fuera la primera vez, con ganas, con hambre. Sentí el orgasmo subir, lento, inevitable. No quise correrme en tu boca. Quería verte.
Te saqué, te levanté del sillón, te llevé a la recámara. Caímos en la cama, uno encima del otro. Volví a entrar, esta vez lento, mirándote a los ojos. Y ahí, con tu mirada clavada en la mía, con tus piernas alrededor de mi cintura, me vine. Fuerte. Profundo. Grité tu nombre. Tú dijiste el mío.
Nos quedamos quietos, sudorosos, respirando juntos. El sol seguía entrando por la ventana, pero ya no pesaba. Solo era luz.
—Qué calor… —dijiste.
—Sí —respondí—. Pero ya pasó.
Y nos reímos, como siempre, después de coger. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si siempre hubiera sido así.
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