Me acosté con la dueña de la librería que me miraba desde hace dos años
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La lluvia golpeaba suavemente contra las vitrinas de *Páginas y Sombras*, una librería antigua y casi olvidada en el barrio de Roma Norte. A las 21:47, él entró por primera vez sin disimulo: Lucas, 24 años, muslos firmes bajo el jean ceñido, barba de tres días, ojos de chico bueno que no sabe aún lo que le espera. Ella lo vio entrar desde el rincón de la caja, detrás de un libro abierto. Elena, 49, pelo canoso recogido en un nudo bajo, cuello largo, pechos grandes y blandos que se movían con una lentitud propia de quien ha dado a luz y ha amado con intensidad. Llevaba una blusa blanca abotonada hasta arriba, pero la tela, fina como seda usada, dejaba entrever la curva de sus pezones, endurecidos por el aire acondicionado o por la tensión de verse observada por él tantas tardes sin que él lo supiera.
—¿Necesita ayuda? —preguntó ella, sin levantar la vista del libro. Su voz era áspera, pero con un fondo de calidez, como el té de jengibre que se deja reposar demasiado.
—Sí. Busco *Los versos del olvido*, de Cortázar. —Lucas sonrió, un poco torpe. No era tímido, pero algo en ella lo hacía sentir nuevo.
Elena asintió y se levantó. El movimiento de su cadera fue lento, deliberado. Lucas no parpadeó. Cuando ella pasó frente a él, su olor lo golpeó: vainilla, tabaco frío y humedad de piel vieja, pero viva. Él inhaló hondo. Ella lo sintió, aunque no lo miró.
—Está en el estante de poesía perdida. Tercer pasillo. —Su dedo índice rozó la nuca de él al señalar la dirección. Un roce de dos segundos, pero suficiente para que Lucas sintiera el calor subirle por la columna.
Esa noche, al cerrar la librería, ella no apagó las luces. Esperó. Él se quedó, fingiendo buscar más libros. Ella no le dijo nada hasta que el silencio se volvió denso.
—¿Por qué viniste dos veces esta semana? —preguntó, sentada ya en el sofá de cuero, una taza de té humeante entre las manos.
—Porque me miras. —Él se sentó a un metro, no más. Las rodillas casi se tocaban.
Elena sonrió, pero no fue una sonrisa de coquetería. Fue de reconocimiento. Como si hubiera estado esperando esa frase desde que él cumplió los veinte.
—Sí, te miro. ¿Y qué vas a hacer al respecto?
Él se levantó. No con brusquedad, sino con una seguridad que no le pertenecía a su edad. Se puso frente a ella. La miró a los ojos. Luego bajó, lentamente, hasta besarle el cuello. Sintió cómo su piel palpitaba. La taza tembló en la mesa.
—Quiero que me dejes hacerlo —susurró.
Elena no respondió con palabras. Colocó la taza a un lado, tomó su barba con ambas manos y lo atrajo hacia ella. El beso fue lento, húmedo, con lengua que probaba, que recordaba. Él sintió su pene endurecerse contra el pantalón. Ella lo notó, y soltó una risa baja, casi gutural.
—Tienes veinticuatro años —dijo entre besos—. Yo tengo cuarenta y nueve. No soy una niña.
—Lo sé —respondió él, desabotonándole la blusa—. Y por eso quiero estar aquí.
La despojó con calma. Le quitó los botones, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro, ya arrugado por la espera. Ella se levantó, se quitó la falda y se deslizó los calcetines. Quedó frente a él, desnuda, con la piel pálida, marcas de edad en los pechos, pero firmes, con pezones oscuros y hinchados. Entre sus piernas, el vello rubio canoso, la vulva ya húmeda, abierta, como una flor que llevaba años esperando la lluvia.
Él se quitó la camisa, los zapatos, el jean. Su pene, grueso y recto, saltó al aire, ya goteando. Ella lo miró sin rubor, como si lo hubiera soñado muchas noches. Lo tomó por la cintura y lo guió hacia el sofá. Lo empujó suavemente hacia atrás y se acomodó sobre él, con las piernas abiertas, el coño rozando su erecto.
—No tienes prisa —dijo ella—. Yo sí la tengo.
Se sentó sobre él, lentamente, y lo sintió entrar. Una sola vez. El pene de Lucas se hundió en su vagina como si supiera exactamente dónde estaba. Ella jadeó, arqueó la espalda, se mordió el labio. Comenzó a subir y bajar, con movimientos cortos, intensos, como si cada golpe fuera un juicio y una absolución.
—Sí, así —murmuró ella, mientras él le agarraba los pechos, massajeando con la palma y el pulgar los pezones, cada vez más duros—. Tú no sabes cuánto he soñado esto. Con hombres como tú. Jóvenes. Fuertes. Que saben lo que quieren.
Él la sujetó por las caderas y la empujó hacia abajo, hundiendo su pene hasta el fondo. Ella gritó. No era un grito de placer puro, sino de liberación. De algo que había estado reprimido demasiado tiempo.
—Voy a correrme —dijo ella, con la voz rota—. No lo detengas.
Él no lo hizo. La sintió estremecerse, su vagina contrayéndose, apretando como una mano firme
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Hay un deseo que arde mejor cuando se contiene. Escribo desde la melancolía y la noche, esas ganas que no se dicen pero se sienten.