Lo que pasó en la librería de enfrente

Lo que pasó en la librería de enfrente

@fernanda_luz ·6 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La lluvia golpeaba suavemente contra las ventanas de la librería *Páginas Abiertas* cuando Elena cerró la puerta tras el último cliente. Tenía 49 años, cabello castaño con hebras de plata que llevaba recogido en un moño desordenado, y ojos verdes que guardaban el brillo de muchas decisiones tomadas con calma. Se quitó los lentes de lectura y estiró los brazos, sintiendo el peso de los días largos y la suave tensión de los músculos del cuello.

—¿Te quedaste por la lluvia o por mí?

La voz vino de detrás del mostrador. Lucas, de 24 años, se apoyaba con una pierna doblada, una sonrisa tímida pero firme en los labios. Llevaba una camiseta oscura que le quedaba un poco grande, pero no ocultaba la firmeza de su torso ni el leve brillo de sudor en el cuello. Era estudiante de literatura, vecino de una calle contigua, y había entrado casi a diario las últimas tres semanas, siempre con una excusa distinta: “¿Tienen *Mida de hombre*?”, “¿Saben si sale el nuevo de Vargas Llososa?”, “¿Me recomiendas algo que no sea ficción?”.

Elena lo miró sin apuro, con esa mirada que ya había aprendido a leer sin prisas. Sabía que Lucas no estaba allí por libros. Lo había notado desde el primer momento: la forma en que sus ojos se posaban en sus manos mientras organizaba los estantes, el leve rubor que le subía a las mejillas cada vez que ella se inclinaba cerca de él para alcanzar un título.

—Quizá —respondió ella, acercándose lentamente—. Aunque no te culpo si prefieres esperar a que pare.

Lucas negó con la cabeza, un poco nervioso, pero sin desviar la mirada. Tenía la piel clara, casi translúcida en las mejillas, y una barba de dos días que le daba un aire de chico que aún no decidía quién quería ser. Pero sus manos, cuando se acercó a cerrar el portón de madera de la puerta, eran firmes, seguras.

—Me gusta esperar contigo —dijo, más bajo.

Elena se detuvo a un metro. Sentía el calor de su cuerpo a pesar de la distancia, el olor a jabón de lavanda y algo más, natural, varonil, que la hizorecordar cosas que había creído olvidadas. No era juventud lo que buscaba, ni siquiera atracción pura. Era la chispa de algo nuevo que aún no había explorado, la promesa de una intensidad distinta, no por menor, sino por distinta.

—¿Y si te invito a un café? —propuso, como si la idea le hubiera surgido en ese instante—. Aunque… creo que ya cerré hace rato.

Lucas sonrió, y esta vez fue una sonrisa completa, que le llegaba hasta los ojos. Daba un paso hacia adelante, luego otro, hasta que sus rostros quedaron a solo unos centímetros. Ella sintió su respiración, más rápida ahora, y la suya misma se entrecortó un segundo.

—Entonces… ¿está cerrado?

Elena no respondió con palabras. En su lugar, levantó la mano y acarició con el pulgar su mejilla, sintiendo el vello suave, el calor. Él cerró los ojos, apenas un instante, como si saboreara cada segundo.

—Sí —murmuró luego, y esta vez fue él quien acortó la distancia.

El beso fue lento, delicado, como si ambos supieran que no solo estaban tocando piel, sino historia. Las manos de ella se enredaron en su cabello, un poco ralo, húmedo por la lluvia, y Lucas la atrajo hacia él con suavidad, sintiendo el peso de sus pechos contra su pecho, la curva de su cintura bajo la camisa de algodón.

Se deshicieron de la ropa con calma, sin apuro, como quien hojea un libro querido. Él se despojó de la camiseta, mostrando un torso estilizado, con leve vello en el pecho y el ombligo marcado. Ella lo miró un momento, sentada en el sofá de cuero viejo, y luego se levantó, desabrochándose el suéter, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro, ya manchado por los años y los lavados, pero aún fiel a su forma.

—¿Me dejas…? —preguntó ella, y sin esperar respuesta, se arrodilló frente a él, desabrochándole el cinturón con lentitud, sus dedos rozando el borde de su pantalón.

Cuando lo tuvo en la mano, caliente y firme, Lucas exhale un suspiro profundo, los ojos cerrados, la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Elena lo miró con atención, no con devoción, sino con complicidad, como quien reconoce un territorio nuevo y lo encuentra hermoso.

—Eres hermoso —dijo, y besó la punta, sin apuro, con el sabor a sal y a deseo.

Él tembló, pero no se apartó. La tomó de la nuca y la ayudó a levantarse, guiándola hacia el sofá. Ella se sentó, cruzó una pierna, y él se acomodó frente a ella, entre sus muslos, con las manos en sus caderas.

—Déjame… —susurró ella—. Quiero sentirte dentro.

Y cuando él la penetró con cuidado, lento, Elena cerró los ojos y dejó que el placer subiera, no como una ráfaga, sino como una marea tranquila, llena de recuerdos y de nuevas sensaciones. Él se movía con una intensidad que no disimulaba, con un deseo que parecía brotar de lo más puro y honesto. Ella gemía en voz baja, con la cabeza apoyada en su hombro, sintiendo su calor, su ritmo, la forma en que su cuerpo respondía al de él, tan distinto, tan

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