Lo que pasó en la biblioteca de la facultad

Lo que pasó en la biblioteca de la facultad

@emilio_santos ·25 de junio de 2026 · 🔥 4.8 (16) · 190 lecturas · 7 min de lectura

Recuerdo el olor a papel viejo, a polvo dorado de sol filtrado por las vitreras altas, y el silencio denso de las pilas de libros en los estantes. Era jueves, a las cinco y media de la tarde, cuando ella entró con ese andar tranquilo que ya conocía desde el semestre pasado: pañuelo en el pelo, gafas redondas que le resbalaban ligeramente en la punta de la nariz, y una carpeta bajo el brazo. Me llamó la atención porque, aunque ya habíamos cruzado palabras en el pasillo —sobre el seminario de literatura comparada, sobre horarios, sobre libros que nadie más parecía querer leer—, nunca habíamos permanecido más de dos minutos juntos.

—¿Emilio? —dijo, alzando la vista cuando me vio sentado en una mesa bajo el ventanal. Su voz era suave, pero firme, como el roce de una pluma sobre papel. —Pensé que vendrías temprano.

—Sí —respondí, levantándome con un gesto que quería ser natural, aunque mis dedos temblaban apenas al cerrar el libro que no estaba leyendo. —Tenía ganas de terminar la reseña antes de que el resto del mundo apareciera.

Ella se llamaba Lucía. Tenía treinta y dos años, como yo. Estudiaba maestría en historia del arte. Y tenía esa forma de mirar cuando hablaba: no te veía de arriba abajo, sino directo a los ojos, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla.

—¿Te importa si me siento? —preguntó, ya sin gafas, con las pestañas bajadas, como ocultando una sonrisa.

—Por supuesto que no.

Se sentó frente a mí, cruzó las piernas con naturalidad, y depositó la carpeta sobre la mesa. Entre los papeles, una taza de cerámica blanca, con una mancha de café en el fondo. Me fijé en sus manos: largas, delicadas, las uñas cortas y bien cuidadas, sin esmalte. Algo en su postura me decía que, aunque aparentaba calma, también sentía el aire cargado entre nosotros.

—¿Te parece si terminamos la reseña juntos? —preguntó, sin mirarme aún. —Me ayudaste la otra vez con la estructura. Me gustó cómo lo hiciste.

—Claro —dije, y lo dije sin pensar. Porque sí: me gustaba cómo lo hacía yo cuando ella me miraba así.

Pasamos los siguientes veinte minutos releyendo fragmentos, subrayando frases, anotando en los márgenes. El sol descendía, y la luz se volvía más cálida, más dorada, bañando la mesa como si supiera lo que iba a pasar.

—¿Te acuerdas de la última vez que estuvimos aquí? —preguntó de pronto, mientras giraba el bolígrafo entre los dedos.

—¿La charla sobre el realismo mágico? —me confundí un segundo, hasta que ella asintió y me miró de frente, con una sonrisa que no era solo amable. —No, no. La otra vez. Cuando la biblioteca se quedó sola.

Ah, sí. Hacía dos semanas. Había quedado a repasar un artículo con un profesor, pero él no llegó. Lucía estaba en la estantería del fondo, buscando un libro. Nos cruzamos entre los pasillos estrechos. Nos habíamos saludado, y luego ella dijo: “¿Quieres que te acompañe?”, como si supiera que yo no tenía a nadie más a quién buscar.

—Claro que me acuerdo —respondí, sin apartar la vista de sus labios. —Fue… un buen momento.

—Sí —dijo, y esta vez no bajó la mirada. —Pensé en ti después.

Me costó tragar. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, cargado, como el aire antes de que empiece a llover.

—¿Lucía? —pregunté, más bajo. —¿Tú también te quedaste sola esa noche?

Ella asintió lentamente. Me miró con esos ojos grises, que parecían de agua en invierno: fríos, sí, pero con algo oculto debajo, algo que se agitaba si se le daba el tiempo justo.

—Sí —dijo. —Pero hoy no. Hoy no estoy sola.

Y entonces, sin más, se levantó. No con brusquedad, sino con esa seguridad que solo tienen quienes saben exactamente lo que quieren. Caminó hasta la puerta del cuarto de lectura silenciosa, cerró la persiana con un gesto pausado, y volvió.

—¿Te importa si cerramos las cortinas del ventanal? —preguntó, ya frente a mí. —No me gusta que nos vean.

—No me importa —susurré.

Ella bajó la mano, despacio, y desabrochó el primer botón de su blusa. No fue una provocación. Fue una confesión. Su cuello se ofreció, su clavícula se dibujó bajo la tela clara, y su piel, aunque no se veía aún, parecía emanar calor.

—¿Estás seguro? —preguntó, mientras sus dedos desabotonaban el segundo. —Porque esto… no es lo que pensábamos que haríamos hoy.

—No —respondí, y me levanté. Me acerqué hasta donde ella estaba, hasta que pude sentir su aliento en la mejilla. —Pero quiero saber qué pasa si lo hacemos.

Su blusa se deslizó por sus hombros, y luego por sus brazos, dejando al descubierto una camiseta fina, blanca, que dejaba entrever la curva de sus pechos. No eran grandes, pero perfectos, redondeados, con pezones oscuros y tiernos que se erguían apenas cuando la luz los tocó. Me detuve un segundo, con las manos a los costados, como si temiera que el simple movimiento de acercarme la asustara.

—Dime si quieres que pare —susurré.

Ella tomó mi rostro entre sus manos. Me besó. No fue un beso de deseo apresurado. Fue un beso de reconocimiento. De confirmación. Su boca era suave, húmeda, y sabía a café y a promesas no dichas. Me abrió los labios con la lengua, y yo sentí que el mundo se detenía.

Cuando nos separamos, ella me tomó de la mano y me guió hasta el sofá de cuero del rincón, escondido entre dos columnas de enciclopedias. Allí, entre los cojines desalineados y la sombra larga del atardecer, nos quitamos lo demás con lentitud.

Me desabrochó el cinturón, bajó la cremallera de mis pantalones con cuidado, como si estuviera desempolvando un tesoro antiguo. Y cuando sacó mi pene, ya duro y pulsante, lo sostuvo con ambas manos, lo acarició con una ternura que me hizo temblar.

—Estás tan lindo así —dijo, y me miró a los ojos mientras me acariciaba con un movimiento lento, constante. —Quiero sentirte dentro de mí.

Se quitó la camiseta, y entonces pude verla completamente: su cuerpo, su vientre plano, su ombligo, sus pechos que subían y bajaban con su respiración. Se movió hasta quedar sentada sobre mis muslos, con las piernas a los lados, y me pidió con una palabra:

—Ayúdame.

Le acaricié la cintura, bajé las manos por sus muslos, y cuando toqué su vagina, ya estaba húmeda. Su piel era suave allí, sin vello, con los labios ligeramente abiertos, como una flor que espera la primavera. Deslicé un dedo entre ellos, y ella gimió, un sonido bajo, contenido, pero real.

—Sí —dijo, y me guió con la mano hacia su entrada. —Estoy lista.

Entonces entré. Lentamente, con calma, como si cada centímetro fuera un versículo de un poema que teníamos que aprender de memoria. Su cuerpo se abrió a mí con un calor que me arrebató el aliento. Me envolvió, apretó, me acogió como si me hubiera estado esperando toda la vida.

Ella apoyó las manos en mis hombros, inclinó la cabeza hacia atrás, y cerró los ojos. Sus pechos se movieron con cada impulso, y su piel sudaba ya, brillaba bajo la luz tenue. Yo la miraba, la escuchaba, sentía cada vibración suya mientras se dejaba llevar.

—Emilio… —susurró, y esta vez su voz no fue suave. Fue ronca. Fue necesidad. —Más fuerte.

Y lo hice. No con violencia, sino con intensidad. Con ganas. Con el deseo que habíamos ido amontonando durante semanas de miradas compartidas y palabras entre líneas.

Cuando ella vino, lo hizo con un grito contenido, con los dedos clavados en mi espalda, con el cuerpo arqueado, como si el mundo entero se hubiera deshecho. Y yo la seguí, apenas unos segundos después, cuando sentí que mi semen se vertía dentro de ella, caliente, profundo, como una promesa que no necesitaba palabras.

Nos quedamos quietos, abrazados, sudorosos, con el corazón latiendo al unísono. El sol ya había desaparecido, y la luz del cuarto era apenas un resplandor anaranjado en el horizonte.

¿Qué tanto te calentó?

4.8 · 16 votos
Reportar
Compartir

¿Te masturbaste con el relato?

0se masturbaron con este relato

¿Te masturbaste con el relato?

@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

También en Pareja

Más de @emilio_santos

Ver autor →