Lo que pasó en la biblioteca
7 minLo que pasó en la biblioteca
Llegué temprano, como siempre. La biblioteca municipal, esa especie de santuario silencioso de paredes amarillentas y ventanas altas, me ofrecía su calma familiar. Me encantaba llegar antes que los demás, cuando aún no había ese murmullo constante de estudiantes y lectores, cuando el aire se mantenía limpio, casi sagrado, y los rayos del sol temprano se colaban por las cortinas como dedos tímidos.
Yo ordenaba los nuevos ingresos en el sector de literatura contemporánea. Manuales de historia, novelas de autores locales, colecciones de poesía —todo iba a su lugar, con cuidado, con respeto. Me llamaba Mateo, y aunque trabajaba allí desde hacía dos años, seguía sintiéndome un intruso entre tantas palabras ajenas.
Fue entonces que la vi entrar.
Llevaba una bolsa de tela con la tapa de un termo asomando, una chaqueta ligera sobre una blusa blanca sencilla, el cabello recogido en un nudo bajo la nuca que se deshacía ya por las puntas, como si el tiempo le hubiera dado permiso para soltarse. No era la primera vez que venía —me había cruzado con ella varias veces, siempre en silencio, siempre con esa mirada tranquila que parecía leer más allá de las líneas—, pero esa mañana, por primera vez, me miró de frente. No fue un mero roce de ojos: fue una pausa. Una pausa que pesó.
—¿Necesitas ayuda con eso? —pregunté, señalando el montón de libros que arrastraba con cuidado, como si temiera que se le cayeran los secretos.
Ella sonrió. No una sonrisa formal, sino algo más natural, más cálido, como si me hubiera estado esperando.
—Sí, por favor —dijo—. Me dan miedo las escaleras si llevo más de tres libros.
Se llamaba Sofía. Estaba escribiendo una tesis sobre narrativas feministas en la literatura latinoamericana de los años ochenta. Leía con la boca entreabierta, como si cada palabra la sorprendiera un poco. Y cuando hablaba, lo hacía lento, midiendo cada sílaba, como si no quisiera perder el sonido de lo que decía.
—¿Quieres tomar un café después? —me sorprendí diciendo, sin pensar, como si mi cuerpo hubiera tomado la delantera antes que mi mente.
Asintió sin dudar.
—Claro.
Fue así como, a las cinco y veinte de la tarde —cuando las últimas hojas de luz se deslizaban por los estantes como cintas doradas—, nos sentamos en una mesa del rincón, entre dos tazas humeantes y un silencio que ya no era incómodo, sino cómplice.
No hablamos de tesis ni de bibliotecas. Hablamos de gustos, de miedos pequeños, de sueños que llevamos guardados como cartas sin enviar. Me contó que, cuando era niña, soñaba con ser bibliotecaria de barcos: que cada volumen fuera una isla y cada lector un viajero que buscaba refugio. Yo le confesé que, desde pequeño, me había encantado la idea de que las palabras tuvieran olor: que una novela pudiera oler a lluvia, a café recién hecho, a piel de alguien que ha estado amando mucho tiempo.
—¿Crees que los libros sientan? —me preguntó, inclinándose un poco hacia adelante, y su cabello se soltó más, una hebra le rozó la mejilla.
—A veces —respondí—. Especialmente si los lees con las manos.
Fue entonces que, sin que nadie lo dijera, supimos que ese día no terminaría como los otros.
—¿Te parece si cerramos temprano? —pregunté, mirándola fijamente, sin temor.
Ella asintió, y en su sonrisa hubo algo nuevo: una promesa, apenas insinuada.
Cerramos las puertas con llave, apagamos las luces principales, dejamos encendidas solo las lámparas de lectura. El lugar se volvió más íntimo, más cálido. Las sombras se alargaron, pero no asustaban. Nos quedamos de pie frente al mostrador, sin tocar nada, solo mirándonos.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, en voz baja, como si temiera que el eco llevara nuestras palabras a lugares que no queríamos aún.
—Estoy seguro —respondí, y la tomé de la mano.
Su piel era suave, cálida, con una ligera textura de nervios en las palmas. Me dio la vuelta y nos sentamos en el sofá de lectura, el único que quedaba en el área de descanso. No nos apresuramos. Primero, sus dedos rozaron los míos, luego se entrelazaron, y luego —como si el mundo nos hubiera estado esperando—, se inclinó hacia mí y me besó.
No fue un beso de deseo apresurado. Fue un beso lento, de lengua apenas rozando labios, de respiraciones que se entrecortaban y se encontraban. Sentí su aliento en mi cuello, y el calor de su cuerpo acercándose, como si no pudiera evitarlo, como si el espacio entre nosotros se hubiera vuelto insoportablemente pequeño.
—¿Puedo? —susurró, despegándose apenas, con los ojos cerrados.
—Sí —dije—. Sí, por favor.
Desabrochó lentamente la parte superior de su blusa, dejando al descubierto la delicadeza de su clavícula, la curva suave de su hombro. La luz tenue lo hacía aún más íntimo, como si estuviéramos dentro de un sueño compartido. Pasé mis dedos por su piel, con una ternura que me sorprendió, como si temiera romper algo valioso.
—Tienes las manos suaves —dijo, y me besó en el antebrazo.
Me quitó la camisa con la misma calma, y cuando mis pechos tocaron el aire, sentí un estremecimiento que no era solo de frío. Su pecho se elevaba con cada respiración, y yo la toqué allí, sobre el corazón, sintiendo cómo latía más rápido, igual que el mío.
Nos tumbamos uno al lado del otro, como si el sofá fuera el único lugar seguro del mundo. Bajó la mano hacia mi cintura, y con lentitud, me desabotonó el pantalón, sin prisa, como si cada botón fuera una página que había que leer con atención. Cuando lo bajó, junto con la ropa interior, no dijo nada. Solo me miró, y en sus ojos hubo algo que no sabía que existía: admiración, deseo puro, pero también ternura. Como si yo fuera también un descubrimiento.
Me besó en el pene, primero con los labios, luego con la lengua, lento, saboreando, como si me estuviera aprendiendo. Sentí el calor de su boca, la suavidad de su lengua rozando la cabeza, y me dije: *esto es lo que se siente cuando alguien te quiere con las manos y con la boca y con el alma entera*.
Se incorporó entonces, y me pidió que me quitara los pantalones por completo. Lo hice, y ella me tomó de la cintura, tirando suavemente para acercarme. Se quitó la blusa por completo, y luego la falda, dejando solo una fina camiseta blanca. Me besó de nuevo, ahora con más intensidad, y su mano bajó entre sus piernas para tocar su propia humedad.
—Siento tu mirada —dijo, con la voz rota—. Quiero que me mires.
Le quité la camiseta, y allí estaban sus senos, redondos y firmes, con pezones que se endurecieron al contacto del aire. Los tomé con las manos, y los besé uno por uno, con la misma devoción con la que ella me había besado a mí.
—Quiero sentirte dentro de mí —susurró, y me sentí temblar.
Me puse de rodillas entre sus piernas, y ella me ayudó a deshacer el nudo de su pelo. Sus cabellos cayeron sobre sus hombros, y cuando me miró, sus ojos estaban húmedos, no de lágrimas, sino de algo mucho más vivo: deseo, confianza, entrega.
Coloqué la punta de mi pene contra su entrada, y esperé. Ella me dio el impulso con una cadera leve, y me dejó entrar, lentamente, como si el mundo estuviera deteniéndose para que cada milímetro contara. Sentí su cuerpo estirarse, su respiración cortarse, y luego suave, suave, empecé a moverme.
No hubo prisa. Hubo entrega. Hubo miradas que se perdían y se encontraban. Hubo besos que no eran suficientes, y manos que buscaban piel, y suspiros que se convertían en gemidos bajos, casi sagrados.
Ella se agitó primero, con un gemido que partió en dos el silencio de la biblioteca. Yo la seguí, con el corazón en la garganta y las manos aferradas a sus caderas, y cuando todo terminó, nos quedamos quietos, sudorosos, respirando a la vez.
—Gracias —dijo ella, y me besó la frente.
—Gracias a ti —respondí.
Nos quedamos así hasta que las luces de la calle iluminaron el suelo con un tono anaranjado de atardecer. Nos vestimos con calma, sin prisa, como si el tiempo se hubiera vuelto más denso, más generoso.
No dijimos adiós. Dijimos: *te llamo mañana*.
Y así fue.
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