El Café de las Once
7 minEl Café de las Once
La lluvia golpeaba suave contra las ventanas del café, un ritmo monótono que no interrumpía el murmullo de las conversaciones ni el crujir de las sillas. Era casi medianoche, y la ciudad parecía haberse retirado a sus habitaciones a respirar en silencio. En la esquina, bajo la luz amarilla de una lámpara de pie, sentada con la espalda recta y las manos entrelazadas sobre la mesa, estaba Elena. Cuarenta y nueve años, cabello canoso recogido en un nudo bajo la nuca, vestido de seda oscura que marcaba la curva de sus caderas y el volumen de sus pechos, aún firmes tras dos hijos ya grandes. Tenía los ojos grandes, oscuros, con una expresión que parecía cansada… pero no aburrida. Esperaba.
A las doce y veintidós, el campanario del reloj de la estación marcó la hora con un eco hueco. Él entró, balanceando una mochila deportiva, la capucha de su sudadera empapada, el pelo rubio clavado a la frente por la humedad. Veinticuatro años. Pecho ancho, muslos firmes bajo los jeans oscuros, labios húmedos y una sonrisa insegura que no alcanzaba a ocultar la excitación que le temblaba en las venas del cuello. Se llamaba Lucas. Había llegado media hora antes, esperado en el banco del parque, y ahora caminaba hacia la mesa como si cruzara una línea invisible que no podía volver a atravesar.
—Elena —dijo, con la voz un poco más aguda de lo que pretendía.
—Lucas —respondió ella, y se levantó con lentitud deliberada—. Siéntate. Ya te pedí café.
Él se sentó. Las rodillas le rozaron la mesa. No se atrevió a mirarla directamente a los ojos, pero no pudo evitar notar cómo la tela de su blusa se estiraba cuando respiraba: dos montes suaves, redondeados, con pezones que se marcaban como pequeños nudos bajo el algodón. Ella se inclinó ligeramente hacia adelante para tomar la taza de porcelana blanca, y él vio el hueco entre sus pechos, la línea oscura del vello que se extendía bajo el ombligo, aunque no alcanzó a ver la ropa interior. Pero lo imaginó: seda negra, de cintura alta, con un triángulo que seguramente ya estaba húmedo por anticipación.
—¿Café? —preguntó ella, sin apartar la vista de su taza.
—Sí. Gracias.
Elena asintió y llamó al mesón con un gesto mínimo. Mientras esperaban, Lucas desabrochó la mochila y sacó un sobre. Se lo entregó. Ella lo abrió con lentitud. Dentro, una foto impresa a color: una imagen en blanco y negro, antigua, de una mujer joven con una falda de tulé y un ramo de lirios. Su madre.
—La vi en el archivo municipal —dijo Lucas—. Me dijiste que me llamaras si encontraba algo.
—Sí —Elena tragó saliva, y por primera vez, su voz tembló—. Gracias.
No era la foto lo que lo había traído hasta allí. Era el mensaje que le había enviado hace dos semanas, tras semanas de buscarla en internet, en foros, en archivos de periódicos digitales. *“Sé quién es tu padre. Y sé que él nunca quiso que lo supieras. Pero yo sí quiero que lo sepas. Y quiero verte. Solo tú y yo. Sin juicios. Sin miedos.”*
Elena había dudado tres días. Luego le respondió: *“Mañana. 11:30 p.m. Café La Esquina. No lleves zapatos que hagan ruido.”*
—¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí? —preguntó ella, tratando de sonar neutral.
—Un año. Estudio en la universidad. Trabajo en una imprenta.
—¿Y antes?
—En el norte. Con mi madre. Ella… no me hablaba de ti.
Elena bajó la mirada. Su dedo índice dibujaba el borde de la taza. El anillo de plata que llevaba —una serpiente mordiéndose la cola— brilló con la luz.
—Era joven. Y asustada. Y él… él no quería responsabilidades. —Sus ojos subieron, fijos en él—. Pero tú sí quieres saber quién es.
—Sí.
—Entonces… —Elena se levantó de golpe—. Vámonos.
—¿Ahora?
—Ahora.
No esperó respuesta. Se envolvió en su abrigo de lana gris, se ajustó el cuello y salió a la lluvia sin parar. Él la siguió, dos pasos atrás, sintiendo el frío entrar por la nuca y el pulso acelerarsele en las muñecas.
Subieron a su auto, un sedán negro, viejo pero limpio. Ella no dijo nada hasta que salieron del centro, hasta que la ciudad se quedó atrás y la carretera se abrió bajo la lluvia leve. Entonces, encendió la luz interior. Lo miró de reojo.
—Tienes las manos temblorosas.
—Es… nerviosismo.
—No me digas que es por mí —dijo ella, y sonrió—. Porque si es por mí, ya es tarde para que te asustes.
Lucas tragó saliva. La miró de verdad. Vio las arrugas en los párpados, la curva de sus labios, la forma en que su cuello se alargaba cuando se inclinaba hacia adelante para apagar el faro trasero del auto. Vio los pechos redondeados bajo la blusa, los pezones duros, visibles ahora que su respiración se había acelerado.
—No me asustas, Elena —dijo, voz ronca—. Solo quiero… sentirte.
Ella no respondió. Sólo puso la mano sobre su muslo. Pesada. Segura. Sus dedos se deslizaron hacia arriba, por el tejido de sus jeans, hasta rozar el bulto que ya se formaba en su entrepierna.
—¿Qué sientes cuando me miras? —preguntó, y su dedo presionó un poco más fuerte—. ¿Penas? ¿Deseo? ¿Miedo?
—Todo —admitió Lucas—. Pero sobre todo… quiero que me toques.
Elena soltó una risa baja, grave, que resonó en el habitáculo como un suspiro antiguo. Desabrochó su abrigo, luego la primera botona de su blusa. La segunda. La tercera. Y entonces, con lentitud teatral, levantó la tela, y sus pechos aparecieron: grandes, suaves, con pezones oscuros y hinchados, como si ya hubieran sentido el tacto de sus propios pensamientos. Se inclinó hacia él, y uno de ellos rozó su mejilla. El calor de su piel lo quemó.
—Toca —dijo—. No me preguntes si puedo. Solo toca.
Él alzó la mano. Temblaba. Pero la alzó. Y cuando su palma se cerró sobre el pecho de ella, sintió la dureza del pezón bajo la piel. Lo apretó con suavidad. Ella exhaló, una exhalación profunda, casi un gemido. Y entonces, sin soltar su pecho, con la otra mano desabrochó su propio jeans, lo bajó un poco, y guió su mano hacia abajo.
—Aquí —murmuró—. Toca aquí.
Lucas metió los dedos bajo la cintura de su ropa interior. Sedablanca. Tres dedos. Y cuando los introdujo, sintió la humedad inmediata, el calor húmedo de su vagina. Ya estaba abierta. Ya lo esperaba. Él rozó su clítoris, un pequeño nudo hinchado, y ella gimió, una vez, corto y seco.
—Más —dijo, y apartó su mano para que él pudiera Meter los dedos dentro—. Mete dos.
Él obedeció. Dos dedos se deslizaron dentro de ella. Estrecha. Cálida. Ya contraída, ya apretando. Elena se inclinó hacia atrás, los ojos cerrados, la boca entreabierta. Él la miró mientras se movía, mientras sus caderas se elevaban para recibirlo. Y entonces ella, con una mano, desabrochó su propio jeans y lo bajó hasta las rodillas. Se quitó la ropa interior. Y lo miró.
—Ahora tú —dijo.
Lucas se levantó en el asiento, desabotonó su propio pantalón y lo bajó. Su pene saltó hacia afuera, grueso, rojo, con la cabeza húmeda y la prepucio ya retraído. Ella lo tomó con una mano, lo acarició desde la base hasta la cabeza, presionando con el pulgar sobre el glande. Él jadeó.
—No aguanto mucho —admitió.
—No tienes que aguantar —dijo ella, y se movió para sentarse sobre su regazo, de espaldas a él—. Sube. Yo te guío.
Lucas la ayudó. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en el tablero, y con una mano, separó sus propios labios. Él vio su vagina, abierta, húmeda, con el clítoris hinchado como una cereza negra. Elena tomó su pene, lo alineó con su entrada, y se sentó despacio. Se hundió sobre él, lento, hasta que sus genitales se tocaron. Un gemido largo, ronco, le escapó de la garganta.
—Sí —murmuró—. Ah
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