Lo que hicimos mi esposa y yo en el cuarto de invitados después de la cena
4 minLo que hicimos mi esposa y yo en el cuarto de invitados después de la cena
El cuarto de invitados olía a lavanda y madera vieja, como siempre, pero esa noche el aire se volvió denso, cargado de algo que no era perfume ni polvo, sino el silencio entre dos cuerpos que ya saben lo que se buscan sin necesidad de palabras. Leticia se detuvo en el umbral, con el vaso de vino tinto medio vacío entre los dedos, los hombros descubiertos por la blusa abierta que no había desabotonado del todo desde la cena. Daniel, sentado en el borde de la cama, no la miró de inmediato. La dejó entrar, cerrar la puerta con un clic suave, y solo entonces alzó la vista: sus ojos, oscuros bajo la luz tenue de la lámpara de pantalla verde, se clavaron en la curva de su cuello, donde el pulso latía con un ritmo más acelerado que el del vino.
—Te olvidaste el broche —dijo ella, sin acusación, con la voz baja y clara como el cristal que apoyó sobre la mesita de noche.
—Sí —respondió él, y por primera vez la miró de pies a cabeza, deteniéndose en el dobladillo de la falda que se deslizaba apenas por encima de las rodillas—. Estaba distraído.
No era cierto. Había estado observándola todo la noche: cómo se mordía el labio mientras reía con su prima, cómo se quitó los zapatos debajo de la mesa y se estiró con disimulo, cómo se pasó la mano por el muslo al cruzar las piernas. Todo calculado, todo esperado. Pero no había planeado que ella también estuviera esperando.
Leticia dio un paso más, y el suelo de madera gimió bajo sus medias de seda. Se quitó el vaso, lo dejó junto al suyo, y se inclinó lentamente, como si cada movimiento hubiera sido ensayado en la oscuridad. Sus dedos rozaron el cuello de Daniel, primero por error —o por excusa—, luego con intención, deslizándose por la nuca hasta enredarse en el pelo, tirando con suavidad para que él alzara la cara.
—¿Te acuerdas de cómo te gustaba hacerlo aquí? —susurró, y la humedad de su aliento calentó la piel expuesta.
Él no respondió. En vez de eso, levantó la mano y desabrochó el primer botón de su blusa. Luego el segundo. El tercero. Cada vez más lento, como si despojarla fuera un ritual. La tela se abrió hacia atrás, dejando al descubierto la copa del sostén de encaje negro, la curva suave de sus pechos, la línea oscura del ombligo. Ella no lo detuvo. No hizo falta. Se limitó a inclinar la cabeza hacia su hombro, mordiéndose el labio mientras su aliento se volvía más corto, más agitado.
—Hace años que no te veo así —dijo Daniel, con la voz ronca ya, y sus dedos se hundieron en su cintura.
—Entonces no me mires —respondió ella, y se inclinó hasta que sus labios rozaron la mandíbula de él—. Hazlo como si nunca hubiéramos vuelto a vernos.
Él la empujó con suavidad hacia atrás, sobre la cama, y se puso de pie. Se quitó la camisa, luego los pantalones, sin apartar la vista de ella. Leticia no lo siguió con los ojos, sino con las manos: se deslizó hacia atrás, apoyándose en los codos, dejando que la falda se deslizara por las caderas y quedara entre sus muslos. Cuando él se arrodilló entre ellos, ella ya tenía las medias deshechas, los pies descalzos, los dedos de los pies crispados contra el suelo.
No hubo prisa. Solo manos que exploraban, labios que besaban sin urgencia, respiraciones que se entrelazaban. Él se inclinó a besarle el pecho, justo encima del encaje, y ella soltó un suspiro que se perdió en la oscuridad. Cuando por fin se separaron, ella lo tiró hacia atrás, se sentó sobre su regazo y se desabrochó el sujetador con un movimiento rápido, dejando que sus pechos caieran libres. Daniel no esperó más: la atrajo hacia sí, hundió los dedos en sus caderas y la levantó un poco, guiando su entrada con una sola mano.
Ella gimió, bajo, contenido, como si temiera que alguien más pudiera escucharlo —aunque supieran que no habría nadie hasta el día siguiente—. Daniel la sostuvo allí, inmóvil, con su cuerpo hundido en el suyo, y la miró a los ojos mientras el ritmo del corazón de ella se le pegaba al suyo, latido a latido, sin prisa, sin prisa, sin prisa.
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Escribo el deseo como quien escribe un poema: con metáforas, sombras y una elegancia que no le quita nada al fuego.