La vecina del cuarto piso

La vecina del cuarto piso

@tomas_leon ·16 de junio de 2026 · 🔥 4.4 (39) · 124 lecturas · 6 min de lectura

Vivo en el cuarto piso, número 4B. Ella, en el 4C. Desde que me mudé hace tres meses, la había visto apenas: una silueta veloz entre la cocina y la puerta, con bermudas anchas y camisetas holgadas, cabello oscuro recogido en un moño desordenado, frente arrugada por el estrés de trabajar desde casa. Tenía 49 años, me dijo una tarde, mientras le ayudaba a cargar las bolsas del supermercado —ella se le habían roto— y yo, con mis 24, me ofrecí sin pensarlo dos veces. Me llamó “chaval” y sonrió como quien agradece un favor, pero con algo más debajo, una chispa que no pasó desapercibida.

Esa noche, llovía a cántaros. El agua golpeaba la ventana de mi departamento como si quisiera entrar. Estaba en camiseta, tomando una cerveza, cuando escuché el timbre. No era el portero automático, era la puerta directa. Me paré, me acerqué con la botella aún fría en la mano, y abrí.

Estaba ahí, de pie, en la entrada, con una toalla alrededor del cuerpo, el cabello mojado, gotas que resbalaban por el cuello y se perdían en el hueco entre sus pechos. No usaba ropa debajo. Lo vi antes de que me diera tiempo de procesarlo: sus pechos grandes, flacos pero firmes, con pezones oscuros y hinchados, como si ya estuvieran erectos por el calor del baño o por algo más. Tenía las piernas morenas, musculosas, con una cicatriz plateada en la rodilla izquierda.

—¿Viste que se cortó la luz? —dijo, y su voz sonó ronca, como si la hubiera usado toda la tarde—. Se me fue el aire acondicionado y no aguanto el calor si no duermo con ventilador. ¿Me dejas entrar un ratito?

No dije nada. Me aparté, le abrí la puerta de par en par, y la dejé pasar. Ella caminó adentro con la confianza de quien sabe que su espacio es el que ella defina. Se sentó en el sofá, se sacó la toalla con un movimiento rápido, y se envolvió en una manta que había en el respaldo. Pero la toalla cayó al piso, y yo la vi bien: el vello pubiano castaño, recortado con cuidado, la concha bien cerrada, los labios húmedos, como si ya estuviera preparada para algo.

—¿Te importa si me pongo cómoda? —preguntó, y se estiró, dejando que la manta se deslizara un poco más abajo, revelando una pierna entera, la curva del muslo, la suavidad de su piel.

No respondí. Me acerqué, me senté a un metro de ella, y sentí el calor de su cuerpo antes incluso de tocarla. Su perfume era a vainilla y sudor, a humedad y a algo animal, como a leche tibia.

—Vos sos distinto a los otros vecinos —dijo, sin mirarme, con los ojos fijos en la tele apagada—. No me mirás como si fuera una madre de alguien. Como si tuviera edad de ser tu vieja.

—Y vos no mirás como si lo fueras —respondí, y me atreví a pasar la mano por su rodilla. Ella no se movió. Solo dejó que la acariciara un poco, con la yema de los dedos, hasta que sentí cómo su piel se erizaba.

—¿Ves esta cicatriz? —me dijo, y puso mi mano sobre ella—. Me la hice hace veinte años, jugando al fútbol con mis hermanos. Me costó un mes caminar sin muletas. Me costó más olvidar al médico que me atendió… un tipo que me miraba las piernas como si las quisiera chupar.

Me reí. Ella también. Y entonces me miró de frente, con los ojos negros, húmedos, y me dijo:

—Sos hermoso, Tomas. Tenés los ojos de quien ya se acostó con alguien y se quedó dormido con el corazón acelerado. ¿Querés ver algo?

No tuve tiempo de contestar. Ella me tomó de la muñeca, me tiró suavemente hacia atrás sobre el sofá, y se subió sobre mí, con las rodillas a cada lado de mi cintura. Me desabotonó la camiseta con lentitud, pasó los dedos por mi pecho, y se inclinó hasta lamerme un pezón. Lo mordió con cuidado, tiró suavemente, y yo solté un gemido bajo que no pude contener.

—Vos sentís bien… —susurró, y se deslizó hacia abajo, desabrochándome el pantalón. Me sacó la pija, que ya estaba dura, negra en la punta, con la corona hinchada. Me la agarró con las dos manos, la frotó con el pulgar sobre el glande, y me miró mientras lo hacía.

—Hacélo vos —me dijo—. Quiero ver cómo lo hacés.

Me subí, la saqué de debajo, la acosté de lado, y le aparté la manta. La vi entera: sus nalgas redondas, la entrada húmeda, el ombligo profundo, los pechos que se balanceaban con cada respiración. Me puse detrás, le abrí las piernas con las rodillas, le pasé una mano por el vientre, le acaricié el muslo interior… y entonces le metí dos dedos en la concha. Ella gimió, se arqueó, y cerró los ojos.

—Sí… así —dijo, y me agarró del brazo—. Más fuerte… no, así no, chaval… más suave… sí… ahí sí.

Le hice tres dedos, la sentí temblar, y cuando sentí que se acercaba, me levanté, me lubriqué con su humedad, y le empujé la punta en la entrada. Ella jadeó, se apretó, y yo la entré toda de un golpe. Estaba estrecha, caliente, apretada como un puño que se abre y cierra alrededor de mi pija. Me puse a moverme lento, con las manos en sus caderas, y ella me decía “sí, sí, así, Tomas, cogeme bien”, con la voz rota.

Me incliné, le chupé el cuello, le mordí la oreja, le susurré al oído: “Sos linda”, “Te quiero oír”, “Garcháme todo lo que puedas”.

Ella se volteó, me tomó la cara con las dos manos, y me besó. Un beso profundo, con lengua, con hambre. Me abrió la boca, me mordió el labio inferior, y cuando nos separamos, me dijo:

—Ahora vos, Tomas… yo te quiero venerte encima.

Me puse sobre ella, la tomé de las caderas, y la clavé en el sofá. Le dije que cerrara los ojos, que se dejara llevar. Le toqué los pechos, le chupé los pezones, y cuando sentí que ella iba a llegar, me lancé con más fuerza, más rápido, y ella gritó, se estremeció, y su concha se contrajo alrededor de mi pija, como si me estuviera chupando.

—¡Ah! ¡Vas a venir! —dijo, y me agarró los glúteos, me jaló hacia ella—. ¡Sí! ¡Vente, Tomas! ¡Vente en mi concha!

Y me vine, con fuerza, con ganas, con todo lo que tenía. Sentí cómo mi pija palpitaba, cómo el semen me salía a chorros, y ella se apretó, me abrazó, y me dijo, con la voz rota por el orgasmo: “Gracias, chaval… me diste ganas de vivir otra vez”.

Nos quedamos quietos, pegados, sudados, con la lluvia golpeando la ventana como si no quisiera dejar de sonar. Ella me besó la frente, se levantó, y me dijo: “Mañana te dejo unos matecitos caseros. Y si volvés a ver que se corta la luz… avisá”.

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@tomas_leon

Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.

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