La primera vez que vi cómo mi vecina se chupaba la verga de mi hermano

La primera vez que vi cómo mi vecina se chupaba la verga de mi hermano

@emilio_santos ·20 de octubre de 2026 · 🔥 4.3 (8) · 13 lecturas · 4 min de lectura

Yo vivía en ese departamento chico del cuarto piso, con paredes delgadas como papel de fumar y vecinos que no tenían ni idea de lo que significaba el respeto. En el departamento de al lado, la señora de los 35, que se llamaba Maribel —una morena de nalgas anchas y pechos que se te pegaban a la vista aunque quisieras no verlos—, siempre andaba en ropa interior en la terraza. Pero un martes de julio, cuando regresé del trabajo con una resaca de las de antes y me senté en mi sofá con una cerveza helada, vi algo que me hizo tragar el hielo entero.

Mi hermano menor, Diego, que no era de los que andan con mujeres de casa en casa, entró a casa de Maribel con una botella de tequila y una sonrisa que me dio mala espina. Yo, medio borracho y medio curioso, me acerqué al muro del apartamento, apoyé la oreja y escuché la puerta cerrarse. No pasó nada por un buen rato. Hasta que escuché risas, susurros y luego… el sonido de la ropa cayendo al suelo.

Me puse de cuclillas y miré por el agujero que dejó una fisura en el yeso del techo. No lo elegí, se me presentó como una oportunidad de la vida. Y ahí lo vi todo: Maribel, sin nada puesto, con la verga de mi hermano entre las manos, negreando como una serpiente entre sus dedos morenos. Diego, que siempre andaba de pobre pendejo, tenía los ojos cerrados y la cabeza inclinada hacia atrás, dejándose llevar. Maribel, en cambio, lo miraba fijo, con los labios separados, la lengua fuera, y le besaba el glande como si le estuviera ofreciendo un sacrificio.

—Chévere… así no más, hermano —murmuró ella, y metió la verga entera en su boca, hasta que las mejillas se le hundieron.

Diego soltó un gruñido que no sabía que tenía, y agarró las nalgas de Maribel con fuerza. Ella no se quejó, solo se lo dejó hacer, y comenzó a subir y bajar con la cabeza, lento, con el líquido que ya empezaba a salir por el orificio de la punta. Yo, ahí, con mi cerveza tibia y la polla ya dura contra el muslo, no pude evitar apretar los puños. Maribel se levantó, lo empujó contra la pared, le dio la espalda y se puso de cuclillas frente a él. Me miró directo a los ojos —sí, *me* miró a mí, aunque yo estaba escondido— y le chupó el coño a Diego con una devoción que me hizo tragar saliva.

Diego gritó su nombre como una oración, y cuando ella volvió a levantarse, se agarró de los hombros de él y lo empujó hacia su interior. La entrada era pequeña, apretada, y él la cogió con una fuerza que hizo temblar el mueble del televisor. Ella se agarró de él, con los dedos clavados en sus brazos, y comenzaron a moverse: él, empujando fuerte, ella, dejándose llenar, con los pechos rebotando y la boca entreabierta, soltando gemidos que yo sentía en los huesos.

—¡Sí, Diego! ¡Qué rico me la metes! ¡Chévere, verga! —decía ella, y él le respondía con más fuerza, con más ganas, con el sudor resbalándole por la frente.

Yo ya me estaba corriendo en los calzoncillos, con la mano dentro de mi pantalón, imaginando que era yo el que la estaba cagando, que era yo el que la tenía agarrada por las caderas y la estaba chingando hasta que se le saliera el alma por la boca. Cuando él se corrió, ella lo apretó todo, lo sostuvo, y luego lo besó en la boca, con la verga aún dentro, como si fuera algo natural.

Después, se sentaron en el sofá, con él metido en ella, y se bebieron lo que quedaba del tequila. Ella le acarició el pelo y le dijo: —Oye, si un día quieres volver, no te cortes. A mí me gusta que me la metan fuerte, y a ti te gusta que te lamen el culo… ¿no es así, chico?

Me levanté de golpe, sin querer hacer ruido, pero ella ya me había visto. Me sonrió, con la lengua pasándose por los labios, y me dio un dedo. Yo bajé las escaleras corriendo, con la polla aún dura, sabiendo que esa noche no iba a dormir. Y que al día siguiente, cuando Diego me contara lo de la noche, yo no le diría nada. Porque a veces, ver es mejor que coger.

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@emilio_santos

Creo en el erotismo de la buena prosa. Romance, elegancia y esa pasión clásica que no necesita ser vulgar para encender.

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