La primera vez que toqué su cuerpo
Eran las once de la noche y la lluvia golpeaba con fuerza contra las ventanas del departamento pequeño pero acogedor que compartía Lucía con su hermana. Afuera, el cielo parecía haberse desbordado de un momento a otro, y dentro, la tensión también se había desbordado, pero de otra manera: silenciosa, eléctrica, inevitable. Lucía había conocido a Valeria hacía solo tres semanas, en el supermercado de la esquina, cuando le ayudó a cargar las bolsas hasta su auto. Valeria, con su pelo negro recogido en un moño desordenado y esos ojos oscuros que parecían leerle el pensamiento, le había sonreído y dicho, sin timidez ni exceso: «Eres linda cuando te sonrojas». Lucía había palidecido un poco, luego se había sonrojado de verdad, y en ese momento supo que algo había cambiado.
Esa noche, Valeria había llegado a su casa con una botella de mezcal artesanal que le había traído de Oaxaca, dos vasos pequeños y una sonrisa que prometía más de lo que decía. Se sentaron en el sofá, bajo la luz tenue de la lámpara de pared, con la lluvia de fondo como un tambor que marcaba el ritmo de algo que ya no podían detener.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó Valeria, desatándose la correa del tobillo con lentitud.
—No —dijo Lucía, con la garganta seca—. Claro que no.
Valeria se recostó, cruzó una pierna sobre la otra y la miró fijamente. No había timidez en su mirada, pero tampoco urgencia. Era una mirada de quien sabe lo que quiere y tiene la paciencia de esperar a que la otra persona también lo sepa.
—¿Puedo tocarte? —preguntó, bajando la voz como si fuera una confesión.
Lucía tragó saliva. Su corazón latía fuerte, no por miedo, sino por la anticipación dulce y agria de algo que aún no sabía cómo nombrar. Asintió, apenas, con la cabeza.
Valeria se acercó. No con brusquedad, sino con una calma que lo hacía todo más intenso. Su mano, tibia y firme, rozó primero la muñeca de Lucía, luego subió por su antebrazo, como si estuviera leyendo una brújula interna que solo ella podía ver. Cuando sus dedos llegaron al cuello, Lucía cerró los ojos y soltó un suspiro bajo, casi un grito contenido.
—Estás temblando —dijo Valeria, acercando su boca al oído de Lucía y dejando que su aliento calentara su piel.
—Sí —admitió Lucía, abriendo los ojos para mirarla—. Pero no es de frío.
Valeria sonrió, y esa sonrisa fue suficiente para que Lucía sintiera que su cuerpo se derretía.
Sus labios se encontraron despacio, como si el mundo se hubiera detenido para permitirles probarse. La primera vez fue breve, apenas un roce, pero suficiente para que ambas supieran que eso era lo que habían estado buscando. La segunda vez fue más profunda, más hambre. Valeria introdujo la lengua, y Lucía le abrió la boca como si fuera la única entrada al aire que necesitaba para respirar.
Se separaron apenas un segundo para respirar, pero Valeria no la soltó. Con la mano libre, le desabrochó el primer botón de la blusa, luego el segundo, con una lentitud que hacía temblar cada músculo del cuerpo de Lucía.
—Déjame verte —susurró Valeria.
Lucía se quitó la blusa y el sujetador con una sola mano, sin mirarla, con los ojos cerrados, como si temiera que la mirada de Valeria la convirtiera en ceniza. Pero cuando abrió los ojos, Valeria ya no la miraba con lujuria, sino con ternura, con admiración, como si cada curva de su cuerpo fuera una poesía que aún no había aprendido a leer.
Valeria se inclinó y besó su pecho, primero suavemente, como para probar el sabor, luego con más fuerza, con más hambre. Su lengua dibujó el contorno de su pezón, lo lamió una, dos, tres veces, hasta que Lucía gritó, arqueando la espalda, las manos aferradas al respaldo del sofá.
—¡Ay, dios…! —exclamó, sin poder evitarlo.
Valeria se rió entre dientes, pero no se detuvo. Se deslizó hasta el suelo, desabrochó el cierre de su pantalón con una mano, y bajó la tela con lentitud, dejando al descubierto sus nalgas redondeadas, su cuerpo entero, desnudo y vulnerable, y valiente.
Lucía se mordió el labio, no por vergüenza, sino por la intensidad de sentirse vista, deseada, necesitada.
Valeria pasó las manos por sus muslos, separándolos con suavidad, y se colocó entre ellos. Lucía sintió el calor de su cuerpo, el peso de su pecho contra su vientre, la punta de su verga rozando su pubis húmedo.
—¿Estás lista? —preguntó Valeria, mirándola fijamente.
Lucía asintió, sin palabras. Con la mano, tomó la verga de Valeria, la rozó contra su clítoris, contra su entrada, esperando, pidiendo.
Valeria entró lentamente, una pulgada, luego otra, hasta que su cuerpo se cerró sobre el de Lucía, sellando el vacío que ambas sentían desde antes de conocerse.
Lucía gritó, no por dolor, sino por la plenitud. Por el hecho de sentirse llena, de sentir que Valeria la llenaba hasta en los lugares más oscuros de su alma.
Valeria comenzó a moverse, con un ritmo lento al principio, pero cada empuje más profundo, más hondo, más necesario. Sus nalgas chocaban con las de Lucía, sus pechos rozaban su espalda, y cada vez que se movía, Lucía sentía que su cuerpo se deshacía, que se volvía agua y fuego a la vez.
—Más… más fuerte —suplicó Lucía, con la voz rota.
Valeria obedeció. Sujetó sus nalgas con fuerza y comenzó a cogerla con ritmo, con ganas, con un deseo que ya no necesitaba disimulos. El sonido de su piel chocando, el gemido de Lucía, el jadeo de Valeria, todo se mezclaba con el trueno de la lluvia afuera.
Lucía se acercó al clímax con una rapidez que la asustó, pero no con miedo, sino con placer. Sus piernas se tembloraban, su cabeza se ladeó hacia atrás, y cuando Valeria la tocó con los dedos, apretando su clítoris mientras la clavaba con fuerza, Lucía estalló.
Gritó su nombre, se aferró a su cuerpo, y su cuerpo se convulsionó con cada oleada de placer.
Valeria la siguió poco después, con un grito ahogado, con sus dedos clavados en sus nalgas, con su verga palpitando dentro de ella, liberándose todo lo que llevaba guardado.
Se quedaron así, abrazadas, sudorosas, jadeantes, con el corazón latiendo al unísono.
—¿Otra vez? —preguntó Valeria, besándole el cuello.
Lucía se giró, la miró a los ojos, y le sonrió.
—Sí —dijo—. Otra vez.
¿Te ha gustado? Valóralo