La fiesta de cumpleaños de Lucía

@camila_rios ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

Lucía tenía veintiocho años, pestañas largas, labios gruesos que siempre parecían pedir un beso, y una sonrisa que abría puertas —y también camas. Esa noche, su departamento en Belgrano se llenó de risas, vino tinto barato y el olor a parrilla que aún colgaba del aire. Los invitados bailaban bajo luces tenues, cuerpos sudados, caderas moviéndose al ritmo del cumbión que sonaba suave por los altavoces. Entre ellos, estaba Sofía: morena, muslos fuertes, piernas que nunca se cerraban del todo si había un rincón donde sentarse. Y estaba también Mauro, rubio, ojos claros, manos grandes y un cuerpo que parecía hecho para abrazar con fuerza y luego desvestir con lentitud.

Lucía los había invitado a ambos por separado, sin saber que se conocerían así —no al menos hasta que Sofía, con una copa de Malbec en la mano, se acercó a Mauro que estaba apoyado en la cocina, mirando cómo los dedos de Lucía rozaban el borde del vaso mientras reía con una amiga.

—¿Vos también sos amigo de Lucía o solo venís por el vino? —preguntó Sofía, y su voz sonó como humo envuelto en seda.

Mauro se giró, y cuando sus ojos se encontraron con los de ella, hubo algo que se encendió: una chispa rápida, fría al principio, pero que enseguida se hizo calor.

—Soy amigo de Lucía, sí —dijo—, pero también soy amigo del buen vino. Y de las mujeres guapas.

Sofía se rió, no ofendida, sino complacida, y le acercó la copa vacía.

—Volvé a servirme, pija. Y después decime si sabés bailar cumbia o si solo hacés movimientos de robot.

Mauro no tardó en aceptar el reto. Enseguida estaban los tres en el living, Lucía en medio, con sus brazos alrededor de la cintura de Mauro mientras Sofía giraba detrás, las manos en sus muslos, bajando despacio hasta rozar la parte trasera de sus rodillas. Lucía sintió cómo el cuerpo de Mauro se tensaba, cómo su respiración se hacía más profunda, cómo su pija, bajo el jean ajustado, se hincha contra su muslo.

—Vos tenés suerte, Mauro —le susurró Lucía al oído—, porque Sofía es una gorda que garcha como una camioneta de carga.

—No te creas, que a mí me encanta que me la metan dura y limpia —dijo Sofía, sin despegar los ojos de ellos.

La noche siguió deslizándose como vino corriendo por la copa, cada vez más lento, más húmedo. Cuando los invitados se fueron, dejando botellas vacías, basura en el suelo, risas lejanas, Lucía se quedó con ellos, de pie, frente al espejo del pasillo, mientras Mauro, con las manos en sus caderas, la besaba con la lengua abierta, y Sofía, detrás, le bajaba la polla del jean y la acariciaba con la palma, lenta, firme, mientras Lucía gemía contra el cristal.

—Mirá cómo le gusta, Mauro —dijo Sofía—, ya está mojada, la pija le tiembla.

Mauro la giró, la tomó de la barbilla, y le metió la lengua otra vez, mientras Sofía le bajaba la medias y la ropa interior, descubriendo su concha ya brillante, los labios hinchados, un poco húmedos, un poco salados. Mauro la empujó contra el espejo, le levantó una pierna, y se metió dentro sin preámbulos: un golpe seco, hondo, que hizo que Lucía gritara su nombre entre jadeos.

—¡Sí, Mauro, sí, así! —gritaba, mientras Sofía, de rodillas, le lamía el clítoris con una ternura que era más cruel que cualquier crueldad: sabía que la iba a hacer explotar antes de que Mauro se corriera.

Y explotó. Sí. Con un grito ahogado en el hombro de Mauro, con las uñas clavadas en su espalda, con la polla de él latiéndole dentro como un tambor de guerra. Mauro no tardó: agarró sus caderas con fuerza, le metió la polla hasta el fondo, y se corrió dentro, con gemidos guturales, con la cara contra su cuello, con el cuerpo temblando.

Sofía, entonces, se paró, se sacó la blusa, dejó caer los botones al suelo, y se acercó a Mauro, le quitó la polla de la concha de Lucía, y se la puso en la boca, chupándola con fuerza, como si quisiera sacarle el alma. Mauro la miró, y luego le dijo:

—Andá a la habitación. Yo la traigo.

Y así fue. En la cama, bajo las sábanas blancas y arrugadas, Lucía se dejó hacer, y Mauro y Sofía la tomaron por los dos lados, uno por dentro, otro por fuera, uno con la polla dura, otro con la lengua viciosa, hasta que Lucía se corrió otra vez, y otra más, y luego, cuando ya no pudo más, se durmió entre los dos, con el cuerpo lleno de marcas, de besos, de olor a sexo y vino.

Nadie habló de lo que había pasado. Pero todos sabían que volvería a pasar.

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