Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

Lo que pasó en la fiesta de mi jefe

@el_anonimo ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 7 min de lectura

La cosa empezó como todas las noches que terminan mal —o bien— en la vida: con un “sí, por qué no” que sale sin pensar, cuando ya el alcohol y el calor se han metido hasta en los huesos. Era viernes, 13 de mayo, y mi jefe, Raúl, había decidido celebrar el cierre del semestre en su casa en Polanco. Un salón amplio, luces tenues, música electrónica de fondo que no te dejaba pensar pero sí sentir. Yo había ido con mi pareja, Daniel, para no hacer ruido en el trabajo, y porque Raúl siempre decía que “la pareja se lleva bien con el equipo”. Mentiras de oficina, todo.

Yo ya llevaba dos copas cuando la vi: Camila. No la conocía bien, solo de vista: trabajaba en marketing, rubia, ojos verdes como el aguacate maduro, sonrisa que te hacía sentir que sabía exactamente qué estabas pensando. Ese día llevaba un vestido negro ajustado hasta la cintura, después levemente acampanado, con una abertura que dejaba ver una pierna que no era solo bonita: era una pierna que *quería* ser tocada. Me miró desde el otro lado del salón, y no fue una mirada cualquiera. Fue como si me hubiera estado esperando y me acabara de encontrar. Yo le devolví la sonrisa, con una copa en la mano y el corazón acelerado por algo más que el mezcal.

—¿Te gusta esa música? —me preguntó cuando se acercó, con esa voz que sonaba a humo y miel.

—Depende. ¿La pones para mover el culo o para olvidar el lunes?

Ella se rió, un poco más fuerte de lo necesario, como para que Daniel —que estaba a tres pasos— la escuchara. Y sí, Daniel estaba ahí, charlando con otro jefe, ajeno a lo que empezaba a arder en el aire entre Camila y yo.

—Las dos —dijo ella, acercándose más—. Yo siempre muevo el culo, pero hoy… hoy también quiero olvidar.

Me di cuenta de que tenía las manos calientes. No por el clima. No por la copa.

Se fue un rato a bailar, con un tipo alto de pelo canoso, pero no era la forma en que Camila se movía. No era la misma energía que cuando me miraba por encima del hombro mientras el bass震eaba en el pecho. Yo no paraba de mirarla, y cuando se volvía, me sorprendía, y me sonreía otra vez, como una advertencia disfrazada de cariño.

Daniel se dio cuenta. No de inmediato, pero sí cuando Camila volvió con dos copas más, una para mí, otra para ella, y se sentó justo a mi lado, tan cerca que su muslo rozaba el mío.

—¿Te parece bien si hablo un rato con Camila? —le dije, sin quitar los ojos de su cara.

—Claro —dijo él, sin mirarme, con esa voz que ya sabía que iba a terminar en discusión más tarde—. Yo voy a buscar más hielo.

El momento se abrió como una flor en plena noche. Camila se inclinó hacia mí, y su perfume —jazmín y algo más oscuro, más animal— me envolvió.

—¿Quieres ir al baño? —me susurró al oído—. No para mear. Para… otra cosa.

No respondí. Solo me levanté, y ella me siguió, con esa seguridad de quien ya sabe que va a llegar a donde quiere. El baño estaba al final del pasillo, al lado de la habitación de huéspedes. La puerta se cerró con un *click* suave, como si el mundo entero dejara de respirar.

No nos besamos de inmediato. Eso no era lo que queríamos. Lo primero fue mirarnos. Ella con las manos en la cintura, yo con la espalda contra el mueble del baño. Entonces, ella me agarró de la camisa y me acercó hasta que sentí su aliento en la boca.

—Sabes que esto no puede pasar —dijo, pero sus ojos decían lo contrario.

—Sí puede pasar —respondí—. Y ya pasó, desde que te vi bailar.

Y entonces sí nos besamos. No como locos, sino como alguien que lleva mucho tiempo esperando ese momento y lo hace con calma, como quien saborea el primer trago de una cerveza helada. Su boca era suave, pero con una fuerza que me hizo sentir que yo también tenía derecho a querer. Le puse la mano en la nuca y la jalé hacia mí, hasta que sentí su pecho contra mi brazo. Ella gimió —un sonido bajo, gutural— cuando le pasé la lengua por el labio inferior, y se abrió sin dudar.

—Mierda, qué rico hueles —murmuró al despegarse un segundo—. ¿Te he mencionado que me vuelves loco?

—A mí también me vuelves loco —le dije, y entonces le subí la mano por el muslo, por debajo del vestido, hasta que sentí el tacto de su piel, caliente y sedosa—. Y no es solo físico.

—Sí, sí lo es —rio ella, mientras yo rozaba la costura de sus calzones—. Pero qué rico lo es.

Me agarró de la cara y me besó otra vez, más profundo, más lento. Entonces, con una mano, bajó mi cremallera. No hubo preguntas, ni dudas. Solo el sonido de la tela que se mueve, de su respiración que se acelera, de mis dedos que ya están dentro de su pantalón, buscando su verga.

Estaba dura. Grande. Caliente. Me sentí tonto por esperar tanto.

—¿Te gusta tocarla? —me preguntó ella, ya con la camisa desabotonada, los pezones duros.

—Sí —le dije—. Me gusta más de lo que debería.

Le pasé la mano por la verga, una, dos veces, sin prisa, sintiendo cómo se ponía más dura, más viva. Ella se inclinó hacia adelante, apoyó la frente en mi hombro y me susurró:

—Mierda, no me digas eso. Me haces perder el control.

—Entonces no lo pierdas. Guárdalo para después.

Me miró, y por primera vez, vi algo más que deseo. Vi complicidad. Una confesión entre adultos que saben que el placer no es pecado, sino regalo.

—¿Y si viene alguien? —pregunté.

—Que venga —dijo ella—. Que nos vea. Que se meta a la mierda con nosotras.

Me di cuenta de que yo no era solo el tipo que estaba con su pareja. Yo era alguien más. Alguien que sabía lo que quería. Y lo quería *ahora*. Ella me empujó suavemente contra la pared, me subió la camisa, y con la boca, empezó a besar mi pecho, despacio, como si cada centímetro fuera un juramento. Me puse la mano en el pelo y la dejé hacer. Sentí su lengua, sus dientes, su boca húmeda y cálida. Y cuando me pasó la mano por la verga, ya no contuve el gemido.

—No —me dijo—. No aquí. No así.

Y me tomó de la mano, me guió hasta la puerta del baño, la abrió, y me llevó hacia el pasillo, hacia la habitación de huéspedes. Cerró la puerta con llave. Una acción pequeña, pero que me hizo sentir como si hubiéramos entrado a un mundo distinto.

Allí, en la habitación, con la luz apagada y el sonido de la fiesta lejano, Camila me quitó la ropa con calma, como si fuera un ritual. Yo hice lo mismo con ella. Me quitó el cinturón, yo le quitó el vestido, y entonces quedamos los dos desnudos, frente a frente, en la penumbra.

Su cuerpo era hermoso. Cuerda de pechos firmes, vientre plano, caderas anchas. Me miró, y en sus ojos vi lo que yo sentía: no era vergüenza, ni culpa. Era *deseo*, puro, sin mácula.

Me senté en la cama, y ella se acercó. Se puso de cueros frente a mí, y me tomó la verga en la mano. Me miró a los ojos mientras la colocaba entre sus labios, y entonces me la metió toda. No hubo ruido, solo su respiración, mis dedos en su pelo, y el sonido de la cama que crujió como un suspiro.

No duró mucho. No quería que durara mucho. Quería que fuera intenso, rápido, como una descarga. Ella se movió con una naturalidad que no es de principiantes, y cuando sentí que iba a llegar, ella se apartó, se volteó, y me dijo:

—Dame la verga. Quiero sentirla dentro.

Me subí detrás de ella, le abrió las piernas, y la penetré con cuidado. Me metí lento, hasta el fondo, sintiendo su cuerpo abrirse para mí, la humedad que me ayudaba a entrar, el calor que me quemaba. Ella soltó un gemido que me heló la sangre.

—Sí —dijo—. Así. Tú me coges, no yo a ti.

Y empecé a moverme. Lento al principio, luego con más fuerza. Cada embestida la hacía temblar. Sus manos agarraban las sábanas, su cabeza se inclinaba hacia un lado, mostrando el cuello, y yo lo besé. Sentí su piel salada, su corazón latiendo rápido, su respiración entrecortada.

—Mierda, Daniel no sabe lo que se pierde… pero yo sí —dije, mientras ella se estremecía.

—Shh —me

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