La Curva de la Luna
7 minLa Curva de la Luna
La primera vez que la vi sentada en el sofá de su casa, con las piernas cruzadas y una taza de té humeante entre las manos, supe que no volvería a ser el mismo. Tenía cuarenta y nueve años, y yo veinticuatro. Ella no intentaba encantarme; al contrario, parecía aburrida de la atención, como si hubiera recibido tantos halagos que ya no los escuchaba, pero sí los sentía —como un calor residual en la piel.
Me llamó «chico», sin ironía, sin condescendencia, solo como un dato tan natural como decir «la mesa» o «el cielo». Yo la miraba mientras hablaba, y no por timidez, sino porque cada gesto suyo era un lenguaje que necesitaba descifrar: los nudillos ligeramente agruesados por los años de escribir a mano, el leve temblor en la muñeca izquierda cuando movía la taza, el modo en que se mordisqueaba el labio inferior al recordar algo. Su cabello, castaño oscuro con hebras de plata que brillaban como hilos de plata bajo la luz del velador, estaba recogido en un moño desordenado, como si acabara de levantarse de una siesta larga y soñolienta.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó, y antes de que pudiera responder, ya se deslizaba los tacones con una lentitud deliberada, estirando los pies dentro de sus calcetines de lana. Los pies, entonces, me llamaron la atención: pies que habían caminado mucho, sin miedo, con firmeza. Plantas anchas, arcos bien definidos, uñas cortas y naturales. Nada de adornos. Solo la historia de una mujer que se mueve por el mundo sin pedir permiso.
La casa olía a cedro, café recién hecho y algo más sutil, algo que no pude identificar hasta mucho después: el aroma de su piel, de su cabello, de su tiempo.
—¿Por qué viniste? —me preguntó al final de la segunda taza de té, mirándome con esos ojos grises que parecían ver a través de la ropa, pero no con crudeza, sino con curiosidad, como si yo fuera un libro abierto al que le faltaban páginas.
—Porque me gustas —respondí, sin rodeos.
Ella sonrió, una sonrisa que no llegaba a los ojos, pero sí a la boca, y fue suficiente para que sintiera un nudo en el estómago.
—Eres joven —dijo, como si eso lo explicara todo—. Y yo ya no soy joven. No para ti.
—No para nadie —repliqué—. Pero sí para mí.
Se levantó entonces, con una gracia que solo dan los años y la autenticidad, y se acercó hasta donde yo estaba sentado, en el extremo opuesto del sofá. No se sentó. Se detuvo a un metro, con las manos a los lados, y me miró fijamente.
—¿Quieres tocarme? —preguntó.
No dudé. Me levanté, lentamente, y puse una mano sobre su cadera, sintiendo la curva firme de su muslo bajo la tela del vestido de algodón. Su piel era cálida, suave, con una textura distinta a la de las mujeres más jóvenes: menos tersa, más viva. La piel de quien ha amado, de quien ha perdido, de quien ha vivido.
—Sí —susurré.
—Entonces toca. Pero no como si fueras un chico. Toca como si supieras lo que buscas.
Le quité el vestido con lentitud, deslizando los dedos por sus costados, por la curva de sus riñones, por la suave hendidura de su espalda baja. El tejido bajó como una ola, y quedó frente a mí, desnuda, sin vergüenza, sin teatralidad.
Sus pechos eran pesados, flotantes, con areolas grandes, de un tono dorado oscuro, y pezones duros ya, aunque ni siquiera la había tocado. Su vientre, ligeramente abultado, con una cicatriz casi invisible: un recuerdo de algo que no pregunté. Sus muslos, firmes, con una ligera flacidez en la parte interna, como si el tiempo hubiera dejado allí una huella suave, imperceptible para otros, pero para mí, perfecta.
—Tú primer toque —me dijo, bajando una mano y colocándola sobre la mía— no debe ser una pregunta. Debe ser una afirmación.
Le enseñé a su pecho, con la palma abierta, sin presión, solo el peso de mi mano sobre la suave curva. Sentí su respiración detenerse por un segundo.
—Ahora, con la otra mano —ordenó—, baja. No por mi cintura. Por mi cadera. Y luego, baja más.
Lo hice. Mis dedos rozaron el borde de su pubis, cubierto por un vello oscuro y espeso, recortado con precisión, como si ella misma lo hubiera hecho esa mañana.
—Y ahora, entra —dijo, separando las piernas con un movimiento suave—. Con dos dedos. Lentamente.
Inserté los dedos en su vagina, sintiendo su calor, su humedad, su apretón suave pero firme. Estaba húmeda, sí, pero no con la humedad ansiosa de una mujer joven. Era una humedad profunda, madura, que emanaba de su cuerpo como una respuesta natural, como el flujo de un río que no necesita lluvia para existir.
—Siente —susurró—. No pienses. Siente cómo me abres.
Moví los dedos, curvándolos, buscando algo, y ella exhaló un sonido gutural, bajo, casi imperceptible, como una risa contenida.
—Ahí —dijo—. Eso. Más hondo.
Inserté un tercer dedo, y ella arqueó la espalda, empujando su pubis contra mi mano, como si me invitara a seguir. Su pecho subía y bajaba más rápido, y su respiración se volvió entrecortada. No gritó. No se entregó. Se dejó ir, pero con un control tan absoluto que parecía estar al mando de todo.
—Ahora, levántate —dijo, y se apartó, tomando mi mano y llevándola a su vientre, luego a su pecho, y finalmente, a su entrepierna—. Toca tu pene. Ahora.
Lo hice, y sentí cómo se endurecía al instante, como si mi propia mano fuera un interruptor que solo ella podía activar.
—Sí —dijo—. Ahora ven.
Me sentó sobre el sofá y se subió sobre mí, con una naturalidad que me hizo sentir pequeño, pero no menos hombre. Se giró, se inclinó hacia atrás, y con una mano sostuvo mi pene, orientándolo hacia su vagina. No lo empujó. No se sentó de golpe. Bajó lentamente, paso a paso, hasta que su vagina rozó mi glande, y luego, con un movimiento de cadera, se hundió sobre mí, como si ya hubiera hecho eso cientos de veces.
Y lo había hecho.
Sentí su interior cerrarse sobre mí, caluroso, húmedo, apretado, como si me reconociera. Su cuerpo se adaptó al mío, como si hubiera estado esperando ese momento desde que nací. No hubo dolor. Solo plenitud. Solo conexión.
—Tú eres joven —dijo, apoyando las manos en mis hombros—, pero yo soy vieja. Y vieja no es lo que crees. Vieja es saber qué hacer con lo que tienes.
Empezó a subir y bajar, lentamente, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con una expresión de concentración absoluta. No era una mujer que se dejaba llevar. Era una mujer que dirigía.
Yo la sujeté por las caderas, sintiendo cómo sus músculos internos se contraían y relajaban al ritmo de sus movimientos. Su vagina era un músculo vivo, que me apretaba, que me masajeaba, que me decía cosas que no necesitaban palabras.
—Mira mis pechos —ordenó—. Mientras subo y bajo, mira cómo se mueven. Mira cómo se hinchan cuando te siento dentro.
Lo hice. Sus pechos colgaban suavemente, con un movimiento oscilante, y sus pezones se endurecían aún más, como si el aire mismo los estimulara.
—Ahora, más rápido —dijo, y empezó a galopar, subiendo y bajando con fuerza, con un ritmo que yo no controlaba, pero sí seguía, con las manos fijas en sus caderas, con la cabeza echada hacia atrás, con los labios separados y la respiración entrecortada.
Su vagina se contrajo de golpe, y su cuerpo se estremeció, y entonces gritó. No un grito agudo, sino un sonido grave, vibrante, como una nota de bajo que sale del fondo del alma.
—¡Ahora! —exclamó, y yo sentí cómo su cuerpo se abría, cómo su vagina me masajeaba con fuerza, y yo me dejé ir, empujando hacia adentro, hasta el fondo, sintiendo cómo mi pene palpitaba, cómo el semen salía de mí en oleadas calientes, mientras ella me sujetaba con fuerza, como si no quisiera soltarme nunca.
Cayó sobre mí, sudada, temblorosa, pero sonriente.
—Ya no eres un chico —dijo, acariciándome el cabello—. Ahora eres un hombre.
—Gracias —respondí, sin saber si era una orden o un regalo.
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