Esa noche que mi hermano me encontró despierta

@nocturna ·11 de enero de 2026 · ★ 4.6 (12) · 1952 lecturas

La casa estaba en silencio, como si el mundo entero hubiera decidido respetar ese momento. Solo se oía el zumbido suave del ventilador en el techo, girando lento, como si no quisiera espantar el calor que se pegaba a la piel. Yo estaba sentada en el borde de mi cama, con los pies descalzos sobre el piso frío de baldosa, mirando por la ventana. La luna estaba llena, redonda, brillante, como si se hubiera puesto allí solo para alumbrar lo que iba a pasar.

Hacía rato que no dormía bien. Desde que mi hermano volvió de la universidad, las noches se me hacían largas, inquietas. No era solo que lo escuchara moverse por la casa, ni que su risa en la sala me hiciera sonreír sin querer. Era otra cosa, más profunda, más oscura. Algo que no me atrevía a nombrar, pero que se me asomaba en los ojos cada vez que lo miraba.

Él no era mi hermano de sangre, claro. Era mi medio hermano, por parte de papá. Lo conocí cuando yo tenía doce y él catorce. Ya para entonces era alto, moreno, con una mirada que te atravesaba sin pedir permiso. Pero en ese entonces yo era una niña, y él, un muchacho que apenas me prestaba atención. Ahora, diez años después, todo había cambiado.

Esa noche, yo llevaba puesto un camisón corto de algodón, blanco, con un estampado de flores pequeñas. No era nada provocativo, pero con el calor que hacía, se me pegaba al cuerpo como una segunda piel. Estaba descalza, con el cabello recogido en un moño desordenado, y los labios secos por haberme estado mordiendo sin darme cuenta.

Escuché sus pasos en el pasillo. Lentos. Seguros. Como si supiera que yo estaba despierta. Y tal vez lo sabía.

—¿Todavía despierta, hermanita? —dijo desde la puerta, con esa voz grave que me hacía cosquillas en el estómago.

—Sí… no tenía sueño —respondí, sin mirarlo.

Entró sin pedir permiso. Nunca lo hacía. Caminó hasta quedar frente a mí, con las manos en los bolsillos del pantalón de pijama. Llevaba una camiseta sin mangas, ajustada, que dejaba ver el contorno de sus pectorales y el inicio de un abdomen marcado.

—¿Y por qué no duermes? —preguntó, sentándose a mi lado, dejando un espacio pequeño, pero suficiente para que yo sintiera el calor de su cuerpo.

—No sé… creo que el calor.

—El calor… —repitió, como si no me creyera.

Hubo un silencio. No incómodo, no. Era uno de esos silencios que vibran, que cargan el aire de algo que está por pasar.

—¿Sabes? —dijo al fin—, a veces pienso en ti. En las noches así, cuando no duermo.

Levanté la vista. Sus ojos estaban clavados en los míos. Oscuros, intensos.

—¿En serio? —pregunté, con la voz un poco quebrada.

—Sí. En cómo has cambiado. En cómo te ves ahora.

—¿Y cómo me veo?

Sonrió, apenas. Una sonrisa de lado, pícara, que me hizo sentir que el piso se movía.

—Rica —dijo, sin más.

No dije nada. Sentí que el corazón me latía en la garganta.

Él extendió una mano y me tocó el pelo. Con cuidado, como si tuviera miedo de romper algo. Me deshizo el moño, y los rizos cayeron sobre mis hombros.

—Siempre me gustó tu pelo —dijo—. Desde que eras chiquita.

—¿En serio? —pregunté, con la voz más aguda de lo normal.

—Sí. Pero ahora… ahora es distinto.

No supe qué responder. Solo sentí que su mano seguía en mi cabello, que bajaba ahora por mi nuca, que me hacía erizar la piel.

—¿Te molesta? —preguntó, bajito.

—No —dije, apenas un susurro.

Y entonces, como si eso fuera una invitación, se acercó más. Su rodilla tocó la mía. Su respiración se mezcló con la mía.

—No sé si esto está bien —dijo, pero sin alejarse.

—Yo tampoco —confesé.

—Pero quiero hacerlo.

—¿Qué?

—Tocharte. Besarte. Sentirte.

Tragué saliva.

—Y yo… quiero que lo hagas.

Fue como si un resorte se soltara. Me tomó de la cintura, suave pero firme, y me acercó a él. Sentí su pito duro contra mi pierna, y no pude evitar un gemido.

—¿Lo sientes? —preguntó, con la voz ronca.

—Sí… está… grande —dije, con vergüenza, pero también con orgullo.

Se rio, bajito.

—Tú me lo pones así, ¿sabes?

No respondí. Solo lo miré. Y él me miró a mí. Y entonces, por fin, me besó.

Fue un beso lento, profundo, como si tuviéramos toda la noche. Y en realidad, ya no importaba la hora. Lo que importaba era la lengua de él en mi boca, el sabor de su saliva, el calor de sus labios. Me agarró del pelo otra vez y me jaló un poco hacia atrás, para besarme mejor, más hondo.

—Quiero verte —dijo, separándose apenas—. Quiero verte toda.

Asentí.

Se puso de pie y me extendió la mano. La tomé, y me ayudó a levantarme. Me paré frente a él, temblando un poco.

—Dale, quítate eso —dijo, con voz ronca.

Me saqué el camisón por la cabeza y lo dejé caer al piso. Quedé desnuda, solo con las bragas puestas. Él me miró de arriba abajo, sin prisa, como si estuviera memorizando cada curva.

—Estás chimba —dijo al fin—. Todo esto es mío ahora.

—Sí —dije—. Todo tuyo.

Me tomó de la cintura y me acostó en la cama. Se quitó la camiseta y la tiró al suelo. Luego el pantalón. Quedó solo con el calzoncillo, que no podía ocultar lo grande que estaba su pito.

—Déjame verte —dije, con voz temblorosa.

Se quitó las bragas y lo vi. Grande, grueso, con una gota de líquido en la punta.

—¿Te gusta? —preguntó.

—Sí… me encanta —confesé.

Se acostó sobre mí, con cuidado. Sentí su pito contra mi vientre, caliente, palpitante.

—No quiero hacerlo rápido —dijo—. Quiero saborearte.

Y entonces empezó. Me besó el cuello, los hombros, los pechos. Me chupó los pezones con suavidad, luego con más fuerza, hasta que gemí. Bajó por mi estómago, por mi ombligo, hasta llegar al borde de mis bragas.

—¿Puedo? —preguntó.

—Sí… por favor —dije.

Me las quitó despacio, como si estuviera deshojando una flor. Luego, sin más, me abrió las piernas y me miró.

—Estás mojada —dijo, con voz ronca—. Y hueles rico.

Y entonces puso su boca allí.

No pude contener el gemido. Su lengua era cálida, hábil, que me recorría despacio, que me chupaba, que me saboreaba como si fuera un manjar. Nunca nadie me había hecho eso con tanto cuidado, con tanto cariño.

—No pares —le pedí—. Por favor, no pares.

Pero él siguió, sin prisa, como si tuviera toda la noche. Y cuando sentí que iba a correrme, se detuvo.

—No quiero que termines así —dijo—. Quiero que te corras conmigo adentro.

Me miró, con los ojos brillantes.

—¿Quieres que te lo meta?

—Sí… por favor —dije—. Métamelo.

Se subió sobre mí, me tomó las piernas y las puso sobre sus hombros. Me miró un segundo más.

—¿Estás segura?

—Sí —dije—. Hazlo.

Sentí la punta de su pito en mi entrada. Lenta, suavemente, empezó a entrar.

—¡Ay! —grité, sin poder evitarlo.

—Tranquila… despacito —dijo, con la voz quebrada.

Y siguió. Centímetro a centímetro, hasta que estuvo todo adentro.

—Dios… estás apretada —dijo, con los dientes apretados—. Me va a matar.

—No pares —le pedí—. Muevete.

Y entonces empezó a moverse. Lento al principio, luego más fuerte, más profundo. Cada embestida me hacía gritar, gemir, pedir más. Sus manos me agarraban las caderas, sus ojos no se apartaban de los míos.

—Eres mía —dijo—. Solo mía.

—Sí… tuya —respondí—. Siempre tuya.

Sentí que el orgasmo venía, lento pero seguro, como una ola que crece en el mar.

—No voy a aguantar —dijo él—. Quiero correrme dentro.

—Hazlo —le pedí—. Llénamelo todo.

Y entonces, con un gemido ronco, se corrió. Sentí su calor adentro, su cuerpo temblando sobre el mío. Yo me corrí al mismo tiempo, con un placer que nunca había sentido, como si todo mi cuerpo explotara en mil pedazos.

Nos quedamos así, quietos, sudorosos, respirando con dificultad. Él salió de mí despacio, y se acostó a mi lado. Me abrazó, me besó la frente.

—No fue un error —dijo—. Fue lo más rico que he hecho en la vida.

—Yo tampoco lo veo como un error —dije—. Fue… inevitable.

Nos quedamos dormidos así, abrazados, como si el mundo hubiera dejado de existir.

A la mañana siguiente, cuando desperté, él ya no estaba. Pero su olor seguía en la cama, en mi piel. Y en mi corazón, una certeza: aquella noche no fue el final. Fue solo el comienzo.

Porque hay deseos que no se apagan. Y hay secretos que, una vez revelados, ya no pueden guardarse.

Y el nuestro era uno de esos.

Uno que, a pesar de todo, valía la pena.

¿Te ha gustado? Valóralo

4.6 · 12 votos
Reportar
Compartir

También en Incesto