En la casa de al lado

@adriana_v ·8 de febrero de 2026 · ★ 4.8 (40) · 2891 lecturas

La casa de al lado llevaba meses vacía. O eso creía Yina, que desde su ventana veía los postes del transformador como única compañía. Pero esa tarde, mientras colgaba la ropa en el corredor, escuchó risas. Se asomó con disimulo y vio a un par de hombres bajando cajas de una camioneta. Y en medio de ellos, como una flor entre cardos, estaba ella.

Adriana.

No fue su nombre real, pero así se presentó, con una voz suave que no cuadraba con sus hombros anchos ni con el tatuaje de una rosa que le subía por el cuello. Llevaba un vestido corto de lycra color vino, sandalias de tacón bajo y el pelo recogido en un moño desordenado que dejaba escapar mechones rebeldes. Yina se quedó quieta, con una camisa en la mano, mirando sin querer disimular.

—¡Buenas tardes! —saludó Adriana alzando una mano.

Yina respondió con un gesto tímido. No estaba acostumbrada a los saludos directos. Trabajaba de noche en un call center, dormía de día, y su vida social se reducía a series de Netflix y algún que otro rollo por Tinder que nunca pasaba de un café. Pero algo en Adriana le encendió un botón dentro, como si una corriente le bajara desde la nuca hasta el coño.

Pasaron tres días. Yina la veía de lejos: saliendo a fumar en el corredor, caminando descalza por el patio, dándose vuelta en la hamaca con una copa de vino en la mano. Una tarde, al cruzarse en la calle, Adriana le dijo:

—Oiga, vecina, ¿usted no me invita un cafecito?

Yina se rió, nerviosa.

—Si quiere, pase. Pero no le prometo que esté rico.

Entró. Se sentaron en la cocina. Hablaron de todo: del calor, de las vecinas chismosas, de la música vieja que a ambas les gustaba. Adriana tenía una risa contagiosa, profunda, que le salía del pecho como si estuviera acostumbrada a reírse de todo, incluso de sí misma.

—¿Y usted? —preguntó Yina—. ¿Qué hace?

—Soy artista. Hago performances, exposiciones… también he trabajado en teatro.

—¿Y eso qué tan…?

—¿Riesgoso? —completó Adriana, sonriendo—. A veces. Pero uno aprende a moverse.

No dijo más. Pero Yina entendió.

A la semana, Adriana la invitó a su casa. Fiesta pequeña, dijo. Unos amigos. Solo para conocerse.

Eran cinco personas. Todos queer, todos con historias en la piel. Yina se sintió rara al principio, como si estuviera de más. Pero Adriana no la dejó sola ni un segundo. Le servía vino, le contaba chistes al oído, le rozaba el brazo con la mano.

A eso de las dos de la mañana, los demás se fueron. Quedaron solas.

—¿Y ahora? —preguntó Yina, con el corazón en la garganta.

—Ahora… —Adriana se acercó lentamente—, uno ve qué pasa.

La besó. Suave al principio, como probando. Luego más hondo, con lengua, con ganas. Yina respondió sin pensar, como si su cuerpo ya supiera lo que quería. Las manos de Adriana eran firmes, seguras. Le subió el vestido, le acarició los muslos, le mordió el cuello.

—Estás riquísima —susurró—.

Yina no respondió. Solo gimió.

La llevó al cuarto. La acostó en la cama, que tenía sábanas de seda negra y un espejo en el techo. Le quitó el vestido con calma, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Le besó los pechos, le lamió los pezones, le bajó las bragas con los dientes.

—Déjame verte —dijo.

Yina se abrió. No tenía vergüenza. Solo deseo.

Adriana se quitó el vestido. Tenía un cuerpo fuerte, marcado, con curvas que parecían esculpidas. Y el pito… el pito era grueso, largo, con una vena que latía bajo la luz tenue.

—¿Te gusta? —preguntó, acariciándoselo con lentitud.

Yina asintió.

—Muéstrame —dijo.

Adriana sonrió. Se acercó, se puso de rodillas sobre la cama, y le ofreció el pito.

—Puedes mamarlo si quieres.

Yina lo tomó con la mano. Lo sintió caliente, vivo. Lo acercó a su boca y lo lamió como si fuera un helado. Luego lo tomó entero, poco a poco, hasta que la punta le tocó la garganta.

—Ay, hijueputa —gimió Adriana—. Así, así…

Le agarró el pelo, con suavidad, y empezó a moverse. Entraba y salía de su boca con ritmo lento, sensual. Yina sentía el sabor salado, el calor, la textura. Nunca había hecho eso con un hombre, pero con ella era distinto. Era como si todo encajara.

Cuando sintió que Adriana estaba a punto, se detuvo.

—No quiero que te vengas así —dijo—. Quiero sentirte dentro.

Adriana sonrió.

—Ven acá.

La hizo ponerse de cuatro. Le separó las nalgas, le lamió el culo con lengua larga, profunda. Yina tembló. Luego, con una mano, le guió el pito a la entrada.

—Despacio —pidió.

Entró.

Fue como si el mundo se detuviera. El pito era grande, pero entraba con facilidad, como si hubiera nacido para ella. Adriana empujó con calma, con ternura, hasta que estuvo toda adentro.

—¿Bien? —preguntó.

—Sí… sí… más.

Y empezó. Movimientos largos, profundos. Cada embestida le llegaba al alma. Yina gemía sin control, con la frente pegada a la almohada, con las manos agarradas a las sábanas. Adriana le acariciaba la espalda, le mordía el hombro, le hablaba al oído.

—Eres una chimba, nena… toda mía…

Se corrieron juntas. Yina gritó. Adriana se tensó, se hundió hasta el fondo, y soltó un gemido ronco, animal.

Quedaron abrazadas. Sudadas. Silenciosas.

—¿Y ahora? —preguntó Yina.

—Ahora —dijo Adriana, besándola en el hombro—, uno ve qué pasa.

Yina sonrió. Por primera vez en años, se sintió completa.

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