El sabor del café con leche y el olor de su piel
10 minEl sabor del café con leche y el olor de su piel
Yo tenía veinticuatro años y ella, cuarenta y nueve. No era una edad cualquiera: era una distancia de veinticinco años, una brecha que en la calle se notaba en la forma de caminar, en el modo de hablar, en cómo los años se asientan sobre la piel —ella ya los llevaba como joyas, yo aún los sentía como algo que me faltaba por aprender. Me llamaba Ángela. Me encontré con ella por casualidad en la cafetería de la biblioteca de la UNAM, donde trabajaba medio tiempo mientras estudiaba Arquitectura. Ella entró con un libro de poesía de Rosario Castellanos entre las manos, la chaqueta de lana puesta aunque hacía calor, y se sentó en la mesa de al lado, justo donde yo dibujaba una maqueta en perspectiva con lápiz HB.
No la miré de inmediato. Primero sentí su presencia: un olor a vainilla y café recién hecho, algo cálido y denso, como una sombra que no quería serlo. Cuando levanté la vista, ella ya me estaba mirando, sin vergüenza, sin disimulo. No era una mirada de vieja coqueta, ni de señora de clase media que se disculpa por existir. Era otra cosa: clara, directa, como un cuchillo envuelto en seda. Me sonrió, y no fue una sonrisa cualquiera: fue una sonrisa que me hizo sentir que ya sabía algo de mí antes de conocernos.
—¿Dibujas siempre así de tranquilo? —preguntó, sin apartar los ojos, como si ya hubiera decidido que no iba a moverse hasta que yo respondiera.
—Sí —respondí, con la voz un poco ronca, porque no era normal que una mujer de su edad, con esa postura, con esa seguridad, me hablara así, sin rodeos.
—¿Y cuándo fue la última vez que te salió algo que te gustó? —insistió, cerrando el libro con un golpe seco sobre la mesa, como quien cierra una puerta tras de sí.
Me encogí de hombros, fingiendo indiferencia, aunque ya me había empezado a calentar la piel.
—No sé. Hace mucho. No recuerdo.
—Claro que recuerdas —dijo, y por primera vez me miró de pies a cabeza, despacio, como si me estuviera leyendo con las yemas de los dedos.— Lo que pasa es que ya no tienes ganas de que te guste.
Me levanté entonces, sin pensarlo. Caminé hasta su mesa, con la libreta bajo el brazo, como si estuviera a punto de huir, pero no me fui. Me quedé allí, parado frente a ella, con los nudillos blancos de agarrar la pasta dura de la libreta.
—¿Y si ahora sí tuviera ganas? —pregunté, por primera vez con voz firme.
Ella se inclinó hacia adelante, y por un instante, el escote de su blusa blanca me mostró una curva suave, una sombra entre los pechos que ya no eran firmes como los de una muchacha, pero sí perfectos: redondos, pesados, con pezones pequeños y oscuros, como dos semillas que aguardaban su momento.
—Entonces —dijo—, te voy a enseñar cómo se hace algo que te guste.
Fue entonces cuando me tendió la mano. No fue una invitación teatral, ni un gesto de teleserie. Fue una mano abierta, con las uñas cortas y bien cuidadas, con una alianza de plata con un ópalo que brilló bajo la luz del día. La tomé. Y en cuanto mis dedos rozaron los suyos, sentí un temblor en la columna, como si me hubieran conectado a una corriente que no sabía que existía.
—Vamos —dijo, levantándose con elegancia, como si llevara veinte años haciendo ese movimiento y nunca le hubiera fallado.— Tengo un taller en el ático del edificio de enfrente. No es mucho, pero tiene luz natural y… una cama grande.
No pregunté. No dije “¿en serio?”, ni “¿ahora?”, ni “¿y si nos ven?”. No dije nada. Sólo la seguí, con las manos sudadas y el corazón latiendo tan fuerte que sentía el calor en las orejas. Fuimos a pie, por la calle de Insurgentes, entre el tráfico y el olor a gasolina y tacos al pastor. Ella caminaba rápido, pero no me dejaba atrás. A veces se giraba para asegurarse de que iba tras de ella, y cuando lo hacía, me sonreía como si me estuviera evaluando, como si aún no hubiera decidido si merecía seguir adelante.
El edificio era viejo, de los años sesenta, con azulejos blancos y escaleras de concreto. Subimos hasta el cuarto piso, y en la puerta del fondo, al final del pasillo, ella sacó un llavero con tres llaves, abrió y me hizo entrada con un gesto de la cabeza.
El lugar era pequeño pero curado: paredes blancas, suelo de madera clara, una ventana enorme que daba al cielo de la ciudad, con los árboles del parque justo enfrente. Había un sofá bajo, una mesa baja con una cafetera italiana de aluminio y dos tazas, y en la esquina, una cama de matrimonio con una sábana blanca, sin funda, como si la hubiera dejado así a propósito.
—Siéntate —dijo, y yo obedecí, en el sofá, con las manos sobre las rodillas, como un novato que acaba de entrar a una clase que no sabía que iba a existir.
Ella se quitó la chaqueta, colgó el libro en una percha, y se sentó frente a mí, con las piernas cruzadas, como si estuviera a punto de darme una charla sobre arte o filosofía.
—¿Sabes por qué te miré en la cafetería? —preguntó, sin prisas, como si cada palabra fuera un paso que daba con cuidado.
—No —respondí, con la garganta seca.
—Porque tienes esa cosa. Esa mirada de chico que no sabe que ya está listo para algo más. Que no le basta con lo que ve. Que busca algo que ni él sabe cómo se llama.
Me sonreí, porque era cierto. Había estado buscando algo, sin saber qué era. Una especie de ancla, de verdad, de quietud. No sabía que iba a encontrármela en una mujer que tenía edad de ser mi madre.
—¿Y qué es lo que quieres que te enseñe? —pregunté, esta vez con valentía, pero sin desafío.
—Quiero —dijo, inclinándose hacia adelante, con las manos apoyadas en las rodillas— que aprendas a mirar. No con los ojos. Con la piel. Con el olfato. Con el oído. Que aprendas a leerme, no como una mujer, sino como un lenguaje que nadie más sabe descifrar.
Y entonces se levantó. Se desabrochó el primer botón de la blusa blanca, despacio, como si cada movimiento fuera una promesa. El segundo. El tercero. Hasta que me mostró el sujetador de encaje negro, no muy pequeño, pero sí ajustado, con una curva perfecta en los pechos. No era una muestra de coqueteo. Era una invitación a participar.
—Voy a quitarme la blusa —dijo—. Si te levantas ahora, no pasa nada. Pero si te quedas, vas a aprender algo que no te van a enseñar en la universidad.
No me levanté.
Se sacó la blusa con lentitud, dejándola caer sobre la silla más cercana. Ya sin ella, sus pechos se veían más pesados, más reales, más humanos. No eran los pechos de una modelo de revista. Eran pechos de mujer que había amado, que había dado de comer, que había cuidado. Pechos que habían cambiado con el tiempo, con el parto, con los años, pero que aún conservaban una calidez, una textura, una vida propia.
—¿Te gusta? —preguntó, sin vanidad, como si ya supiera la respuesta.
—Sí —dije, y no fue una mentira.
Ella asintió, satisfecha, como si hubiera comprobado algo importante.
—Ahora —dijo—, ven acá.
Me acerqué, y se sentó sobre el sofá, con las piernas abiertas a un lado, como si estuviera cómoda, como si hubiera estado esperando que yo me sentara ahí, con ella, con sus rodillas rozando las mías.
—Pon tus manos aquí —dijo, tomó mis manos y las puso sobre su cintura, bajo la camiseta—. Siente.
Lo hice. Sentí su piel, cálida, sedosa, con una suavidad que no se corresponde con la dureza de sus movimientos. Sus músculos estaban tensos, pero no por tensión. Por expectación.
—Ahora sube —dijo, con voz baja—. Lento.
Subí las manos, despacio, hasta que mis pulgares rozaron el borde de su sujetador. Ella respiró hondo, pero no se movió.
—Y ahora —dijo—, quítamelo. Pero no con las manos. Con los ojos. Con la boca. Con todo lo que tengas.
No usé las manos. Usé la boca.
Me incliné, besé su pecho, justo donde el encaje se apretaba contra su piel, y con la lengua, suavemente, besé el borde del sujetador. Ella soltó un suspiro, corto, seco, como si no estuviera acostumbrada a que alguien le hiciera eso sin pedir permiso.
—Sí —dijo—. Así.
Entonces, con las manos, le desabroché el sujetador por detrás. No con prisa. Con calma, como si cada gancho fuera un nudo que necesitaba ser deshecho con cuidado. Cuando se lo saqué, sus pechos cayeron suavemente sobre sus muslos, y yo los miré, como me había enseñado. No como algo que se quería poseer, sino como algo que se quería entender.
—¿Ves algo raro? —preguntó.
—No —dije, y era cierto. Lo que veía era bello, no por la perfección, sino por la historia que contaba.
—Está bien. Pero no me digas lo que ves. Dime lo que sientes.
—Siento… que estás viva.
Ella me sonrió, con los ojos humedecidos, y por primera vez, me tendió la mano para que la ayudara a ponerme de pie.
—Ahora —dijo—, vamos a la cama. Pero no para hacer el amor. Para aprender.
La seguí hasta la cama. Me senté primero, y ella se sentó sobre mí, con las piernas a los lados, sentada en mis muslos, con su falda aún puesta, pero subida hasta las caderas, dejando ver las piernas, lisas, sin vello, con una cicatriz pequeña en la espinilla izquierda, como una marca de infancia.
—¿Te acuerdas de tu primer beso? —preguntó, inclinándose hacia adelante, con las manos apoyadas en mis hombros.
—Sí —respondí, con la voz temblorosa.
—¿Y qué edad tenías?
—Doce. Con una vecina. Fue… rápido.
—Y este —dijo, acercando su rostro al mío— va a ser lento.
Nos besamos entonces. No como chicos y chicas que se quieren comer. Como dos personas que saben que lo que van a hacer no va a durar mucho, pero que quieren que el momento se alargue, que se repita en la memoria como una canción favorita.
Su boca era suave, pero con un sabor fuerte: café con leche, vainilla y algo más, algo que no pude nombrar, pero que quise volver a saborear.
—Quítame la falda —dijo, rompiendo el beso, con la frente apoyada en la mía.
Lo hice. Con lentitud, como si cada pliegue de tela fuera un muro que debía derribar con respeto. Cuando la falda cayó al suelo, ella se inclinó y me besó el cuello, luego la oreja, y por fin, con la mano, me desabrochó el pantalón.
—No te lo saques —dijo—. Déjalo ahí. Por ahora.
Y entonces, con la otra mano, bajó su propia ropa interior, despacio, y me mostró su vagina: pelada, con los labios grandes y suaves, como dos pétalos que aún no habían perdido su color. No estaba seca. Estaba húmeda, cálida, como si estuviera esperándome desde hacía mucho tiempo.
—Pon tu mano aquí —dijo, tomando mi mano y colocándola sobre su clítoris—. No presiones. Sólo siente.
Lo hice. Sentí el pequeño nudo de nervios y piel, como una semilla lista para brotar.
—Ahora —dijo—, pon dos dedos dentro.
No dudé. Le separé los labios con la mano izquierda y con la derecha, introduje dos dedos dentro de su vagina, despacio, sintiendo su calor, su apretón, su suavidad.
—Sí —dijo, arqueando la espalda—. Así.
Moví los dedos, despacio, y ella me besó el cuello otra vez, con más fuerza, como si necesitara sostenerse.
—¿Te gusta? —pregunté, con la voz ronca.
—Sí —dijo—. Pero no es lo que más me gusta. Lo que más me gusta… es que tú estés aquí. Que no te rías. Que no te vayas. Que no digas que esto no es para ti.
—No es para mí —respondí, y la besé de nuevo, con más fuerza—. Es para los dos.
Entonces ella se puso de pie, me quitó el pantalón y la ropa interior, y se sentó sobre mí otra vez, pero esta vez de espaldas, con las manos atrás, agarrándome del cuello.
—Quiero que entres —dijo—. Pero no como si fueras un chico que quiere correr. Como si fueras un hombre que sabe que tiene tiempo.
Me puse en posición. Le separé los labios con la punta de la verga, la roz
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Directo y físico. Me interesa el cuerpo, el deseo que no necesita explicación. Mis relatos van al grano.