El Sabor de la Paciencia

El Sabor de la Paciencia

@fernanda_luz ·6 de junio de 2026 · ★ 4.2 (37) · 277 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que lo vi, pensó que era un error de distribution: un joven de veinticuatro años, con los hombros estrechos pero ya marcados por el esfuerzo diario de repartir documentos en bicicleta por las calles de Medellín, deteniéndose frente a mi librería pequeña, entre la humedad de la tarde y el olor a papel viejo. Tenía el pelo oscuro, recortado en un corte práctico, y una sonrisa tímida que no encajaba con la seguridad que mostraba al cargar cajas pesadas. Me llamó la atención. No por su belleza —aunque era evidente—, sino por esa mezcla de juventud y respeto que parecía salir de cada gesto suyo.

Me llamó Benicio. Yo tengo cuarenta y nueve. Me sentía entonces como una mujer que había aprendido a vivir en la calma, después de los torbellinos de los treinta, después de haber amado, perdido, reconstruido. Mi vida tenía ritmo: el sonido de las páginas al hojearse, el café humeante a las ocho en punto, el sol que entraba por la ventana del fondo y se quedaba hasta bien entrada la tarde, dorando los estantes.

Una tarde, sin previo aviso, volvió. Esta vez no traía paquetes. Se detuvo en la puerta, se quitó el casco y me miró como si le costara encontrar las palabras. Tuve que sonreír para que él lo hiciera también.

—¿Busca algo en particular? —le pregunté, apoyando la pluma en el cuaderno de pedidos.

—No. Sí. —Se rascó la nuca, y por un momento me pareció un chico perdido entre libros de historia y mapas antiguos. —Me llamó la atención su tienda. Es… diferente.

—¿Diferente cómo?

—No hay gente como usted por aquí. No digo que sea raro, pero… —Se detuvo, como midiendo las palabras. —Usted parece saber lo que hace.

No le dije que era cierto. En su mirada había algo que no era curiosidad pasajera, ni mero interés. Había atención. Una atención lenta, que no corría, que dejaba espacio para lo que iba a venir. Y yo, después de tanto tiempo sin sentir que alguien me observaba de verdad, no pude evitar hacerle espacio.

Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Tras una semana de visitas sin motivo aparente —una novela de García Márquez que no había pedido, una pregunta sobre la historia del café en Antioquia, una observación sobre la luz que entraba por el techo de cristal—, me sorprendí ofreciéndole un té de manzanilla. Él aceptó, sentándose en la silla de madera que usaba para descansar cuando cerraba.

—¿Por qué viene, Benicio? —le pregunté, sin acusación, sin insinuación, solo con la certeza de que ya no era un cliente más.

—Porque me gusta estar aquí —dijo, sin titubear—. Porque me gusta cómo habla. Porque… —se inclinó hacia adelante, y por primera vez, su voz bajó, se volvió más suave—, porque me gusta cómo se siente cuando está cerca.

No lo corregí. No le dije que la edad no importaba. Porque en ese momento, no era lo que importaba. Lo que importaba era que él veía a una mujer, no a una “madura”, no a una “mayor”, sino a alguien que sabía escuchar, que sabía esperar. Que sabía estar.

Pasamos esa noche charlando en la cocina de mi casa, donde había llevado los tés vacíos. La ciudad brillaba a lo lejos, entre luces que parecían estrellas caídas. Él tenía las manos grandes, los nudillos marcados, pero los dedos ágiles. Yo no usaba reloj, pero sentí que el tiempo se había vuelto espeso, casi líquido, y que cada segundo que pasaba con él era como un beso lento, prolongado, que no quería terminar.

Cuando se levantó para irse, me tomó de la mano. No con urgencia, sino con intención.

—¿Puedo volver mañana?

Asentí.

—Claro.

Y así empezó lo que no planeamos. Lo que no buscamos, pero que nuestras pieles reconocieron desde el primer instante.

Una semana después, me encontró con las mangas subidas, lavando los frascos de mermelada que había hecho ese fin de semana. El sol le daba de lleno en la espalda, y cuando se acercó, sentí su calor antes de oír sus pasos. Me puso las manos sobre las mías, frías por el agua, y las sostuvo.

—¿Puedo besarte?

No respondí con palabras. Le tomé la muñeca, lo acerqué, y le besé la frente. Luego la nariz. Y luego, despacio, sus labios. Fue un beso sin prisa, sin obligación, como si ya nos hubiéramos besado antes, en otra vida, y solo estuviéramos recordando.

Esa noche, en mi habitación, con las cortinas abiertas y la brisa entrando suave, él se quitó la camiseta y vi su pecho, liso, terso, con un vello oscuro que bajaba en una línea fina hacia el borde de los pantalones. Me miró, y en sus ojos no había presión, solo una pregunta callada.

Me levanté, me acerqué, y con los dedos, le desabotoné la camisa. Le pasé las manos por el abdomen, sintiendo cómo su respiración se aceleraba, pero no por miedo, sino por confianza. Él era joven, sí, pero no ingenuo. Sabía lo que quería, y sabía lo que yo también quería.

Me sentó en el borde de la cama, y se arrodilló frente a mí. Me desabrochó los pantalones, lentamente, como si cada clic del botón fuera una nota en una melodía antigua. Cuando me los bajó, no se apresuró a tocarme. Solo me miró, con los ojos bajos, como si estuviera leyendo algo escrito en mi piel.

—¿Estás segura? —preguntó, y su voz era tan suave que parecía una caricia.

—Sí —respondí, y le tomé la cabeza entre las manos—. No tengo dudas.

Él sonrió, y ese gesto lo hizo parecer aún más joven, más frágil… y más valiente.

Se quitó los pantalones y la ropa interior, y allí estaba: su pene, erguido ya, moreno en la base, ligeramente curvado, la punta húmeda y brillante. No era grande, pero estaba perfecto, como hecho a mi medida. Me incliné, y con la punta de la lengua, le besé el glande. Él soltó un suspiro, pero no se movió. Dejó que yo tomara el ritmo.

Lo lamí suavemente, de abajo hacia arriba, besándolo también, sintiendo cómo su piel se volvía más cálida, más sensible. Luego lo tomé en la mano, con suavidad, y le masajeé el cuerpo entero, imaginando cómo sería entrar en mí, cómo se sentiría su peso sobre mis caderas.

Me levanté, me senté en el centro de la cama, con las piernas ligeramente separadas. Él me siguió, y se colocó entre ellas. Me besó de nuevo, esta vez con más urgencia, y sentí cómo su pene rozaba mi muslo, luego la entrada de mi vagina, ya húmeda, ya abierta por la anticipación.

—Tuya —le dije, y lo sentí temblar.

Se posicionó, y con una mano me acarició la cara, con la otra, me tomó la cintura. Me empujó suavemente hacia atrás, y luego entró. No de golpe, sino poco a poco, como si temiera lastimarme. Pero yo no temía nada. Sentí su grosor, su calor, la curvatura que hacía que su pene rozara algo dentro de mí que ya conocía, pero que nunca antes había sentido con alguien tan joven.

—Benicio… —lo llamé, y él se detuvo, con la frente apoyada en mi hombro, jadeando.

—Perdón —murmuró.

—No te disculpes —le dije, y le tomé la barbilla—. Hazlo. Yo quiero.

Y así lo hizo. Se movió, con lentitud, con cuidado, con una atención que me hizo sentir que era lo más valioso del mundo. Cada embestida era un beso disfrazado, cada pausa un beso real. Sentí cómo su cuerpo, joven, fuerte, se rendía a mi ritmo, a mi ritmo de mujer que había aprendido a saborear.

Me mordió el cuello, no con fuerza, sino con ternura, y yo le mordí el hombro, sintiendo cómo sus músculos se contraían. Él me tomó un pecho, con la palma entera, y me lo apretó suavemente, mientras con la otra mano jugaba con mi clítoris, ya hinchado, ya ansioso.

—Ven acá —le susurré, y lo giré sobre la espalda.

Me senté sobre él, y lo sentí entrar de nuevo, esta vez más profundo, más completo. Me balanceé con lentitud, viendo sus ojos, viendo cómo su cara cambiaba: primero la tensión, luego la entrega, luego la luz. Sus manos me sujetaban las caderas, con fuerza, pero sin apretar. Sus ojos estaban cerrados, pero no dormía. Estaba presente. Totalmente presente.

—Mira cómo te quiero —le dije, y me incliné hacia adelante, con las manos en sus pechos, sintiendo cómo su piel se erizaba.

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